1 de noviembre de 2013

Gensho / Kaiga

Luciérnagas

Gensho

Un cementerio:
luciérnagas de otoño,
dos o tres.




Kaiga

Extrañas, como mensajeras
vuelan, a un lado y otro,
las luciérnagas.



De Poemas japoneses a la muerte, antología de Yoel Hoffmann (DVD Ediciones, 2000)


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25 de octubre de 2013

T. S. Eliot

Animula

«Sale de la mano de Dios, el alma sencilla»
a un llano mundo de cambiantes luces y ruido,
a la luz, lo oscuro, seco, húmedo, helado o cálido;
moviéndose entre las patas de mesas y sillas,
subiendo o cayendo,
agarrándose a besos y juguetes,
avanzando audazmente, súbitamente alarmándose,
retirándose al rincón de brazo y rodilla,
ansiosa de ser calmada, complaciéndose
en el fragante brillo del árbol de Navidad,
complacida en el viento, la luz del sol y el mar,
estudia el soleado dibujo del suelo
y corriendo permanece en torno a una borla plateada:
confunde lo real y lo imaginario,
satisfecha con los naipes y los reyes y reinas,
con lo que hacen las hadas y lo que dicen los criados.
La pesada carga del alma floreciente
desconcierta y molesta más, día a día,
semana a semana, molesta y desconcierta más.
Con los imperativos del “así parece”
y del se puede y no se puede, deseo y control.
El dolor de vivir y la droga de los sueños
acurrucan a la pequeña alma en el asiento de la ventana
detrás de la Enciclopedia Británica.
Sale de la mano del tiempo, el alma sencilla,
irresoluta y egoísta, deforme, lisiada,
incapaz de ir hacia adelante o retroceder,
temerosa de la cálida realidad, del bien ofrecido,
negando la inoportunidad de la mancha,
sombra de su propia sombra, espectro de su propia penumbra,
dejando papeles desordenados en una polvorienta habitación;
viviendo primero en silencio después del viático.

Ruega por Gutiérrez, ávido de velocidad y fuerza,
por Boudin, reventado en pedazos,
por este, que hizo una gran fortuna
y por aquel que siguió su propio camino.
Ruega por Floret, al que el perro de un patán mató entre los tejos,
ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestro nacimiento.



Nota. El primer verso, entrecomillado, procede de Dante, Purgatorio, XVI 85-91: «De la mano de aquel que la acaricia / aún antes de existir, cual la muchacha / que llorando y riendo juguetea, / sale sencilla el alma y nada sabe / salvo que, obra de un gozoso artista, / gustosa vuelve a aquello que la alegra». Y donde aquí Gutiérrez, el original dice Guiterriez.
☛ T. S. Eliot. Animula (blueridgejournal.com)
☛ B. Redford. Soul’s Progress: First and Last Things in Animula (sites.lsa.umich.edu)

Trad. E. Gutiérrez Miranda 2013


                    ∼

Animula

'Issues from the hand of God, the simple soul'
To a flat world of changing lights and noise,
To light, dark, dry or damp, chilly or warm;
Moving between the legs of tables and of chairs,
Rising or falling, grasping at kisses and toys,
Advancing boldly, sudden to take alarm,
Retreating to the corner of arm and knee,
Eager to be reassured, taking pleasure
In the fragrant brilliance of the Christmas tree,
Pleasure in the wind, the sunlight and the sea;
Studies the sunlit pattern on the floor
And running stags around a silver tray;
Confounds the actual and the fanciful,
Content with playing-cards and kings and queens,
What the fairies do and what the servants say.
The heavy burden of the growing soul
Perplexes and offends more, day by day;
Week by week, offends and perplexes more
With the imperatives of 'is and seems'
And may and may not, desire and control.
The pain of living and the drug of dreams
Curl up the small soul in the window seat
Behind the Encyclopædia Britannica.
Issues from the hand of time the simple soul
Irresolute and selfish, misshapen, lame,
Unable to fare forward or retreat,
Fearing the warm reality, the offered good,
Denying the importunity of the blood,
Shadow of its own shadows, spectre in its own gloom,
Leaving disordered papers in a dusty room;
Living first in the silence after the viaticum.

Pray for Guiterriez, avid of speed and power,
For Boudin, blown to pieces,
For this one who made a great fortune,
And that one who went his own way.
Pray for Floret, by the boarhound slain between the yew trees,
Pray for us now and at the hour of our birth.


