8 de diciembre de 2010

Pelalá



Canción que se cantaba, en privado, en algún regimiento de la División de Infantería Maestrazgo


Pelalá,
si tienes guardia,
pelalá, pelalá.

Por la dueña o la vecina,
pelalá,
por la criada o por su prima,
pelalá,
por tu novia o por su amiga,
pelalá.

Pelalá,
si tienes guardia,
pelalá, pelalá.

Por la novia del sargento,
pelalá,
por la mujer del capitán,
pelalá,
por la hija del coronel,
pelalá.

Pelalá,
si tienes guardia,
pelalá, pelalá.

Por la prima o por la tía,
pelalá,
por mi hermana o por la tuya,
pelalá,
por tu novia o por la mía,
pelalá.

Pelalá,
si tienes guardia,
pelalá, pelalá.

Y a tomar por culo a todos,
pelalá,
el mamón del capitán,
pelalá,
el sargento y el furriel,
pelalá,
y el cabrón del coronel,
pelalá.

Pelalá,
si tienes guardia,
pelalá, pelalá.

Pelalá,
no la dejes de pelar,
pelalá, pelalá.

egm. 2010

☛ PyoZ ☚

10 de octubre de 2010

Luz de invierno

Bruma y rito


1. Peregrinaje

»túrbido peregrino
camina y pena



jinete frío


No hablo o miento.
A caballo del frío
bajan jinetes
con un beso vacío
en los grilletes.
Me abrazo al viento.

Beso el vacío.
Por la calle encallada
rezan las putas
a la diosa afeitada
de las tres grutas.
Me entrego al viento.

Rezo a mi puta.
En el hueco del puño
vomito un grito,
me desgañito y gruño
mi secretito.
Me abraza el viento.

Vomito el grito.
En la bruma del frío
no hablo y miento;
quieto, beso el vacío:
me abrazo al viento.
Y observo el rito.

Corre, jinete frío:
¡Remonta el viento!



el mono en ti


Percibes el fondo del ruido
y aun el rastro del silencio.
Hay un mono en ti
que te hace saltar,
te impulsa a correr y bailar.
Hay un mono en ti.

Frecuentas la sombra y lo húmedo,
y sabes temer,
y si debes huir a esconderte
del miedo que encoge las vísceras;
y sabes rugir.
Hay un mono en ti.

Intuitivamente
alcanzas a hallar soluciones
a dudas abruptas,
a pétreas contrariedades;
puedes meditar y calmarte.
Hay un mono en ti

que logra que cambies tus armas
por reflejos centelleantes,
alertas y fríos,
en la turbidez de tus ojos.
Consigues brillar.
Hay un mono en ti.

Si adviertes el peso del ruido
y aun la huella del silencio,
es el mono en ti;
el que te convence
de no volver tu mente atrás
si has de atacar.

Y hay un mono en ti.
La bestia violenta y atroz
que te salva de ser humano
—ese humano en ti—,
de ser solo civilizado.
Hay el mono en ti.



peregrino en yermo
Mas yo, por necesidad, con el tiempo
he aprendido a tener aprecio a mis desgracias.
Sófocles, Filoctetes

Por las sendas del viento
camina lento
un peregrino absorto
en su tormento.

Aire de arena y polvo
en las pestañas;
por sus pulsos desnudos
corren arañas.

Páramo parco y seco
son él y el yermo;
alma sin sed ni calma,
hálito enfermo.

Reo de las pasiones,
once aguijones
clavan en su silencio
los escorpiones:

uno por cada sable
que abrió una herida,
otro por una noche
que hendió una vida.

Zarza, matojo y tojo
traban sus piernas;
su pensamiento agobia
hondas cavernas:

grutas de ecos falsos
y desencuentro;
cíclicos laberintos
sin fin ni centro.

Por el erial del viento
camina y pena
túrbido peregrino
solo en su pena.

Salta, tropieza, cae,
maldice y grita;
busca en el horizonte
alguna ermita;

quiere la quietud tibia
que le consuele
del sufrimiento ávido,
del mal que duele.

Por las cañadas cárdenas
ve huir la tarde.
Sobre un umbroso otero
clara luz arde.

Trepa por la colina,
ánimo erguido,
hacia el granito antiguo
como ave al nido.

Arco de piedra arcaica
ante él se alza.
Lanza atrás sus harapos
y se descalza,

entra en aquel santuario
arrodillado;
vierte entre sus paredes
placer licuado.

Cumple el ritual sabido
con recio empeño
y en la tibieza ambigua
consuma el sueño.

Ansia ejecuta el tiempo.
Noche entre el día.
Rito, músculo y temple.
Cosmogonía.

Vence su hambre ardiente
en la fatiga
tras mantener el rito
que no le obliga.

Duerme, rendido, en lecho
de paz oscura
bajo la dulce y firme
arquitectura.

Y antes de que en la aurora
muerda la hora,
zarza, matojo y tojo
sin más demora.

· · ·

Por los yermos del viento
camina absorto
el peregrino atento
al nuevo orto.



otro espacio
Corazón negro de amor.
T. Larriva (Cruzados), La flor de mal

Frente a los firmes pilares del tiempo
bailaba rock
con un codo en mi pie izquierdo.
Es un error no tocar,
no mirar, no soñar, no bailar.
Bailaba pop-rock
en el cenit de la noche alumbrada
por los ojos que observan
y son deseados.
Ojos, ojos
que codician la flor de mal.

Este es un planeta extraño.
Vacío abajo y contra el cuanto
seguimos cayendo siempre
como caímos por siempre jamás.
I rodant el món
vaig arribar al Born.
Voy remontando la ola del tiempo,
desmontando el mundo y mi identidad,
alterando, en cada cadencia, el plan.
En igual grado muerto y vivo,
observo el rito.

Simple cosmos extraño.
Donde había un estanco hay una tienda
de moda pija y pretenciosa,
en lugar de una taberna hay un bar
para pijos y pretenciosos,
y la chica de las bragas raídas
ahora usa tangas de los más caros
y va vagando de isla en isla,
de duna en duna en el desierto,
buscando polvo a polvo
tan solo la felicidad.

El universo no existe
mientras que tú no lo mides.
I rodant el món
vaig oblidar el Born.
Una tierna escena de decadencia.
Jodido universo extraño,
oculto en dimensiones enrolladas
sobre su propia dimensión.
Huelo, husmeo la flor de mal.
Y al mismo tiempo en cualquier sitio
acato el rito.

Bailaba hip-hop
con el alma en mi pie izquierdo
bajo las viejas arcadas del tiempo.
Los ojos, ojos
que encuentran la flor de mal
en un cosmos breve e insólito
de once dimensiones desplegadas
sobre tu cosmos interior.
El hongo cuántico en mi cigarrillo…
Ay, demasiado pronto
para esperar.



no me chilles que me calle


Toda esa gente que habla
y toda la gente que grita:

da igual si mienten o chillan
o si, solos, solo susurran

rezos o blasfemias burdas
en lenguas de aquí o de otra parte;

no dicen nada apreciable
y no entienden poco de nada:

apenas sordas palabras
que apaguen su horror al silencio.

Más sabe el áspero cuervo
de graznar en los descampados

y ruge recio y más alto
la ambulancia en la carretera.

Palabras vagas y necias,
triviales, y frases inútiles;

neblinas que se consumen
en lloros a ras del asfalto.

Burla el bufón en palacio
y canta el juglar en la aldea,

en la tele una ramera
jura por su sagrado coño

y un chulo publica un tomo
sobre el amor y los jardines;

acertijos más difíciles
resuelven las niñas sensatas.

Palabras, gritos, plegarias
son contaminación acústica;

motos, coches, buses, grúas,
causan menos daño al oído

que helados endecasílabos
y notas rellenas de crema.

Sabe también la corneja
lo que la gaviota y el mirlo:

conocen los vientos cíclicos
que corren entre los pinares

y después de bramar salen
por las dunas hacia el océano;

mana el silencio tras ellos
de las campiñas y los prados.

Ruge más recio y más alto
un motor que cualquier palanca.

Susurros, versos, palabras
que redoblan poco de nada.



dos marionetas


Sombras y calma:
madrugada glacial.

La suerte amaga una sonrisa
brumosa y mueve
con tenue brisa
su máscara de hielo y nieve.

Prófugos errabundos
desorientados
en la noche derruida
y desolada.

Cortan líquidos filos
rotas siluetas;
caen las marionetas
bajo sus hilos.

Fugados vagabundos
desconcertados
en la noche invadida,
vasta y helada.

Marionetas caídas
hacia el abismo;
ilusión o espejismo:
vidas vencidas.

Prófugos errabundos
desamparados
en la noche teñida
de hiel helada.

La suerte esconde su sonrisa,
brumosa, leve,
bajo una lisa
máscara de escarcha y nieve.

Tinieblas y silencio:
noche glacial.



cabalga el hierro
Dusty days are gone,
Rose of Cimarron.
R. Young (Poco), Rose of Cimarron

Monta el acero,
fuerza el asfalto;
empuja al viento,
mira hacia el sol.

Gritan caballos,
vuelan leones,
rugen disparos
en el motor.

Muerde las horas,
frunce los labios:
canta la Rosa
de Cimarrón.

Bajan las nubes
en la meseta;
la tarde cede,
arde el dolor.

Calma a la bestia,
enfría el hierro;
dale a la rueda
tu corazón.

Duerme, descansa:
sueña en infiernos
de lava aérea
y acre vapor.

Luego, renueva
tu fe en el día.
Vuelve de nuevo
al viejo hoy.

