16 de agosto de 2026

Anne Sexton

Cenicienta

Siempre escuchas lo de:
El fontanero con cinco hijos
al que le toca la Primitiva.
De los lavabos a los millones.
Ese rollo.

O lo de la niñera,
una dulce golosina danesa
que se camela al hijo mayor.
De los pañales a las marcas de lujo.
Ese rollo.

O el lechero que reparte a los ricos,
huevos, queso, mantequilla, yogur, leche,
en su furgón blanco como una ambulancia,
que se mete en el ladrillo
y amasa una fortuna.
De los desnatados al buen vino en la comida.

O la limpiadora
que va en el autobús cuando se estrella
y cobra una pasta del seguro.
De la fregona a las tiendas exclusivas.
Ese rollo.

Una vez
la mujer de un ricachón en su lecho de muerte
le dijo a su hija, Cenicienta:
«Sé obediente. Sé buena. Entonces te sonreiré
desde el cielo por una rendijita entre las nubes».
El hombre volvió a casarse con una divorciada
con dos hijas, bastante guapas
pero con corazones duros como bates de béisbol.
Cenicienta les hacía de criada.
Dormía cada noche en la cocina llena de hollín
y andaba por ahí con pinta de engrasador.
Su padre trajo regalos de la capital,
joyas y vestidos para las otras,
pero solo un brote de acebo para Cenicienta.
Ella lo plantó junto a la tumba de su mamá
y el brote creció hasta convertirse en un árbol
en el que se posó una paloma blanca.
Cada vez que ella deseaba algo, la paloma
lo dejaba caer en el suelo como un huevo.
El ave es importante, criaturas, no la perdáis de vista.

Después llegó el baile, como ya sabéis.
Era un mercado matrimonial.
El príncipe buscaba esposa.
Todas, menos Cenicienta, se prepararon
y se acicalaron para el acontecimiento.
Cenicienta suplicó que también la dejaran ir.
Su madrastra arrojó un saco de lentejas
a las cenizas del fogón y le dijo: «Recógelas
en una hora y podrás ir».
La paloma blanca llamó a todos sus amigos;
acudieron todas las cálidas alas del terruño
y recogieron las lentejas en un santiamén.
«No, Cenicienta —dijo la madrastra—,
no tienes buena ropa y no puedes ir al baile».
Así son las madrastras malvadas.

Cenicienta corrió al acebo junto a la tumba
y gritó como una cantante de ópera:
«¡Madre! ¡Madre! ¡Tórtola mía,
llévame al baile del príncipe!».
Y el ave dejó caer un vestido dorado
y unos diminutos y delicados zapatitos a juego.
Un bulto bastante grande para un simple pájaro.
Así que allá fue. Lo cual no es ninguna sorpresa.
La madrastra y sus hijas no pudieron
reconocerla sin su cara tiznada de ceniza
y el príncipe la tomó de la mano al instante
y bailó solamente con ella toda la tarde.

Al caer la noche pensó que lo mejor sería
regresar. El príncipe la acompañó a su casa
y ella desapareció dentro del granero
y aunque el príncipe cogió un hacha y lo abrió,
ella se había esfumado. De vuelta a su ceniza.
Estos sucesos se repitieron durante dos días.
Sin embargo, al tercero el príncipe
mandó cubrir la escalinata del palacio con cera
y Cenicienta se resbaló y dejó atrás uno de sus zapatitos.
Así él buscaría a quien le quedara bien el zapato
y encontraría por fin a su esquiva pareja de baile.
De modo que se dirigió a su casa y las dos hermanas
se alegraron mucho porque tenían unos pies muy lindos.
La mayor entró en una sala para probarse el zapatito,
pero el dedo gordo le estorbaba, así que simplemente
se lo cortó y se puso el zapato.
El príncipe cabalgó con ella hasta que la paloma blanca
le dijo que mirara toda la sangre que chorreaba.
Es lo que pasa con las amputaciones.
No se curan por arte de magia.
La otra hermana se rebanó el talón,
pero la sangre habló, como suele hacer.
El príncipe se estaba cansando.
Empezaba a sentirse como un vendedor de zapatería.
Pero hizo un último intento.
Esta vez el pie de Cenicienta encajó en el zapato
como una carta de amor en su sobre.

A la ceremonia nupcial
acudieron las dos hermanas para lloriquear su favor
pero la paloma blanca les sacó los ojos a picotazos.
Les quedaron dos huecos
como cucharas soperas.

Cenicienta y el príncipe
vivieron, según dicen, felices para siempre,
como dos figurillas en una vitrina de museo,
sin nunca preocuparse del polvo ni la ceniza,
sin nunca discutir sobre las vacaciones,
sin nunca repetir la misma historia varias veces,
sin nunca echar barriga con los años,
con sus adorables sonrisas pegadas para la eternidad.
La típica parejita de cuento.
Ese rollo.