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24 de octubre de 2013

e. e. cummings

Mujer, he de tocarte

Mujer, he de tocarte con mi mente.
Tocarte y tocarte y tocarte
hasta que tú me des
de repente una sonrisa, tímidamente obscena

(mujer, he de
tocarte con mi mente). Tocarte
a ti, eso es todo,

suavemente y toda tú has de convertirte
con infinito cuidado

en el poema que yo no he escrito.



☛ e.e. cummings. Lady, i will touch you with my mind (books.google.es)

Trad. E. Gutiérrez Miranda 2013 (To The Returning Brunette)

                    ∼

Lady, i will touch you with my mind

Lady, i will touch you with my mind.
Touch you and touch and touch
until you give
me suddenly a smile,shyly obscene

(lady i will
touch you with my mind.)Touch
you,that is all,

lightly and you utterly will become
with infinite care

the poem which i do not write.


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17 de octubre de 2013

Hank Wothreed

Cuadrando el cuadro


Hank Wothreed. The Fusion of Color will Be an Automatic Proposition
(La fusión del color será una proposición automática), 1976

«En el subconsciente no hay absolutamente nada y todo arte supuestamente surgido de él es una absoluta superchería».
Roy Oilonkanvas


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8 de octubre de 2013

Lord Dunsany

Betmoria

Hay una sutil frescura en la noche de Londres, como si un viento juerguista después de haber perdido a sus camaradas en las tierras altas de Kent hubiera entrado sigilosamente en la ciudad. El pavimento está un poco húmedo y brillante. En los oídos de alguien que a esta última hora se han agudizado mucho resuena el eco de pasos lejanos. Los pasos se van acercando paulatinamente hasta llenar la noche entera. Y una figura vestida de negro pasa y se pierde en la oscuridad: uno que viene de bailar regresa a casa. En algún lugar un baile ha terminado y cerrado sus puertas. Sus luces amarillas se han apagado, los músicos callan, todos los que bailaban han entrado en el aire de la noche, y el Tiempo ha dicho sobre ello: «Dejad que esto sea pasado y concluido y quede entre las cosas que he apartado a un lado».

Las sombras comienzan a destacarse de sus amplios refugios. No menos silencioso que las alargadas y muertas sombras es el movimiento de los cautelosos gatos hacia sus casas. Así tenemos, aun en Londres, nuestro débil presagio de la proximidad del alba, que los pájaros, las bestias y las estrellas gritan en voz alta a los inmensos campos.

No sé en qué momento percibo que la noche misma ha sido irrevocablemente destronada. De súbito la fatigada palidez de las farolas me revela que las calles permanecen silenciosas y nocturnas todavía, no porque haya fuerza alguna en la noche, sino porque los hombres no han salido aún de su sueño para desafiarla. Entonces veo a guardias abatidos y descuidados llevando mosquetes antiguos en las puertas de los palacios, aunque los reinos del monarca que ellos guardan se hayan reducido a una única provincia que ningún enemigo se preocupa de invadir.

Y se manifiesta en el aspecto de las farolas, esas avergonzadas servidoras de la noche, que ya las cimas de las montañas inglesas han divisado el alba, que los acantilados de Dover se alzan blancos ante la mañana, que la niebla del mar se ha levantado y se extiende tierra adentro.

Y ahora llegan hombres con mangueras y van regando las calles.

He aquí que la noche ha muerto.

¡Qué recuerdos, qué multitud de fantasías en la mente! Sin embargo en este momento una noche le ha sido arrebatada a Londres por la terrible mano del Tiempo. Un millón de cosas artificiales cubiertas momentáneamente por el misterio, como mendigos vestidos de púrpura y sentados sobre temibles tronos. Cuatro millones de personas duermen, soñando quizá. ¿A qué mundos habrán entrado? ¿A quién se habrán encontrado en ellos?

Pero mis pensamientos están muy lejos; con Betmoria en su soledad, cuyas puertas se balancean de un lado a otro. De un lado a otro se balancean, y chirrían y chirrían en el viento, pero nadie las oye. Son de cobre verde, muy bellas, pero nadie las ve ahora. El viento del desierto vierte arena en sus goznes, pero ningún centinela acude para limpiarlos. Ningún centinela ronda las almenas de Betmoria; ningún enemigo las asalta. No hay luces en sus casas, ni pisadas sobre sus calles. Permanece allí en pie, muerta y sola, más allá de los Montes de Hap. Y yo quisiera ver Betmoria otra vez, pero no me atrevo.