Sobre el paisaje
va la mañana;
el cuero vibra
y entra en calor.

Suelta los músculos,
traza tu ruta
sobre el dibujo
del caracol.

Rugen colores,
graznan serpientes,
vuelan leones
en tu interior.

Cabalga el hierro,
escucha al Este;
olvida el vértigo
en su frescor.

El mar se acerca
y la caricia
de la marea
al malecón.

Polvo en los ojos.
Lejos se fueron
los polvorientos
días de amor.

Viento en la boca:
susurras suave
la vieja Rosa
de Cimarrón.



historia del pop
’Cause I try and I try and I try and I try
I can't get no, I can't get no.
M. Jagger / K. Richards, (I Can't Get No) Satisfaction

Historia vulgar,
estrella del pop,
brillaste fugaz
tres años o dos.

Dejaste allá atrás
amigos y amor
a cambio de un mal
fulgor de neón.

Odiabas el jazz,
no amabas el rock:
querías saltar
del suelo hasta el sol.

Fingiendo encajar
jugabas tu rol;
te hiciste un lugar
en medio del show.

Por todo el dial
sonaba tu voz
de ronco metal
en lo alto del top.

Te hacían audaz,
te daban valor
dos rayas o un flash
de anfetas y alcohol.

Corrías detrás
del tiempo veloz,
del sexo rapaz
sin ritmo y calor.

Hiciste, es verdad,
alguna canción
que aún pueden cantar
las chicas de hoy.

Y un día sin más
tu luz se eclipsó:
al fondo del mar
caíste del sol.

Y añoras el gran
difuso esplendor,
el brillo falaz
del rojo neón.

Aún crees reinar
en medio del show,
aún piensas que estás
radiando en el sol.

Sin sinceridad
escribes un blog
jugando a juzgar
quién era y quién no.

Y por recordar
te metes de coz
dos rayas o un flash
de anfetas y alcohol.

Tan solo eres ya
historia del pop,
dos rayas y un flash
de anfetas y alcohol.



fuego de acacias

1

En cada espejo adivino
fugaces miradas huidizas.

No sé si alguien espía
desde este o el otro lado;

o seré yo mismo, acaso,
eludiendo mi desconcierto.

Tú no sabes nada de esto:
Coge el puto dinero y piérdete.

Las acacias, hacia el este,
despiertan de un sueño amarillo.


2

Vago paisaje anodino
de urbe en silencio expectante:

lejos, farolas y árboles
y calles en fuga torcida;

al fondo, la duda íntima
de un sueño real y rotundo.

Mientras vacilo en el surco
de un taxi que pasa sin verme

las acacias, contra el este,
se inflaman en fuego amarillo.


3

La sed de resaca, frío;
recuerdos que vuelven de un pozo.

La lluvia, una playa, vómitos.
La tarde y la noche bebiendo.

Pelea en un bar; desierto
de gente gritando en la música.

Regreso al claro de luna
por un túnel de hormigón verde…

Y las acacias, al este,
aún arden su impulso amarillo.






2. Ataúdes

»el ataúd abierto
que es el tiempo



cosas que saben los muertos
No, no son los pájaros.
F. García Lorca, Panorama ciego de Nueva York

Canta el pájaro insomne
en los zarzales;
corre el río escurriendo
los quejigares.
Cubre el rocío tenue
de madrugada
la jara y los peñascos
en las quebradas.

Mudo, guarda el sendero
cosas que sabe;
queda, la encina espera
que el muerto hable.
Corta el frío las dudas
en la retama,
vuelve el viento a los montes;
la noche amaina.

Trina el pájaro oscuro
vagos pesares
mientras lánguida el alba
su mano abre:
cuenta desde su abrigo
la última lágrima
con estridente trino
y luego calla.

Baja un silencio intenso
sobre los valles
y la espesura hermética
de los pinares.
Crece con miedo y sueño
helada calma;
teme al silencio el pájaro
que antes cantaba.

Curvan sombras inciertas
de caminantes
por el sendero viejo,
foscas, variables.
¿Cuántas hojas cayeron
con la ventada
como grumos negruzcos
de sangre ácida?

Arces y pinos pronto
verán radiante
sol y luz incendiada
calando el aire;
cantos y trinos pronto,
tierna tronada,
aturdirán las sierras
y las cañadas;

pronto, pero ahora mismo,
en este instante
de penumbra y tiniebla,
de halos fluctuantes,
cruel un terror inmenso,
cierto de nada,
ha aprisionado al mundo
con muda garra.

Quiebran por el sendero
los caminantes;
vienen dos, tres, a tierra:
El grito arde.
¿Cuántos grumos cayeron
de sangre amarga
como ramas podridas
con la nevada?

Calla el sendero cosas
que nadie sabe;
quiere la encina en vano
que el muerto hable.

Hila el reloj las nueve,
del tiempo araña.
Guardias civiles brindan
con limonada.



canción de diciembre-villancico
Unreal city
Under the brown fog of a winter dawn.
T. S. Eliot, The Waste Land

Pónmelé una puerta al campo,
que es muy falso
y se van por sus orillas
las mentiras.

Busca orégano en el monte,
que hay el doble
de sarcasmos enredados
en un salmo.

Échalé más tinta al río
que, crecido,
va llevando hacia los mares
las verdades.

Es un mes siempre diciembre
inclemente,
con sus luces titilantes
en las calles:

Suenan himnos y loores,
y redobles,
celebrando ley de burros
bajo un puño.

Puente largo, sueldo corto;
rudos copos,
bajan rápidos paquetes
por la nieve.

Y se encienden lucecitas
amarillas
azuladas verdes rojas,
engañosas.

Llega el día de los números
y el disgusto
de que el bombo no resuelva
malas cuentas.

Luego el lujo de lo exótico
para bobos
y los dulces suavizando
vino amargo.

Bajo el árbol los regalos
obligados:
los chavales y la abuela
se enajenan.

En la prensa, algunas bromas
más bien toscas;
inocente no es lo mismo
que pardillo.

Y las luces brillan sordas,
verdes rojas
azuladas amarillas,
aturdidas.

Al final se acaba el año:
otro clavo
en el ataúd abierto
que es el tiempo.

Dame un poco más de líquido
ámbar, frío,
que me hunda en mi pantano
un buen rato.

Con su enredo y desvarío
desmedido,
si hay un mes que sea inclemente
es diciembre.

Quítalé la capa al monte,
que se esconde,
como un niño de las brujas,
en la bruma.

Póntelé otra puerta al campo,
timbre y marco,
y un ramito de esotérico
fresco acebo.

Deja al río que se lleve
bajo el puente
el envés de las verdades
a los mares.

Y este mes tan repelente
que es diciembre
que se vaya, con el año,
¡al carajo!



el día de la revolución
But you won't fool the children of the revolution.
M. Bolan (T. Rex), Children of the revolution

Así me dijo mi madre
que haría,
mientras yo estaba podando
la viña:

«Mataré al cerdo y su entera
familia
y esparciré humeantes
sus vísceras
por la Plaza de la inútil,
vacía
Constitución y las Calles,
tan lindas,
de la Nación y la Patria;
mi vida.
Y los hijos de los hijos,
las hijas,
y, mucho más que los niños,
las niñas
aprenderán en el fuego
doctrina,
en guarderías y escuelas
incívicas
por ciudades, aldeas
y villas.
Joderé al cerdo y su puta
familia.
Y el mundo será un estruendo
de astillas».

Y cogiendo su paraguas
—¡bendita!—
se marchó sin abrocharse
la ira.



sola en la playa


Al mar mirando, niña morena,
soñé un poema,
escrito en versos de lava y fuego,
grabado en días,
horas y ayeres.
Sal en los ojos,
lluvia en las olas;
llantos y voces de los ahogados
que trae y lleva la tempestad.
Oí un poema.

El rayo oblicuo hiende el olivo
de tres milenios,
lo taja al medio;
sus brazos viejos y retorcidos,
coriáceas hojas
de verde y plata, su savia lenta,
son solo escoria,
acre ceniza,
en el segundo en que el relámpago
alza su luz.

La ola en la roca
parece abrirse,
pluma de espuma;
pero es la roca la que se abre
con cada ola,
golpe tras golpe en mil milenios,
y cada roca
se desintegra,
y cada piedra se desmenuza
en breve arena.

Y tú, indolente, sobre esa arena
blanca y dorada,
al sol el cuerpo, al sol la vida,
sola en la playa,
mientras te unges
de densa y tibia crema solar,
miras la peña
de la escollera
soberbia y firme ante las olas
que la golpean.

Ves que esa arena fue antes roca
y aquellas rocas
serán arena en poco tiempo.
Y que tu cuerpo, fuerte y suave,
ha de ser humo
y tus ideas, tus pensamientos
serán el aire
que se arrebuja
sobre una playa dorada y blanca
al mediodía.

Arena en roca en poco tiempo,
cien mil milenios,
cuando la Tierra comprima y pliegue,
eleve y quiebre
los continentes y los océanos
que ahora ves,
que ahora son;
y cuando el homo, la especie sapiens,
sea tan solo mancha en la piedra,
remoto fósil.

Y el fino polvo será peñasco,
como la arena fue antes roca;
aquella roca,
y esta arena…
Guarda en el bolso la refrescante
crema solar;
cierra los ojos, no pienses más.
Viejo poema. Lluvia en las olas.
Gritos y llantos, voces que ahoga
la tempestad.



este otro río
Heráclito inconstante, que es el mismo
y es otro, como el río interminable.
J. L. Borges, Arte poética

Este río es otro río
aunque el mismo te parezca,
cuando sereno al mar huye,

es la misma y otra agua
en su permanente cambio
en la forma y el color;

el glaciar es diferente
cada vez que lo contemplas,
en su aparente estupor,

y es el mismo, sin embargo,
mientras cambia de matices
y sus murallas derruye.

