27 de diciembre de 2019

No me chilles que me calle



Como conviene a los borrachos, grito lo inarticulado
la garganta candente, invadida.
H. Hilst, Alcoólicas, VII

Toda esa gente que habla
y toda la gente que chilla:

da igual si mienten o gritan
o si, solos, solo susurran

rezos o blasfemias burdas
en lenguas de aquí o de otra parte;

no dicen nada apreciable
ni descifran poco de nada:

apenas sordas palabras
que ahoguen su horror al silencio.

—Más sabe el furtivo cuervo
de graznar en los descampados

y ruge recio y más alto
la ambulancia en la carretera—.

Palabras vagas y necias,
sandeces y gracias inútiles;

fulgores que se consumen
en ladridos a ras de asfalto.

Burla el bufón en palacio
y canta el juglar en la aldea;

en la tele una elementa
jura por su sagrado coño

y un memo publica un tomo
sobre lo excelso y lo sublime;

acertijos más difíciles
plantean las niñas sarcásticas.

Palabras, preces, plegarias
son contaminación acústica;

motos, obras, buses, grúas,
causan menos daño al oído

que helados endecasílabos
y notas rellenas de crema.

Sabe también la corneja
lo que la gaviota y el mirlo:

conocen los vientos cíclicos
que corren entre los pinares

y después de bramar salen
por las dunas hacia el océano;

vuelve el silencio tras ellos
a las barrancas y los prados.

—Ruge más recio y más alto
un motor que cualquier tarugo—.

Palabras, versos, discursos
que reiteran poco de nada.


egm. 2011

Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010
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