Hace muchos años, según me han contado, que Betmoria fue abandonada.

Su abandono se comenta en las tabernas de marineros y algunos viajeros me han hablado de ello.

Yo tenía la esperanza de ver Betmoria otra vez. Hace muchos años, dicen, de la última vendimia en los viñedos que yo conocí, donde todo es desierto ahora. Era un día radiante y las gentes de la ciudad bailaban entre las viñas, mientras aquí y allá alguien tocaba el kalipac. Los frondosos arbustos púrpuras estaban en flor y la nieve brillaba sobre los Montes de Hap.

En el exterior de las puertas de cobre las uvas eran aplastadas en tinajas para hacer el sirabub. Había sido una buena vendimia.

En los pequeños jardines al borde del desierto los hombres golpeaban el tambang y el titibuk y tañían melodiosamente el zotibar.

Todo era alegría y canciones y bailes, porque las viñas habían sido vendimiadas y habría abundante sirabub para los meses de invierno, y aún más para canjear por turquesas y esmeraldas a los comerciantes que descendían de Oxuhan. Así se regocijaron todo el día con su vendimia en la estrecha franja de tierra cultivada que se extiende entre Betmoria y el desierto, el cual va a encontrarse con el cielo hacia el Sur.

Y cuando el calor del día comenzó a menguar y se aproximó el sol a las nieves de los Montes de Hap, las notas del zotibar todavía se elevaban claras de los jardines y los brillantes ropajes de los danzarines revoloteaban aún entre las flores.

A lo largo de aquel día tres hombres habían sido vistos a lomos de mulas atravesando las laderas de los Montes de Hap. Tres pequeñas motas negras contra la nieve se movían atrás y adelante siguiendo las revueltas del camino y descendiendo cada vez más. Se les divisó por primera vez al amanecer sobre las crestas de Peol Jaganoth y parecían provenir de Utnar Vehi. Avanzaron durante todo el día y, al atardecer, justo antes de que la luz se fuera y cambiaran los colores, se presentaron ante las puertas de cobre de Betmoria.

Portaban báculos, como suelen portar los mensajeros en aquellas tierras, y parecían sombríamente vestidos cuando todos los danzarines los rodearon con sus atuendos verdes y lilas. Los europeos presentes que oyeron el mensaje no conocían aquella lengua y solo entendieron el nombre de Utnar Vehi. Pero era breve y corrió velozmente de boca en boca y, casi a continuación, las gentes incendiaron los viñedos y comenzaron a huir lejos de Betmoria, marchando la mayoría hacia el Norte aunque algunos se dirigieron al Este.

Se precipitaron de sus hermosas casas blancas y salieron en tropel por las puertas de cobre. Cesaron repentinamente los latidos del tambang y el titibuk y las notas del zotibar, y el tañido del kalipac se detuvo un instante después.

Tras dar su mensaje, inmediatamente los tres extraños viajeros se volvieron tal como habían llegado. Era la hora en que alguna luz habría aparecido sobre las altas torres y de ventana en ventana habrían fluido en el crepúsculo las luces que espantan al león y se les habría echado el cerrojo a las puertas de cobre. Pero ninguna luz salió de las ventanas aquella noche, ni volvió a hacerlo desde entonces, y las puertas de cobre se quedaron abiertas para no volver a ser cerradas nunca más. Y se alzó el rumor del rojo fuego que crujía en los viñedos y el repiqueteo de pies que escapaban con presteza.

No hubo ningún grito ni ningún otro sonido en absoluto; solo una huida resuelta y apresurada. Todos huyeron tan rápida y silenciosamente como una manada de animales salvajes huye cuando de pronto ve a un hombre. Tal como si hubiera acontecido algo a lo que habían temido durante generaciones, algo que únicamente podría ser evitado con la huida inmediata, sin que pudiera haber tiempo para la indecisión.

Entonces el miedo hizo presa de igual modo en los europeos y ellos también huyeron. Mas nunca he llegado a saber qué decía aquel mensaje.

Muchos creen que era un mensaje de Thuba Mleen, el misterioso emperador de aquellas tierras, nunca visto por hombre alguno, ordenando que Betmoria fuera abandonada en soledad. Otros dicen que era una advertencia de los dioses, pero no saben si de dioses contrarios o amistosos.