Nube, lluvia, niebla o nieve,
agua y hielo, rauda o lento,
que perenne e intenso fluye

hacia el mar, que es el nacer
a otra vida renovada
de inabarcable fervor;

fuente, arroyo, rambla, lago,
catarata retumbante
o torrente arrollador;

ría, fiordo, charca o rápido;
playa, delta, ancón, bahía;
iceberg que se diluye

y ya es ola de otro océano;
en Cheliuskin, y Ouessent,
siempre el mar es otro río,

en Agulhas, isla Attu,
Hornos, Mizen, Butt of Lewis,
cabo York, y Bjargtangar;

siempre igual, y flujo y ola;
ola y flujo, igual y otro;
otro siempre y hondo y mío.

Y aunque es pronto todavía,
en las olas de este cosmos,
para seguir y esperar,

en Tarifa y Cap de Creus,
refluyendo entre las algas
en el río me deslío,

y en Fisterra y Corrubedo
siempre soy el mismo río
que se ahoga en otro mar.



las frías olas


Se dispersa el universo,
vira el cosmos
con el piélago estelar.

Fluye el río, el ojo ama,
rola el viento
y arde el pulso con el mar.

La sirena de la playa
se hace vieja,
ya no sabe enamorar;

en la peña el pescador
está solo
y ha olvidado cómo amar.

Espumeantes, las olas
dicen, frías,
lento su arcano cantar.

Arde el pulso, el ojo ama,
rola el viento;
fluye el río bajo el mar.

El universo se expande;
huye el cosmos
hacia el caos estelar.

Y las olas
frías dicen
su ronco y viejo cantar.






3. La voz de los dioses

»escucho
las voces de los dioses y los héroes



el hombre
La intransigencia es, sobre todos,
el peor de los males que acechan al hombre.
Sófocles, Antígona

De cuantas cosas notables existen
ninguna más asombrosa que el hombre,
que atravesando el encrespado mar,
empujado por vientos tempestuosos
sobre las olas rugientes avanza
y a la más poderosa entre las fuerzas,
la ilimitada e infatigable tierra,
la cultiva y remueve sin descanso
año tras año arándola con bestias.

El habilidoso hombre da caza
engañándolos con trampas y redes
a las especies de los raudos pájaros,
las manadas de las fieras salvajes
y a los muy diversos seres marinos
y, astuto, doma al animal campestre
que vive en libertad y unce al yugo
la cerviz del caballo de amplias crines
y la del bravo toro montaraz.

Él aprendió por sí mismo el lenguaje,
el veloz pensamiento y las maneras
civilizadas de comportamiento
y, dueño de recursos, alcanzó
a esquivar bajo los cielos el dardo
del hosco hielo y la inclemente lluvia;
solo a la muerte no logra escapar,
pero ha ideado medios de eludir
enfermedades antes incurables.

Posee el hombre un ingenio mayor
que cuantos seres el aire respiran
y astucia que le da conocimientos
que usa para el bien o para el mal;
si es justo, obtenga reconocimiento,
si no, sea desterrado por siempre.
¡Quien desprecie la ley e injustamente
actúe, que no se siente a mi mesa
ni escuche siquiera mis opiniones!



asurbanípal en su biblioteca
Layard hizo en este lugar el descubrimiento quizás más importante, el que dará el impulso definitivo al estudio de la literatura asirio-babilónica y sin el cual la asiriología sería hoy una ciencia mucho menos evolucionada: en lugares tanto internos como adyacentes al palacio, la misión inglesa descubrió la celebérrima "Biblioteca de Asurbanípal"; más de veinte mil tablillas [en caracteres] cuneiformes que el muy culto soberano asirio hizo reunir a mediados del siglo VII a. C. en el palacio de Nínive.
Franco D'Agostino, Gilgameš o la conquista de la inmortalidad

Asurbanípal en su Biblioteca
se dirige a todos cuantos le escuchan:

«Yo, Asurbanípal, rey de Asiria
y de toda entera Mesopotamia,
sucesor en el trono de Asarjadon,
conquistador del Egipto lejano,
vencedor de la rival Babilonia,
destructor de Elam y terror de Susa;
yo me precio de esta Biblioteca,
la más extensa que vieron los tiempos.

»Poseo los raros conocimientos
de Adapa, sabio entre los Siete Sabios:
el muy antiguo y oculto secreto
de las doctas artes de los escribas.
Sé observar las señales del Cielo
y de la Tierra, y entiendo sus causas.
Puedo ocupar orgulloso mi puesto
en el cónclave augusto de los sabios,
pero también discutir los augurios
entre los más notables adivinos.
Sé resolver los difíciles cálculos,
las fracciones y multiplicaciones,
que no son de solución intuitiva.
He leído diversas composiciones
literarias de alto valor artístico:
las sumerias, de comprensión oscura
y las acadias, de ardua lectura.
Me place descifrar las inscripciones
en intrincados signos cuneiformes
sobre piedra, anteriores al Diluvio.

»En mi palacio de Nínive escucho
las voces de los Dioses y los Héroes
que lucharon hace cientos de años.
Del gran Gilgamesh revivo las cuitas,
su guerra contra los Dioses eternos,
su viaje en vano al confín de la Tierra
ansiando ser inmortal como ellos.
Leo los himnos y cánticos sacros
que desde muy antiguo se entonaron
a dioses y diosas ya olvidados
en templos de ciudades hoy en ruinas.
Yo reuní esta colección de tablillas
que desde el barro me hablan calladas,
y en ellas oigo las voces del Tiempo.

»Yo envié a mis más expertos escribas
por los caminos de Mesopotamia,
la fértil entre el Éufrates y el Tigris,
a visitar los palacios y templos
de las distantes regiones del reino,
a Síppar y Úruk, Ur y Borsippa,
para que recogieran las tablillas
que grabaron en signos cuneiformes
los escribas de épocas remotas
en la antiquísima lengua de Súmer
y también en nuestra acadia escritura.
Ordené que todas estas tablillas,
las que se guardaban en los talleres
o en las viviendas de los eruditos,
se acomodaran en carros de bueyes
y fueran presto traídas a Nínive.
Hice que fueran adecuadamente
almacenadas y clasificadas
por su rango y por su sabiduría;
miles y miles de rojas tablillas,
incontables cual las blancas estrellas,
y que de entre ellas las más valiosas
fueran de nuevo copiadas, grabadas
diestramente en fresca arcilla sin poros.

»Yo, Asurbanípal, rey de Asiria,
señor de hombres y jefe de héroes,
asolador de ciudades y reinos;
yo, mandé reunir en la excelsa Nínive,
en el Palacio Que No Tiene Igual,
la más grandiosa de las bibliotecas,
la única que el tiempo, con su embate
furioso, podrá jamás destruir».

Tal hablaba ante quienes le escucharan
Asurbanípal en su Biblioteca.



¡quién pudiera ir a chipre!
(Eurípides, Bacantes, versos 395-432 en el orden 405-430/395-404/431-432)
Aquel que habla sabiamente a un necio
será, a menudo, tenido por loco.
Eurípides, Bacantes

¡Ay, si yo pudiera llegar a Chipre,
la isla de Afrodita, donde habitan
los Amores que hechizan nuestras almas!
¡O a Egipto, la tierra que fertilizan
las corrientes de un dilatado río
de cien bocas y donde nunca llueve!
¡O a la hermosa morada de las Musas,
Pieria, en la ilustre falda del Olimpo!

¡Bromio, llévame allí, báquico guía!
¡Llévame, Bromio, dios del evohé!
Allí habitan las Gracias y el Deseo
y allí se permite que las Bacantes
tengan sus rituales celebraciones.
Dionisio, hijo de Zeus, en los festejos
se goza, y ama a la Paz que es riqueza
y diosa que guarda a la juventud.

Al rico igual que al pobre les ofrece
disfrutar de la alegría del vino
que el pesar aparta. Aborrece a quienes,
durante el día y la noche, se olvidan
de vivir una existencia feliz
y a los que sabiamente no mantienen
a su corazón y su inteligencia
lejos de aquellos que ansían ser únicos.

Lo sabio no es la sabiduría,
ni el meditar en lo que no se entiende.
¡Breve es la vida! Por eso, ¿quién puede
gozar el hoy si busca el infinito?
Son estas, en mi opinión, actitudes
de locos y de mentes insensatas.
¡Lo que las gentes humildes admiran
como uso y práctica, es lo que yo admiro!



númenes


Ecuánimes y omniscientes,
distantes diosas y dioses:
Agradezco
los altos dones, sin ruego,
recibidos:

A ti, Inanna,
hieródula de los cielos, en Lagash,
entre dos ríos;
y a ti, Ishtar, en Úruk,
sobre el deseo y la guerra;
a ti, Bast, gata, en el Nilo, en Bubastis,
en Heliópolis y en Nubia;
a ti, reidora, Afrodita,
que portas el ceñidor,
en Creta, en Citerea,
y del Euxinio al Océano;
y a ti, ciego, Eros, en Tespias,
flechador, hijo del Caos Primigenio;
y a ti, Venus, en Cyrene,
en Londinium, en Brigantium y en Barcino;
a ti, Anahita, en Nishapur,
en los oasis y dunas, y en las rosas;
a ti, Oenghus, en Inishmore,
la fortaleza en la roca del mar;
a ti, Freyja, en Gotland,
y en las naves, y en el hielo;
a ti Aizen, loto cerrado,
sobre los archipiélagos del sol;
a ti, Semara, en Bali, en las islas;
a ti, Shiva, en Benarés,
sobre el Ganges, el sagrado;
y a ti, jaguar, Tlazolteotl,
en Teotihuacán,
rodeada por la jungla tenebrosa,
donde las fieras más bellas
matan y aman…

A vos, innumerables númenes,
diosas, dioses,
que aceptáis las ofrendas de los siglos
idos, vivos
y futuros: Os agradezco.