Anne Sexton. Cinderella (allpoetry.com)

Trad. E. Gutiérrez Miranda 2026


                    ∼

Cinderella

You always read about it:
the plumber with the twelve children
who wins the Irish Sweepstakes.
From toilets to riches.
That story.

Or the nursemaid,
some luscious sweet from Denmark
who captures the oldest son's heart.
from diapers to Dior.
That story.

Or a milkman who serves the wealthy,
eggs, cream, butter, yogurt, milk,
the white truck like an ambulance
who goes into real estate
and makes a pile.
From homogenized to martinis at lunch.

Or the charwoman
who is on the bus when it cracks up
and collects enough from the insurance.
From mops to Bonwit Teller.
That story.

Once
the wife of a rich man was on her deathbed`
and she said to her daughter Cinderella:
Be devout. Be good. Then I will smile
down from heaven in the seam of a cloud.
The man took another wife who had
two daughters, pretty enough
but with hearts like blackjacks.
Cinderella was their maid.
She slept on the sooty hearth each night
and walked around looking like Al Jolson.
Her father brought presents home from town,
jewels and gowns for the other women
but the twig of a tree for Cinderella.
She planted that twig on her mother's grave
and it grew to a tree where a white dove sat.
Whenever she wished for anything the dove
would drop it like an egg upon the ground.
The bird is important, my dears, so heed him.

Next came the ball, as you all know.
It was a marriage market.
The prince was looking for a wife.
All but Cinderella were preparing
and gussying up for the event.
Cinderella begged to go too.
Her stepmother threw a dish of lentils
into the cinders and said: Pick them
up in an hour and you shall go.
The white dove brought all his friends;
all the warm wings of the fatherland came,
and picked up the lentils in a jiffy.
No, Cinderella, said the stepmother,
you have no clothes and cannot dance.
That's the way with stepmothers.

Cinderella went to the tree at the grave
and cried forth like a gospel singer:
Mama! Mama! My turtledove,
send me to the prince's ball!
The bird dropped down a golden dress
and delicate little slippers.
Rather a large package for a simple bird.
So she went. Which is no surprise.
Her stepmother and sisters didn't
recognize her without her cinder face
and the prince took her hand on the spot
and danced with no other the whole day.

As nightfall came she thought she'd better
get home. The prince walked her home
and she disappeared into the pigeon house
and although the prince took an axe and broke
it open she was gone. Back to her cinders.
These events repeated themselves for three days.
However on the third day the prince
covered the palace steps with cobbler's wax
and Cinderella's gold shoe stuck upon it.
Now he would find whom the shoe fit
and find his strange dancing girl for keeps.
He went to their house and the two sisters
were delighted because they had lovely feet.
The eldest went into a room to try the slipper on
but her big toe got in the way so she simply
sliced it off and put on the slipper.
The prince rode away with her until the white dove
told him to look at the blood pouring forth.
That is the way with amputations.
They just don't heal up like a wish.
The other sister cut off her heel
but the blood told as blood will.
The prince was getting tired.
He began to feel like a shoe salesman.
But he gave it one last try.
This time Cinderella fit into the shoe
like a love letter into its envelope.

At the wedding ceremony
the two sisters came to curry favor

and the white dove pecked their eyes out.
Two hollow spots were left
like soup spoons.

Cinderella and the prince
lived, they say, happily ever after,
like two dolls in a museum case
never bothered by diapers or dust,
never arguing over the timing of an egg,
never telling the same story twice,
never getting a middle-aged spread,
their darling smiles pasted on for eternity.
Regular Bobbsey Twins.
That story.


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11 de agosto de 2026

Los arrecifes [v. 2026]



Yo me vi rodeando el mundo.
M. D. Ostiz Espila

Cast a cold eye
on life, on death.
Horseman, pass by!

W. B. Yeats

En el principio era el vacío
que fue llenándose de tiempo
que después urdía el espacio
mientras el cuark daba sus dimensiones
al cósmico potaje primordial,

el universo rodeaba el mundo,
no sabes cómo sufrí,
prosperó la tierra sobre la roca,
escampaba en la tundra
tras el tumbo de la sizigia astral,

descendió desde la fronda inestable
la gota que aviva el vaso
en la pútrida charca de los evos,
cabalga, jinete, galopa
hasta el exacto centro del breñal,

en donde no existen tiempo ni espacio
y la fuerza electromagnética
sigue guardada en el cofre,
grava en el yermo,
de la sabiduría insustancial,

y abajo se fue al carajo
y arriba también se iba,
pero ¿quién tú erraste que eras?
déjate de roneo,
mi persistente amor circunstancial,