Y afirman otros que una plaga devastaba una hilera de ciudades en Utnar Vehi, siguiendo el viento sudoeste que durante muchas semanas había estado soplando a través de ellas hacia Betmoria.

Hay quien dice que los tres viajeros sufrían la terrible enfermedad del gnousar y que las mismas mulas estaban infectadas de ella, y suponen que el hambre los condujo a la ciudad, aunque no sugieren ninguna razón para tan horrible crimen.

Pero creen los más que era un mensaje del mismo desierto, que posee toda la Tierra del Sur, hablando con su peculiar grito a aquellos tres que entendían su voz, hombres que habían permanecido sobre la inhóspita arena, sin tiendas durante la noche, que habían pasado el día sin agua, hombres que habían estado allí donde murmura el desierto y habían llegado a conocer sus necesidades y su malevolencia.

Dicen que el desierto tenía necesidad de Betmoria, que deseó entrar en sus encantadoras calles y enviar sobre sus templos y sus casas su tempestuoso viento cubierto de arena. Ya que él odia el ruido y la vista del hombre en su viejo y perverso corazón, y deseaba tener a Betmoria silenciosa y tranquila, a salvo para él y el amor fatal que le susurra a sus puertas.

Si yo supiera qué decía aquel mensaje que los tres hombres trajeron con sus mulas y comunicaron en las puertas de cobre, creo que hubiera vuelto para ver Betmoria otra vez. Pues me invade aquí en Londres una gran ansia de ver de nuevo la blanca y hermosa ciudad. Y sin embargo no me atrevo, ya que no conozco el peligro al que debería enfrentarme, o si tendría que arriesgarme a la furia de terribles dioses desconocidos, o a alguna enfermedad indecible y lenta, o a la maldición del desierto o la tortura en alguna pequeña cámara secreta del emperador Thuba Mleen, o a algo que los viajeros no han contado… algo quizá más espantoso aún.


☛ Lord Dunsany. Bethmoora (sacred-texts.com)

Trad. E. Gutiérrez Miranda 2013



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24 de septiembre de 2013

Lenguagonía



De tres tiros que le dieron
nomás uno era de muerte.

Corrido de Rosita Alvírez

El poder centralizalista
con su muy antiguo vasallaje,

los politiquetes aborígenes
con su sempiterna languidez,

la iglesia anticristiana
con su plurisecular cobardía,

los lusofonistas ombligados
con su patética desintegración,

la irreal inacademia
con su enfermiza pusilanimidad,

la burguesía populista
con su tradicional automenosprecio,

el pueblo aburguesado
con su inmemorial estupefacción...


y así, a la lengua gallega,
que tantos siglos yació,
entre todos la mataron
y ella, sola, se murió.

egm.2013


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20 de septiembre de 2013

Carlos Casares

Amemos

Amemos
el tiempo que nos arrastra y se nos lleva.
Aunque el cielo esté azul y no haya nubes y no llueva,
siempre es pronto
para el fruto que esperamos y no llega.

Amemos a la rosa porque es breve
y al tiempo porque huye y no se detiene,
aunque al borde de las horas, en las esquinas,
mueran las verdades contra el viento
y la noche sea el aroma putrefacto
de las flores que plantamos para salvarnos.

Amemos
las bocas que hieren al besarlas,
a los pianos que crecen y no suenan
y las tardes hermosas que se acaban.

Amemos
aunque la esperanza tire hacia abajo
para enlazarnos siempre contra nuncas
de campos sin aire y corazones parados.



☛ Carlos Casares. Amemos (xoglares.blogspot.com)

Trad. E. Gutiérrez Miranda 2013


                    ∼

Amemos

Amemos
o tempo que turra de nós e que nos leva.
Inda que o ceo está azul e non hai nubes e non chove,
sempre é cedo
pra o froito que agardamos e non chega.

Amemos á rosa porque é breve
e ao tempo porque fuxe e non se para,
inda que á veira das horas, nas esquiñas,
morran as verdades contra o vento
i a noite seña un recendo podrecido
das frores que chantamos pra salvarnos.

Amemos
as bocas que mancan ao bicalas,
aos pianos que medran e non tocan
e ás tardes fermosas que se acaban.

Amemos
inda que a espranza turre cara abaixo
a vencellarnos sempre contra nuncas
de campos sen aire e corazóns parados.