4. La cuerda del arco

»es mano y ojo, es nervio e instante,
es cuerda y arco



eu quero, e tu?


No ignora el rito.
Zumba al oído
con un zumbido frío
ya conocido,
aquel profundo río.

Rígido espectro hesitante en la sombra;
escarabajo expectante en la arena.
El dios permanece sonriente,
astuto y flemático;
sabe que el ritmo ya avanza punzante.

Reflejos en la autopista lluviosa,
espejos en un cuarto silencioso,
tan viejos instintos remotos;
ya lejos,
lejos los ecos de envites fallidos.

Lentas circunvalaciones, rodeos,
veladas aproximaciones;
fluido, sonido, silbido sabido.
Despacio
se acerca el escarabajo a la duna.

Deja el espectro su aura sombría.
Trepa la pendiente el escarabajo;
sigue la orden de un dios muy antiguo,
nunca olvidado.
Vuelve el zumbido y el ritmo medido.

Dulce silbido frío
suena al oído:
nuevo profundo río
desconocido.
Y cumple el rito.



rapaces


Mira: En la mano tengo el milano
que el alba sierra,
la sierra cierra
y el mundo aferra;

en el albor traigo el azor
que el día espía,
al tiempo entrampa
y el mundo campa.

Junto al anillo llevo el autillo
que el claro azora,
la noche acecha
y el mundo estrecha.

Mírame: Aquí muestro el neblí
que el mar amarra,
el sol circunda
y el mundo inunda;

en esta mano alzo el milano
que el cielo asuela,
la tierra aterra
y al mundo encierra.

· · ·

Con fiero afán va el gavilán
sobre el salobre
río bravío
del cuerpo tuyo y el tiempo mío.



los cisnes


El muro se alza en el cerro,
la torre, contra el castillo;
el cisne sobre la altura,
el aire entorno al cisne.

Las alas aman el aire;
el aire envuelve, ciñe,
sustenta, dirige, impulsa
y lanza pujante al cisne.

Se elevan los albos cisnes
sobre el castillo en la cima
de la alta montaña abrupta.
Planean los claros cisnes,

se elevan en leves vuelos
sobre las frondas oscuras
de bosques inexplorados.
Descienden los claros cisnes

y vuelan blancos y elípticos;
se posan sobre la braña,
los lagos y las lagunas
remotas de la amplia tundra.

Y nadan los níveos cisnes
guardando su atroz secreto
de aire, de hielo y pluma,
sumido en la densa bruma.

· · ·

La torre se alza en la altura;
sobre el castillo, la luna.
Al aire el cisne fulgura.
El cisne es blanca laguna.



acetrero


Voy husmeando los halos
de tu carnada;

voy definiendo tu sombra
en la distancia.

Voy calculando los pulsos
de tu mirada,

voy comprendiendo tu esencia
y tu metáfora,

voy asumiendo tus grados
de ambigua magia

y abalanzando a tu inercia
mi lábil ansia.



poème d’amour du printemps (pour une jeune fille amoureuse)
Car le temps de l'amour
c'est long et c'est court,
ca dure toujours, on s'en souvient.
Françoise Hardy, Le temps de l’amour

Deja el amor.
Vamos rápido a follar;
ven, mi amor.
Vamos a echar un polvo sin amor,
y a gozar.

Déjame absorber tus tetas
pizpiretas,
mordisquéame los pezones,
que me pones;
déjame comer tu coño
de madroño,
cómeme mi polla rosa
temblorosa,
déjame apretar tus nalgas,
dulces algas,
y enzárzate entre mis brazos
con cien lazos.

Déjame follarte aprisa
como brisa
que sacude los pinares
y abre mares;
mueve al ritmo tus caderas
volanderas
como ola que en la roca
rompe y choca.

Vamos a follar mi amor
sin amor
y mandemos,
pues podemos,
a tomar por culo la poesía,
majadería,
y todo ese puto amor.

Y mañana,
o cuando nos dé la gana,
por favor
hagamos el amor pacientemente,
como la buena la gente,
casi, casi con amor.

Pero ahora
no seas soñadora;
deja el amor,
es mejor,
deja el sado,
y echemos un gran polvo alucinado,
sí, mi amor,
que ya siento en mis pezones tus dientes
vehementes,
que mi lengua se pierde en el retoño
de tu coño.

Deja el amor
por ahora
y sin demora
vayamos más allá del amor,
por favor:

Rindámonos por un ratito
al sempiterno,
torpe y tierno,
antiguo rito.



el aire del sueño
Media noche. Tengo que ir a la ciudad
a encontrarme con quien no quiera soñar.
A. Vega (Nacha Pop), Antes de que salga el sol

Océanos secretos de aguas centelleantes.
L. A. de Cuenca, El otro Barrio de Salamanca

Celia Merlín
vino en un sueño
desde el confín
del sur porteño.

Llegó cantando
un sabio verso
dulce y fragante
de sal y sexo.

Cisnes salvajes
volaban frescos
por las orillas
del día extenso;

nuevos colores
vertía el cielo
sobre las calles
de un barrio eterno.

Llegó agitando
con breve gesto
una varita
de magia y cuento.

El frío urbano
se hizo infierno
de blanca hierba
y rojos pétalos;

ceniza en plomo
huyó gimiendo
y alzando olas
de oscuro fuego.

Celia Merlín
inventó el juego
del no te doy
ni me lo quedo.

Dragó la sangre
y pisó muertos
dejando rastro
de ácidos besos;

brotaron lirios
en los paseos
y en los tejados,
aulaga y muérdago.

Y una ave fiera
cernió su vuelo
sobre las selvas
del mundo quieto;

posó sus alas
sobre los huesos
y agarró fuerte
entero el nervio.

El rayo antiguo
prendió un incendio
con duro brazo
de puño eléctrico.

Sonaban rápidos
ritmos secretos
en la explanada
del grito abierto;

potros salvajes
corrieron ciertos
las avenidas
del orbe inédito,

con sed de siglos
iban mordiendo
cerveza y vino
en agua y hielo.

En la tormenta
de sal y sexo
murieron pájaros
sobre el mar hueco,

cayeron árboles
de troncos yertos
en los caminos
del firmamento

y el ave fiera
levó su vuelo
hacia otros astros
del universo.

Celia Merlín
se fue en el metro
hacia los túneles
mudos del tiempo;

movió su vara
de magia y verso
y quebró el aire
del sortilegio.

Cisnes de plata
solos se fueron
por las orillas
del día inmenso.

«Lo que me das
yo te lo entrego
y lo que doy
es lo que tengo…»

Celia Merlín
se fue sin dueño
hacia el confín
gris madrileño.



la cuesta del pinar


El tiempo quiso blanquear
el hueco oscuro del tiempo,
bestia rapada,
vela azul en blanco azar.
El ojo apuntando al mar,
bien de zancas tan expuesta,
en la cuesta del pinar
te hallé.
Ai, aínda moi cedo
para agardar.

Detente como un tonto
o espérate otro poco
y corre como un loco
o ama y vete pronto.

Falling in the pool
And loving like a lad,
Running like a mad,
Standing like a fool.

Vuelve a llover donde solía:
la niña raposa, y él
con savia seca en la piel,
y una dríade que espía.
Concito el rito.
El crepúsculo del río:
suma y despojo del aire;
la recomposición del movimiento
que canto, siento, pinto, afronto, unto.

Corre coma un tolo
ou para coma un parvo.
É man e ollo, é nervo e intre, é corda e arco.
Elepan otuxne emeso,
asopar ahinem ahnim!

Si planto, cuento, finto, monto, junto
el éxtasis en descomposición;
sueño y violencia de luz:
fluye el tiempo, fluye frío.
Habito el rito.
Por peña, bosque, prado, arena
vuelve el agua al mar que solía;
sobre el jacinto y la azucena,
llueve otra vez como llovía.

Ay, demasiado pronto
para esperar.
Eu vinte
pola encosta do pomar,
tan de coxas expostiña,
co ollo apontando pra o mar.
Vela azul no branco azar,
besta rapada,
buraco escuro do tempo
que o tempo volveu albar.

Standing like a fool,
Running like a mad,
Loving like a lad
And falling in the pool.

Ama y vete pronto,
o espérate otro poco;
corre como un loco,
detente como un tonto.

En el oscuro agujero del tiempo
que por fin el tiempo logró encontrar.



peñón sin algas
This fever for you was just burning me up inside.
B. Steinberg / T. Kelly, I drove all night

Condujo horas,
la noche entera,
los ojos secos,
pensando solo
en verla a ella.

Viento en las rocas,
sal en las olas;
ropa en el terso
piso encerado;
lluvia de ayer.

Pasos de baile,
juegos oscuros;
curvas cerradas,
asfalto gris.
Pensando en ella.

Toda la noche,
cuestas y llanos;
peñón sin algas,
viento del mar.
Condujo horas.