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9 de septiembre de 2013

Manuel Antonio

Elegía al capitán Roald Amundsen que desapareció en el Polo Norte

Oh captain! My captain!
Walt Witman

[1]
Te reservaba un secreto,
aún,
el mar de nieve.
El descubrimiento de su reverso,
y tú, arropado en esa mortaja blanca,
—¡oh silencio helado!—
repitiendo a los oídos del mundo
la victoriosa voz:
¡Tierra!


[2]
Nadie pudo encontrar entre la nieve
esos labios helados
que se le perdieron al silencio.
Y las lejanías,
libres,
desciñeron la soledad.

En el remolino
de la última ráfaga de viento
se fue toda esperanza
y el Sol, apagado.

Ninguna voz podrá atreverse
sin caer muerta a los pies de la nieve
como un pájaro joven.

¡Oh Capitán! ¡Mi Capitán!



☛ Manuel Antonio. Elexía ao capitán Roald Amundsen que se perdeu no Polo Norte (decatroacatro.pressbooks.com)

Trad. E. Gutiérrez Miranda 2013. (Fusión de dos poemas aparentemente inconclusos, e inconexos, de la obra de Manuel Antonio; el segundo es el titulado Elexía ao capitán Roald Amundsen).


                    ∼

Gardábate un segredo aínda

Gardábate un segredo
aínda
o mar de neve
A descuberta do seu reverso
e ti arroupado nesa mortalla branca
―Oh silencio xeado!―
repetindo aos ouvidos do mundo
a vitoriosa voz
Terra!


Elexía ao capitán Roald Amundsen que se perdeu no Polo Norte

Oh Captain! My Captain!
Walt Whitman

Ninguén puido atopar entre a neve
eses beizos xeados
que se lle perderon ao silencio
E as lonxedades
ceibes
descinguiron a soedade
No remuíño
da derradeira rafega de vento
foise toda esperanza
e o Sol apagado

Ningunha voz poderá destemerse
sen caer morta aos pes da neve
coma un paxaro novo

Oh Capitán! Meu Capitán!


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3 de septiembre de 2013

Fermín Bouza Brey

Ante el mar de Cambados

El cestillo de densos luminares
que en la tarde callada se derrama,
todo luz, todo oro, todo llama,
envidia de crepúsculos y mares,

es preludio de los brillos lunares
con que la playa oscura se recama,
mientras la ola en pasión ama y desama,
envuelta en las neblinas tutelares…

Ría de Arosa, grávida en colores,
la sirena de atlánticos amores,
que acariciaste mi infancia sencilla,

¡hazme un rincón en tu algoso regazo,
un sepulcro donde duerma a tu abrazo
en la más hosca peña de tu orilla!



☛ Fermín Bouza Brey. Diante do mar de Cambados (bvg.udc.es)

Trad. E. Gutiérrez Miranda 2013


                    ∼

Diante do mar de Cambados

O canistrel de méstos lumiares
que na serã calada se derrama,
todo luz, todo ouro, todo flama,
enveja de sol-pores e de mares,

prelúdio é dos pálidos luares
com que na noite a praia se recama,
em tanto a onda em paxião ama e desama,
envolveita nas névoas tutelares...

Ria de Arousa, grávida de côres,
serêa dos atlânticos amores
que acarinhache a minha infância ingela,

fai-me un recanto no argacento colo,
um sártego onde durma ao teu arrolo
no mais esquivo côm da tua orela!


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30 de agosto de 2013

Fermín Bouza Brey

Nao señera

¡Quién fuera nao señera
de aquel mar no presentido
en las sumergidas tierras!

Sin cielo ni astros, sin viento,
siempre al azar de las olas
tendido al arrobamiento;

sin andar ni desandar,
sin otro cuidado amargo
que dejarse ir por el mar…

¡Quién fuera nao señera!
Sin hito —estrella ni puerto—
¡ser yo la propia ribera!

¡Quién fuera…!



☛ Fermín Bouza Brey. Nao senlleira (blogoteca.com)

Trad. E. Gutiérrez Miranda 2013


                    ∼

Nao senlleira

¡Quen dera ser nao senlleira
n-aquel mar non presentido
das ja mergulladas terras!

Sen ceo, sen astros, sen vento,
sempre á toa pol-as ondas
deitado no esquecimento,

nin andar nin desandar,
nin ter outro coido acedo
que leijarse ir pol-o mar...

¡Quen dera ser nao senlleira!
Sen fito —estrela nin porto—
ser eu a propia ribeira!!

¡Quen dera...!


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