Y ella, sin ropa,
sin la camisa
de talla grande
y sin el tanga
violeta y blanco,

solo los densos
calentadores
en los tobillos
y zapatillas
rosas de danza,

se retorcía
sobre la barra
ante el espejo
mostrando el pubis
albo, afeitado,

los largos miembros,
delgadas piernas
y tensos brazos,
prensiles manos
de ave dorada;

pandos, pequeños,
pálidos pechos;
mueca de niña;
bajo el tostado
y lacio pelo,

los ojos glaucos
de orilla encalma
tras la tormenta,
profundos, fríos,
de verdemar…

Lisas paredes,
ventiladores,
luz de quirófano;
piso de tablas,
pasos de danza;

pubis sin vello
contra la barra:
peñón sin algas,
profundo abismo
de hondor de algar.

Aún ebrio, el hombre
montó en el coche.
Condujo absorto
entre la lluvia,
sobre la lluvia;

hacia la lluvia,
zigzags de viento,
pulso de agua,
sabiendo ahora
que no era así,

que no era aquello
lo que olvidaba;
cuero en los labios,
zinc en las manos…
No, no era así.

Condujo horas
bajo la lluvia,
borrosos faros
entre la lluvia;
sal en el mar.

Ya casi al alba
solo en su cuarto,
los ojos secos,
miró la foto,
bebió aguardiente,

rojo aguardiente
de fruta amarga;
secos los ojos,
lluvia menuda
en los cristales.

En las noticias
del olvidado
televisor,
cuerpos prendidos
en fuego y sangre,

humo y acero,
vidas mordidas,
dolor y furia;
yerto silencio,
negror de algar.

Y en la cabeza,
girando en vórtices
de espuma y sal,
rojo aguardiente,
cándido pubis,

dudosa hondura;
furia en la noche,
sima desnuda,
luz en el miedo…
Lluvia de ayer.

Miró la foto,
cerró la puerta;
bajó a la entrada,
pagó la cuenta.
No dijo adiós.

Condujo horas,
toda la noche,
la noche entera
pensando solo
en alejarse

de aquel naufragio,
de la tormenta
que aún gemía
detrás de él.
Condujo horas.



cálido infierno


Si tengo un infierno
envidiaré el cielo;
si me dan un cielo
añoraré el infierno.
Torpe y tierno.

Si me vuelvo roca
desearé ser río;
si me asumo en río
añoraré la roca.
Leve y loca.

Si me hundo en tierra
desearé ser aire;
si se me lleva el aire
añoraré la tierra.
Puta y perra.

Si me hago infierno
intentaré ser cielo;
si me das tu cielo
añoraré mi infierno.
Turbio y tierno.



barrio extremo


Miraba a la luna extraviada
alzando la pleamar de las horas
hacia la nada;
no iría.

La noche viraba velada
detrás del fosco cenit del deseo
y de la nada…
no iría.

Alguna caricia frustrada
y besos ocultando la indolencia:
ritos y nada.
No iría.



actinia


Con esas gafas ladeadas
miras más allá de la tarde opaca
y el translúcido atardecer.
Di, ¿qué ves? ¿Ves el orto en el ocaso?
Remontando al oscurecer.
Tan ahí.

Bien, ahora arrodíllate y adora
al sol naciente del anochecer
mientras que, extralimitándome,
yo sopeso tu bruna actinia
honrando a la luz del atardecer.
Justo ahí.

La actinia agita sus tentáculos
bajo la cadencia del mar.
Vuelve y va, vuelve y va, aún más allá.
dividiendo por su cuadrado
la velocidad del atardecer.
Sí, ahí.

Cálidas aguas y campos de algas,
colonias de estromatolitos
desde el mismo origen del mundo;
ocultas sinfonías verdescentes;
los vívidos colores de la sal.
Ay, ahí.

Contempla el alba en el crepúsculo
—brazo arriba, la pierna allá—
y la aurora contra el anochecer.
Te has quitado también las gafas.
Verás el sol sobre la sal.
Justo, ahí.

Roja marea y rígidas algas;
medusas y fragatas en el mar.
La actinia vuelve, vuelve y va.
Serpientes entre los algares.
Verás lo más profundo de la sal.
Ay. Ahí.

Remontando al atardecer.
Vuelve y va, vuelve e irá. Aun más que allá,
Reflejos de tus ojos a mis ojos
—pierna laxa, la mano acá—
de rojo fulgor al anochecer.
Ahí. Ahí.

Estromatolitos en la marea.
Tentáculos de anémona. Oleaje.
Sargazos en la tempestad.
Fragmentos de coral, troncos y redes…
Los fúlgidos sabores de la sal.
Ay. Ahí va.






5. El polvo y el lodo

»polvo y lodo
en el hueco del corazón



lodo y polvo
A casa de Gingiz finou hai mil anos.
Os seus catro reis xacen nun oasis,
e a docísima auga das dez fontes
escurre polos canos dos seus ósos.
A. Cunqueiro, Os catro chefes da casa Gingiz

Cubren ciudades las dunas
—solo lluvia—,
con el tiempo pasa el tiempo
y hasta al tiempo
lo desmenuza el desierto
grano a grano;
solo lluvia,
polvo a polvo en el desierto.
Y al desierto
—solo tiempo, solo lluvia
en mis ojos solo rojos—
lo va descarnando el tiempo.
Solo tiempo.

Los jefes de la casa de Gingiz,
leones sin rival en la batalla,
guirnaldas de camelias en la tarde,
en un oasis yacen, en sus fuentes:

El primero murió en una emboscada
entre dunas y altos peñascales;
reposa, príncipe, en el suelo tu cabeza
y corónate con las arenas del desierto.

El segundo a traición fue envenenado
y en el sueño sus sueños se durmieron;
la noche se queja en tu frágil sueño
como el halcón del rey en el guante oscuro.

Vilmente degollado fue el tercero,
incauto, en un banquete en tierra extraña;
rojo vino y roja sangre en las manos y las rosas,
y en las estrellas, a las que llamaba por su nombre.

Y el cuarto, el más amado, huyó al desierto:
los condes encontraron su cadáver
y junto a sus hermanos lo enterraron;
las hienas y los buitres lo acogían;
ese para quien guirnaldas de camelias
se trenzan silenciosas en las cañadas del crepúsculo.

La casa de Gingiz se extinguió hace mil años;
sus cuatro reyes en un oasis yacen
y la dulcísima agua de diez fuentes
se escurre por los caños de sus huesos.
Leones que en la piedra de los siglos
recuerdan a los reyes su arrogancia.

El tiempo en el desierto, eternamente,
irá desmenuzando el polvo eterno.
Ojos rojos en la lluvia
—solo tiempo—,
polvo en el lodo, sueños
que sobre el tiempo insomne se durmieron.



polvo y lodo


El viento remueve el polvo disperso
de los palacios vencidos en ruinas
y lo arrastra a la estepa.
La lluvia recoge escombro y guijarros
de antiguos castillos desmoronados
y el río los lleva al mar.
Los anillos de los emperadores
permanecen para siempre olvidados
bajo el légamo podrido e insondable
de los pantanos.
Y nada es.

A aquellos que marcharon a las sombras
y atravesaron las puertas del orco,
hace unos años apenas,
muy pocos hoy los evocan y añoran
y en unos años, escasos,
nadie tampoco podrá recordarlos,
y su miseria y grandeza,
días y hechos, y aun su existencia,
no serán nada,
y del olvido el espectro temible
los abrazará para siempre,
y no serán nada.
Y el viento gime en los patios vacíos
de los castillos.
Y nada es.

Cada planeta
gira en torno a su estrella
y cada estrella
orbita en su galaxia eternamente.
Algunas cosas
siempre serán lo que son,
otras en cambio cambian
continuamente y siempre cambiarán.
Cada galaxia se aleja del centro
del universo
desde el origen del tiempo
y hasta el extremo de la eternidad.
Ay, demasiado, aún pronto
para esperar.

Y polvo y lodo
en el hueco del corazón.
El viento danza en los patios umbríos
de los castillos
y los anillos
duermen el sueño de lodos impíos,
rancios y fríos.
Y nada es.



invierno


Habrá un fatal invierno
sin otoño ni primavera;
se entregará la fiera
a su rastreador eterno.

Ya se adueña la nieve
de las antes doradas cimas
y a las umbrías simas
va ciñéndose un vaho aleve.

En un latido alterno
de escarcha y hielo ni siquiera
perdurarán los climas;

tras, quizá, algún fulgor interno,
no volverá la era
del largo sol y el cierzo breve.

Vendrá un oscuro invierno;
y con su luz, el frío averno.



pliego a joven alma sucia


Clemátide ondulando nacarada,
fleo o trébol, onecen sensualmente;

digitaria ebrancada,
trémula urticularia,

camelia obriza, ñipe opalescente,
milenrama estatuaria:

me alzo si tus úlmeas raíces brotan obvias.



uno que una


El río, súmate al río,
sube a la duna;
la playa, baja a la playa,
roza la espuma:
Tocas el mar que a la Tierra circunda,
eres el mar y la tierra
que abriga y encierra,
uno en el sol y la lluvia fecunda,
uno en el mar y la Tierra
que ampara e inunda.
Tan uno que una.

El crambe en flor con mimo
cala mi arena;
la limosella drena
mi savia al limo.

Más o menos contento
con lo que he sido;
más o menos tranquilo
con lo que he hecho:
Nunca estuve en los desiertos de África
ni en sus pirámides,
nunca anduve por las selvas de América
ni vi sus templos,
no recorrí las estepas de Asia
ni sus palacios,
nunca ascendí a las montañas de Europa
ni a sus castillos,
no me perdí en las planicies de Australia
ni en sus mareas;
no vi los hielos del Ártico,
los sargazos del Atlántico
ni las doradas islas del Pacífico.
¡Qué hermosas fotos podría mostrar
de haber estado alguna vez allí!

Pero de momento
no sopla el viento.
Oh, demasiado tarde
para descubrir continentes;
ay, demasiado pronto
para colonizar planetas.
Así que, de momento,
más o menos satisfecho
de lo que he sido,
más o menos convencido
de lo que he hecho,
espero al viento.

Una en el mar que la tierra circunda,
araña en la grieta;
uno en la Tierra que ampara y encierra,
lobo en la tundra.

Cardos marinos, lirios,
pino, aulaga y azahar.
Peña y pinar;
oh: las dunas de tus nalgas,
crambe, algas,
extendidas frente al mar.

Aún demasiado pronto.
Solo en la playa;
loba en la lluvia.
Otra vez.
Perro en la bruma; tan uno que una.



móvil, nidia, cauta


Farda, grana, gana, mira,

siente, lee, guarda;

tarda, mana, sana, carda.

Cree; miente, gira.



los cuerpos sin esqueleto


Me asombran los cuerpos sin esqueleto;
corro por carreteras sin señales,
bebo en los bares de los barrios pobres,
almuerzo en las tabernas más mugrientas,
me orino en las cabinas telefónicas
y beso a las princesas en sus torres.

Acampo en despoblados y explanadas,
camino los caminos sin camino,
escupo a los pies de los concejales
y lloro entre las piernas de las putas;
me consumo en el humo del incienso
y ardo en triviales gritos de soberbia.

Me asombran los caparazones huecos,
las calles de solares sin aceras,
me admiran los ejércitos de insectos
que anidan en las playas en verano;
recorro viejas rutas sin señales,
seduzco a los marinos en los muelles.

Indago entre los restos y excrementos
que dejaron las aves en las rocas;
presumo que los días del pasado
no son muy diferentes del futuro.
Auguro que la mierda venidera
será tan pestilente como siempre.

Me admiran los fuegos artificiales,
el ruido de los disparos, los cláxones,
las manos que pasean las espaldas
y los paneles de las autopistas;
los gestos ensayados de sorpresa,
los cuerpos sin esqueleto. Me asombran

las palabras evisceradas.






6. Conjuros

»oí a las brujas anoche
en la gruta junto a la ciénaga



himno al dios de la tempestad


Oh dios de las tormentas, señor de la tempestad,
Oh dios de las tormentas, señor de la tempestad,
de la tempestad,
señor de los vientos, de las lluvias y del rayo destructor,
señor de la tempestad,
dueño del vendaval, del tornado y del rápido ciclón,
señor de la tempestad,
dueño del aguacero, de la riada y la funesta inundación,
señor de la tempestad,
dueño del trueno, del relámpago y del rayo destructor,
señor de la tempestad,
de la tempestad;

oh tú, señor, dueño del rápido ciclón,
dueño del vendaval, del tornado y del rápido ciclón,
oh tú,
dueño del vendaval devastador,
del vendaval devastador,
que levanta los tejados y a los árboles derriba
y hace retemblar las sólidas puertas de los palacios
oh tú,
dueño del tornado vortiginoso,
del tornado vortiginoso,
que alza las blancas casas hacia las nubes
y aplasta como mieses al orgulloso cedro y al ciprés,
oh tú,
dueño del rápido ciclón,
del rápido ciclón,
que arrasa hermosas villas y grandes ciudades
dejando tras de sí la muerte y la desolación,
oh tú, señor,
dios de las tormentas, señor de la tempestad,
de la tempestad;

oh tú, señor, dueño de la funesta inundación,
dueño del aguacero, de la riada y la funesta inundación,
oh tú,
dueño del aguacero persistente,
del aguacero persistente,
que confina a las fieras en sus ocultas guaridas
y a los hombres en la húmeda oscuridad de sus moradas,
oh tú,
dueño de la riada impetuosa,
la riada impetuosa,
que anega las verdes riberas y las feraces vegas
arruinando las abundantes y nutricias cosechas
oh tú,
dueño de la funesta inundación,
la funesta inundación,
que revuelve las negras tierras con las tumultuosas aguas
y a los hombres con las bestias en mortífera confusión,
oh tú, señor,
dios de las tormentas, señor de la tempestad,
de la tempestad;

oh tú, señor, dueño del rayo destructor,
dueño del trueno, del relámpago y del rayo destructor,
oh tú,
dueño del trueno ensordecedor,
del trueno ensordecedor,
que atemoriza al bravo guerrero sobre las almenas
y espanta a las feroces alimañas de la selva,
oh tú,
dueño del relámpago deslumbrante,
del relámpago deslumbrante,
que ilumina la aguzada lluvia con azulada luz
y ciega a aquel que osa mirarlo de frente,

oh tú,
dueño del rayo destructor,
del rayo destructor,
que hiende la altanera y enhiesta roca
e incendia los anchurosos campos y los tupidos bosques,
oh tú, señor,
dios de las tormentas, señor de la tempestad,
de la tempestad;

oh dios de las tormentas, señor de la tempestad,
de la tempestad,
deja que el viento corra y que galope el ciclón,
señor de la tempestad,
deja que la lluvia anegue el mundo durante meses,
señor de la tempestad,
deja que el rayo resquebraje los peñascos y las murallas,
señor de la tempestad,
mas líbranos de los necios, de los sandios y mentecatos,
líbranos de los engreídos, arrogantes y presuntuosos,
de los mezquinos, ególatras y desagradecidos,
y líbranos,
señor de la tempestad,
de todos aquellos que hacen la vida del ser humano
más difícil aún de lo que ya es sobre la Tierra,
señor de la tempestad,
y arrástralos con tu vendaval desenfrenado,
y ahógalos en tus torrentes impetuosos,
y fulmínalos con tu rayo exterminador,
señor de la tempestad.

Dios de las tormentas, señor de la tempestad,
de la tempestad,
entono este sacro himno en tu loor,
en tu loor.



la cueva de las brujas
For a charm of powerful trouble,
like a hell-broth, boil and bubble.
W. Shakespeare, Macbeth, Act IV, Scene 1

Yo vi a las brujas anoche
en la cueva junto al pantano;
no les quedaba un solo diente,
bebían whisky y aguardiente
con una jarra en cada mano
blasfemando a troche y moche.

Bailando desnudas, yo soy testigo
—las tetas les llegan a la barriga
y el pelo del coño hasta el ombligo—,
graznaban borrachas esta cantiga:

«Rabo de rata, pata de gata,
hueso de oso, crin de raposo,
hoja de tejo, dedo de viejo,
uña de niño, garra de armiño,
diente de lobo, baba de bobo,
cuerna de ciervo, lengua de cuervo,
anca de rana, ojo de iguana,
raya de cebra, cruz de culebra,
belfo de jaca, cola de urraca,
mano de mono, pie de patrono,
labio de puta, raíz de cicuta,
poro de esponja, himen de monja,
pene de cura, brazo de ofiura,
sesos de hurón, pulmón de tritón,
hiel de cabrón y piel de dragón.
Hierve que hierve en el viejo caldero
filtro del diablo que hará lo que quiero;
hierve en burbujas el caldo infernal,
liga un hechizo de fuerza brutal».

Yo espiaba a las brujas anoche
allá en la cueva detrás del pantano.
Cantaban borrachas esta cantiga,
bailando desnudas, y soy testigo:
las tetas les llegan a la barriga
y el pelo del coño hasta el ombligo.

¡Uf! Apreté el culo y salí corriendo
mientras de lejos aún iba escuchando:
«¡Hierve que hierve el brebaje fatal,
cuece que cuece un hechizo infernal!».



última noche en betmoria
Ningún centinela vigila las almenadas murallas
de Bethmoora; ningún enemigo viene a asaltarlas.
Lord Dunsany, Bethmoora

Volvamos a Bethmoora una vez más.
Vayamos a bailar el kalipac:
Ya suenan el tambang y el titibuk
y el dulce y melodioso zotivar.
Bebamos el oscuro syrabub,
dancemos en la rúa el kalipac.

Vayamos a Betmoria nuevamente.
Aunque las viñas ya sean estepa,
aunque en las torres ruinosas no alumbre
más luz que el centelleo mortecino
de tímidas estrellas que fluctúan
sin atreverse en la luna a brillar.

Bailemos en la calle el calipán;
bebamos el negrizco sirabur.
Resuenen el tambán y el zotivar
y el ronco y cadencioso titibul.
Bebamos del acedo sirabur;
dancemos en la plaza el calipán.

Vayamos a Betmoria a concluir
sabiendo, pues sabemos, que jamás
habrá ya kalipac ni syrabub
y, ciegos, embriagados, sin razón,
dancemos el salvaje kalipac
bebiendo el venenoso syrabub.

Volvamos a Betmoria una vez más;
vayamos para nunca regresar.
Bailemos sin saber cuándo se acabe
el baile que arrebata los recuerdos.
Vengamos a Bethmoora esta vez más.
Volvamos para nunca regresar.



la desesperación
Cortèges, ô cortèges!
G. Apollinaire, Le musicien de Saint-Merry

El chamán miró
a las brillantes monedas
y vio el sol,
y no la sombra perniciosa
que se elevaba turbia en el desierto.
De aquellos polvos vienen estos lodos;
de aquellos fangos vienen estos polvos.
¡Arde el aire!

Oh, Perceval:
¿Hallaste el Grial?
Aunque es pronto
a veces,
cuando voy, volvéis;
a veces, cuando vais, no voy.
Don Perceval
demanda el Grial.

Dices: ¡Eh, chiquito!
Demasiado sol, morenilla;
¡ay, tanto sol!
Se te ha puesto incluso el coño moreno
de tanto sol.

El espíritu cortadito a tiras;
por cada resquicio,
los ecos a la luz del precipicio:
mitos y mentiras.
Arde el aire,
el mar hierve,
remolinos de fuego se inflaman
en las uñas del viejo dragón;
gime el monte,
llora el llano,
algún algo musita en las sombras
sin cadencia una antigua canción.
¡Arde el aire!

Ah la bella Genoveva,
rubia y sonriente,
en su casa junto al puente
como el río se me lleva.

Aquel día el chamán,
a cambio de unas pobres baratijas,
condujo al sabio etnólogo a la cueva
de aquel desierto donde se ocultaba
desde incontables siglos
la efigie de madera del gran dios,
el Gran Antepasado de la tribu,
Padre y Madre de todos,
el Anciano del Mundo.

No termina la función:
La máscara ahora es la cara,
de sus vértices avara,
y la cara es el telón.

¡Oh sublime trabajo,
maravillosa talla!
¡Oh vida y real efigie de la vida!
¡Oh representación cierta de dios!
Atónito, mudo, paralizado
se quedó el sabio etnólogo;
se sintió enamorado,
ávido, codicioso.
Y después de negociar brevemente
con el necio chamán,
y en nombre de la ciencia,
recogió su botín
y, alborozado, huyó con él a Europa.

Sí, chiquito:
¡Repta el rito!

Y aquel día el chamán,
por nada, traicionó a toda su gente
y a sus antepasados.
Y el ego del etnólogo,
pensando ya en su pieza en el museo,
creció como una zarza.
Y el pueblo del desierto
se vio desposeído de su dios
y solo entre la arena.

Ey, chiquito,
baila hasta que se te rompa el tacón,
mientras tu linda morena
retuesta su coño al sol.
Sí, chiquito,
habla con Perceval;
no pienses más en el precio
de la desesperación.

Y dijo el dios desde lo más profundo
de su alma de madera:
¡Ay, humanos!: no os merecéis
el agua de que estáis hechos:
Polvo, arena, fango y lodo
en el hueco del corazón.

El aire arde.
Se despierta la bestia dormida,
el cínico dragón
que no olvida nunca sus tretas
y canta su arcana canción.
¡Arde, arde!
Acaso las acciones inocentes
son muchas veces culpables,
quizá,
y los besos impulsivos
pueden ser premeditados,
tal vez.

Pulsa el timbre.
Los ecos son las voces de los muertos.
Chica guapa, tipo astuto,
comenzando el viejo juego
de la sabida recuperación.
Pero el verano pasa,
pasa el río y pasa el sol,
y en el centro de un círculo ciego
gira un cortejo ritual.

Si bien por las mañanas
todos los príncipes son ranas
e incluso las princesas
se vuelven sapos si las besas.

Ah! Ariene.
Pulsa de nuevo el botón.
Los ecos de los ecos se bifurcan.
¿No sabías que mentías
cada vez
que creías que decías
la verdad?
Gira el cortejo ritual.
Y tú Ariana y tú Paquita y tú Amanda
y tú Mila y tú Simona y tú Marisa
y tú Colette y tú la bella Genoveva…
Lo único cierto es la incertidumbre.
Y de las dudas la herrumbre.

Aire que arde.
Para ti el firmamento
es un enigma sin señal,
para el tiempo las estrellas
son mariposas en el mar,
para el mar las borboletas
son colores de la sal,
pero el tiempo para mí
es un sueño del que no hay despertar.

¡Arde el aire!
A veces, cuando volvéis,
sigo intentando aún ir
para esperar.
En las hojas de los sauces
murmura susurrante el temporal:
Barro y polvo, fango y lodo
serán el pago que obtengas
de la reptante desesperación
… ación  … ación  … ación.

Y Perceval
—¡corre, jinete, cabalga!—
no hallaba el Grial.



puedes creerme


No digo hola ni hasta luego,
no tengo miedo.

Miro a la gente con gesto hosco,
pero no es miedo.

Perdón no pido ni doy las gracias,
sin ningún miedo.

Canto en voz alta, silbo a las chicas;
no tengo miedo.

Bebo en los bares mirando al suelo;
pero no es miedo.

Cierro los puños en mis bolsillos
sin ningún miedo.

Piso con fuerza, doy empujones;
quién dijo miedo.

Hablo muy poco y pienso menos;
no tengo miedo.

No tengo miedo; puedes creerme.
No tengo miedo.



lo que me hablaron las brujas
And you all know: security
Is mortals’ chiefest enemy.
W. Shakespeare, Macbeth, Act III, Scene 5

Yo oí a las brujas anoche,
en la gruta, junto a la ciénaga
y el frondoso cañaveral.

La más flaca me dijo así:
«No hagas daño conscientemente
ni permitas que te lo hagan,
y perdona siempre que puedas
si es que puedes.
No trates con necios
ni fíes tu amistad a los astutos.
Vive lento, muere aprisa,
y no dejes tras de ti
ni el polvo de tu ceniza».
En la gruta junto a la ciénaga
me dijo una bruja.

La más fea me dijo esto:
«Habla a quien te escucha
y escucha a quien te habla.
No hagas preguntas
y obtendrás las respuestas;
detente a oír el silencio
y sabrás lo que ocultan las palabras.
Evita mirar a los ojos
y captarás los pensamientos
y las mentiras más profundas».
En la gruta junto a la ciénaga
me dijo otra bruja.

Y la más vieja me habló así:
«No renuncies a nada,
tampoco desprecies nada.
Prueba lo que te ofrezcan,
busca lo que no encuentras.
Marca tus propias huellas
con fuerza y voluntad sobre la tierra.
Súmalo, abárcalo todo,
tómalo todo
y no te quedes con nada».
En la gruta junto a la ciénaga
me dijo la bruja.

Yo hablé con las brujas anoche,
en la cueva, junto a la ciénaga
y el inquieto cañaveral.



ni ella o él


Viviréis sin comprender
de qué hilos se os teje la vida:

Hablaréis
sin haber nunca escuchado,

oiréis
sin notar que el aire os habla,

andaréis
sin perder ningún camino,

bailaréis
sin sentir salvaje el ritmo,

follaréis
sin pensar en qué es el sexo,

rezaréis
sin que el dios pueda escucharos,

miraréis
sin jamás ver los abismos;

moriréis
sin saber qué fue la vida.

Y, ¿amaréis?
Y ella y él.






7. Corazón frío

»ay ese mi niño
de corazón frío



restas


Iceberg que el mar diluye,
en su rolar,
y ya es agua de este mar
sobre el que fluye.

Soy el río que a otro mar
lleva su cieno;
lograré en un orto ajeno
desembocar.

En la mano traigo el gran
puñal de humo
y en el río en que me asumo,
un gavilán.

Tras el rastro de la sal
quizá mi alma
hallará la recia calma
existencial.

Solo, aguardo en cualquier bar,
si el mal me quiere,
a que el tiempo decelere
por no esperar.

Y aunque duermo en un zaguán
que el frío amarra,
cuando el cosmos se desgarra
altero el plan:

Bebo el filtro de mi grial
y observo el rito,
y en el caos infinito
tuerzo mi mal.

En las olas del azar
vidas remonto.
Ay —¡ay!— demasiado pronto
para esperar.



suma

Fluyo.



corona de triunfo


El hierro corta el cuero
y al bronce, la eternidad.

¿Debo dejar constancia
de los hechos de mis contemporáneos?
Actúan igual, ignorantes,
que los hombres de hace diez mil años.

¿Debo hablar, yo, también,
de errores tantas veces renovados?
Sea el olvido su corona
y el silencio su merecido lauro.

El cuero teme al hierro
y el bronce, a la eternidad.



páramos
Donde habite el olvido,
allí estará mi tumba.
G. A. Bécquer, Rima LXVI

Donde habite el olvido,
en los vastos jardines sin aurora.
L. Cernuda, Donde habite el olvido

A donde habita el olvido,
donde se alza la antigua
negra piedra solitaria
sobre el páramo invencido;

donde se enzarza el olvido,
en la bruma melancólica
de los recodos del tiempo
y las nieves del vacío;

donde se esconde el olvido,
bajo los vastos jardines
sin aurora ni confines
en los brazos de los siglos;

donde se hiela el olvido,
en la gran región desierta
del amor enarenado
en blanquizos laberi₪tos,

donde se herrumbra el olvido;
a allá donde lato y vivo,
allá, lejos,
donde se olvida mi olvido,

a donde huye el olvido
huiré conmigo.



niño de corazón frío


Ama al frío, niño
de corazón río.
Sufre el viento, crío
de corazón mar.

Como le dijo
el crambe al mar:
Sin tu sal,
que me colma de calma,
se mustiaría mi alma
no inmortal.
Ay, ese niño
del corazón río.

Como habló
la limosella al río:
Sin tu fuente,
que me da de beber,
se secaría mi ser
de repente.
Ay, ese crío
del corazón mar.

¿Qué más le habló
la limosella al río?
¿Y qué más le dijo
el crambe al mar?

Sin tu arena
que me arrastra y me araña
no quebraré la maraña
de mi pena.
Sin tu sal
que me inunda de sed
no rompería la red
de mi mal.

Así le dijo
la limosella al río;
eso le habló
el crambe al mar.

· · ·

Ay, ese mi niño
de corazón frío.
Ai o meu meniño
do corazón mar!



coda


… voy cumpliendo con el rito
mientras espero
a que el tiempo puñetero
dé en mi infinito…



☛ PyoZ ☚

1 de octubre de 2010

La Breva



ē
Barcelona, 1 de mayo de 2004
Producciones PocaCosa ꟼP 2010




LA BREVA

Nanorevista
de microespeculación minipoética
Nº 1




CONSEJO DE REDACCIÓN
Presidente ejecutivo: Enr Gumda
Redactor jefe: Nerk Gutiérrez
Coordinación general: Miranda G. Enríquez
Diseño gráfico: Hank Wootreth
Publicidad y suscrpciones: Ninguén de Ningures





La Breva, si breve,
dos veces buena.




Pobres
de los que fueron
aún más lejos:
más allá de la belleza
y los versos biensonantes.

Guay de los que van,
los que quieren
ir más lejos.




Aquí vamos,
no por gloria
ni memoria
del eón;

comenzamos
esta historia
como noria
de atracción.

¡Oh, la gloria
del león!




La vela
latina
vuela.

La quilla
en el agua
sueña.

La vela,
en el viento,
vuela.




El fuego vive
en la seca madera;
el humo crece
dentro del fuego.

Brotan las lágrimas
desde dentro del humo
y el amor,
amor,
de entre lágrimas nace.




Mi rosa de burdel:

Lozana
por la noche,
marchita
a mediodía.

¡Mi rosa de burdel!




Esta fría
paradoja
nunca olvides,
penitente:

El que anda
más caliente
justo es el que
más se moja.




―¡Qué silencio,
don Fulgencio!

―¡Y qué brisa,
doña Elisa!




Ya no sé
si vengo,
ya no sé
si iré.

Ya no sé
si dudo,
ya no sé
si sé.




Entre nubes
viene el día;
entre eclipses
sufro el sol.

Besos viejos
no dan vida:
viejas dudas
vuelven hoy.




Al sol abiertas
en las terrazas,

desde el este luminoso
contempladas,

es cuando más hermosas
se levantan

las antenas parabólicas
en el alba.




Me paré
en mitad del puente
una tarde oscura y fría;

me encontré
en mitad del puente,
soplaba el viento y llovía…

Me quedé
en mitad el puente
sin saber si iba o venía.




No tienes más
que lo que llevas
en el bolsillo

y es tu único amigo
tu sombra imprecisa
sobre los charcos…

Y ¿aún te quejas?




Lo bello
si breve,
más bello.

Lo útil
si bello,
más útil.




U + B = 2U




ꟼP

egm. 2010

☛ PyoZ ☚

1 de septiembre de 2010

Egil Skallagrímsson



ē
Barcelona, 1998
Producciones PocaCosa ꟼP 2010




Egil Skallagrímsson

EL RESCATE
DE LA CABEZA
(948)




El mar arrojó sucesivas inundaciones de extranjeros sobre Erín, de modo que ningún puerto, ningún embarcadero, ninguna fortaleza, ningún fuerte ni castillo pudieron ser hallados, sino que fueron sumergidos por las oleadas de vikingos y piratas.
Anales de Úlster (820)


Egil Skallagrímsson (910-990), según cuenta Snorri Sturlusson, fue campesino, escaldo (bardo) y vikingo islandés; quiso a su tierra y a los suyos y amó las armas y los versos, aunque quizá mató a más hombres que versos llegó a componer. En el año 948 salvó su vida, su cabeza, al recitar un poema hecho para la ocasión ante el rey de Noruega, Eirík Blódöx (Éirik Hacha Sangrienta, Erico I de Noruega, 885-954), por entonces exiliado en York, Inglaterra, donde Egil tuvo que encallar su nave durante una tempestad. Egil Skallagrímsson había dado muerte a muchos hombres y parientes del rey noruego e incluso a uno de sus hijos; tras una noche de plazo —matarlo de noche hubiera sido asesinato y no justa venganza— y haciendo creer al rey que venía desde Islandia expresamente a solicitar su perdón, compuso y recitó el drápa (poema) conocido como «El rescate de la cabeza» ante la corte de Eirík. El rey escuchó a Egil en silencio, sin apartar de él la mirada, y cuando concluyó, halagado aunque sin perdonarlo, lo dejó marchar libremente con sus hombres.

He seguido para esta versión de «El rescate de la cabeza» los textos reproducidos en Saga de Egil Eskallagrímsson, Snorri Sturluson, traducción de E. Bernárdez, Editora Nacional, 1984, y Poesía antiguo-nórdica, traducción de L. Lerate, Alianza Editorial, 1993.



El rescate de la cabeza


He llegado a Inglaterra
desde Islandia viajando;
flor del pecho de Odín,
mi poema, aquí os traigo.

Al romper de los hielos
saqué al mar yo mi barco
y, cual fardo en la popa,
aquí traje mi canto.

El rey Éirik me acoge
y yo debo alabarlo
con los versos que entono
donde habitan los anglos.

Muy atento me escuche
pues sus glorias ensalzo
con, de Odín hidromiel,
las palabras del bardo.

Considera, señor,
y escuchad, os lo ruego,
el cantar que oiréis
si se guarda silencio:

Del rey grandes hazañas
todos pronto supieron
y Odín pudo ver
cuántos hombres cayeron.

Los escudos batiendo
resonaban espadas;
fue esforzada la lucha
cuando el bravo atacaba.

Fragor sordo se oía
de entrechoque de hierros;
corrió un río de sangre
recrecido, rugiendo.

Una urdimbre de lanzas
se erigía cual muro
ante fieras las filas
de guerreros y escudos.

A los hombres por tierra
abatían las flechas.
Así Éirik su fama
en combate ganaba.

Aún más cosas diría
si las gentes callaran,
incontables proezas
que más gloria te daban.

Vi manar las heridas
cuando ataca el rey fiero;
contra azules escudos
se quebraban los hierros.

La afilada chocaba,
así heridas abriendo,
contra otras espadas
y hendía en el yelmo.

Que cayeron, yo supe,
muchos, robles, guerreros
en el juego de dioses
por la espada ellos muertos.

Se escuchó gran estruendo
en el cruce de aceros.
Así Éirik su fama
en combate ganaba.

El que a escotos venciera
con la sangre que mana,
alimento de cuervos,
empapaba sus armas.

Él hartaba a los lobos
que las brujas cabalgan;
daba muerte al infierno
y carroña a las águilas.

Se saciaron las fieras,
las cornejas volaban,
las heridas hurgando
de la sangre gozaban.

Contra el pico del cuervo
una ola de sangre
se chocaba y rompía
como a proa los mares.

Bien los lobos se hartan
y su hambre se acaba.
Así Éirik al lobo
con carroña saciaba.

Eligiendo cadáveres
se ocupaban valkirias
cuando el cerco de escudos
bajo Éirik crujía.

Se quebraban las armas,
las lanzadas mordían
y más flechas las cuerdas
a los arcos pedían.

Revolaban las lanzas
y la paz se rompía;
para goce del lobo
de olmo el arco escupía.

Se encaraba a la muerte
firme el rey de mesnadas
y en el choque de filos
más el arco cantaba.

Poderoso arrojaba
a la horda su lanza;
así Éirik al lobo
con carroña saciaba.

Ahora quiero también,
y que pronto se alabe,
que las gentes conozcan
del buen rey el talante:

El brillante oro rojo
el señor lo desprecia
y su tierra el excelso
con las uñas preserva.

Distribuye y regala
brazaletes de oro;
no escatima a los suyos
el buen rey dadivoso.

De su mano derecha,
donde posan halcones,
él derrama su oro
y así alegra a sus hombres.

De su brazo el escudo
se desprende y regala
al que siempre está presto
para entrar en batalla.

Por doquier del magnánimo
se acrecienta la fama;
renombrado es ya Éirik
por allende las aguas.

Considera, oh buen rey,
el cantar que te traigo.
Agradezco yo bien
el silencio guardado.

De lo hondo del pecho
he sacado el poema
y en mi boca he cantado
al valiente en la guerra.

En silencio escuchabais,
al señor he cantado:
las palabras escojo
cuando a reyes yo canto.

Alabanzas trayendo
desde dentro del pecho
así al rey he cantado
como todos lo oyeron.



Dos poemas de Snorri Sturluson
en la Saga de Egil Skallagrímsson



Esto me dijo mi madre:
que ella me compraría
la nave de bellos remos,
para a vikingo salir:

mandar la alta nave
y firme, de pie en la proa,
lanzarme así, a la mar,
y a más de uno matar.

                ❧


Fui con la hoja ensangrentada,
el cuervo me acompañaba,
y llevé la lanza aullante;
bravos vikingos luchaban.

Impetuosos combatimos,
prendimos fuego a las casas;
sangrientos cuerpos caían
ante la alta empalizada.


Egil Skallagrímsson según un manuscrito islandés del siglo XVII 

ꟼP

egm. 2010

☛ PyoZ ☚

1 de enero de 2010

botón inicio






D
iseño > Añadir un Gadget > HTML/JavaScript
pegar el código:

<a class='boton' href='url_blog' ><img src='imagen' border="0"/></a>

<style>.boton {
    display:scroll;
        position:fixed;
        bottom:5px;
        right:10px;
} </style>

En lugar del color azul, entre las dos comillas, pegar la url del blog

En lugar del colorojo, entre las dos comillas, pegar la dirección de la imagen del botón: Copiar dirección de imagen


Gracias a: www.blogginred.com