que el queso tiene ya bastante oreo,
y encanto hizo otro tanto
y extraño, también ya antaño,
polvo en el páramo,
dadme una sola premisa cabal

y desquiciaré el cosmos,
y cima rizó la rima
y fondo se fue muy mondo,
en éxtasis, la singularidad
excretó un puro caos genital,

el huracán arranca el brezo
pero olvida algunas raíces
en donde nadie ha ido, nadie va,
ante un túmulo de granito
renunciaré a mi esencia incidental,

ningún nudo es imposible
para la culebra en el prado,
grita en la selva, salta en la sabana,
para el reptil en su cubil
o la elíptica boa en el marjal,

las coordenadas del tiempo
se ocultan detrás de la realidad,
invoca a la bestia que amas
en esta tierra que temes,
perpleja, hermosa, ingente y eventual,

danza la danza primera
cuando en feéricas noches sin luna
las estrellas no vacilen ahí,
ni para ti ni por mí,
en la ciega ciénaga celestial,

galopa, Peredur, cabalga,
durante ya mucho han ardido
y seguirán burlándose después
de nuestra última disolución
en la aséptica nada inmaterial,

cabalga, ebrio jinete,
a la más profunda irrealidad,
tal vez en el bentos arcano
anémonas, algas y arena
quieran ser el ensueño del coral,

explora el valor de los mitos,
silencio oscuro en los suburbios,
en la estepa amazonas,
dame un poco de tu fango de estrellas,
toma mis genes de neandertal,

oh dueña de la gran caverna,
jamás has jugado en la playa en otoño,
oh tu quiebra de dionea,
puño y brazo arriba y abajo
con furibunda furia funeral,

versus los versos subvertidos,
azorado, azuzado y azotado
por cualquiera de las tantas incógnitas
que te ayudan a subsistir,
cabalga el ralo abrojo del erial,

sucede, en primer lugar,
que de la fábula, la miga
es que lo cierto es que la hormiga
jamás aprendió a remar
ni cantó salmo alguno del misal,

preferiría que no pero sí,
por lo tanto investiga el miedo
y el oscuro silencio de los bloques,
eh, Perlesvaus,
¿dónde habrás extraviado tu graal?

allá el mizo ni vive ni la diña,
rodeando el mundo, no sabes
de qué manera morí,
los cuantos difractan la luz
en las rendijas del pulso espectral,

sí, los días están muy flojos,
ay, descomedida desdicha
haber nacido para atornillarlos,
si bien a veces la belleza
es el falso don de un hado fatal,

krummholz bajo la nieve,
nadie quiere, nadie da,
solo el espacio vigila al espejo,
solo el zorro del desierto distingue
la entera incorporeidad del nagual,

la urdidora del tiempo,
parva araña de los milenios,
la tegenaria acomodó su tela
entre las vigas del salón,
lejos de la lámpara de cristal,

qué repuñetera desgracia,
me abría sus montes de cromo
y me vedaba sus valles de iridio,
pronto averigüé que no discernía
tal revirado proceso mental,

porque solo en la subrazón subsisto,
rodeando el mundo y no sabes
cuántos cuantos padecí,
obvia al ciprés sobre el collado,
aunque rompe la rama, el vendaval,

nadie estuvo, nadie está,
y es eléctrico el amor,
y es ele-eléctrico-trico el ardor,
la eternidad es todo el tiempo,
desde, allá, el principio hasta, allí, el final,

líquenes en la taiga helada,
brinca en el bosque, chilla en la turbera,
y al fin deduje que ni el hada,
sí, Percevaus,
percibía este vuelco intelectual,

oh, sibila, tú
aún al kuros recuerdas, erecto
so los capiteles del templo,
mas yo sí podía alcanzarlos
según seguía la danza ritual,

multiplica tu saber por el radio
de un gluon, oh, el extraño encanto
de ir de arriba hasta el fondo
y desde abajo a la cima
como y cual partícula elemental,

mira al firmamento, aúlla en la hoya
a los longiexpectantes
decenas de centenas de millares
de millones de universos
en tu somnolienta mente animal,

entretejía la araña sus hilos
justo en las caries del león,
expertos en razones infundadas
tacharon líneas, suprimieron páginas
del apacible poema invernal,

oh, inusitado infortunio
el haber nacido yo
en estos días complacidos
en la medida del eco de un cuark
mediante el zum del tiempo transversal,

el viento ejecuta a las hojas
pero indulta al aislado tallo
como una fútil ofrenda a las nubes,
el presente es un reflejo
del paso del futuro ocasional

y el futuro es tan viciado
cuanto el pasado es impuro,
pero ahora estoy buscando un espejo
que ya no pueda atravesar,
danza y avanza en la danza tribal,

nadie ha visto, nadie va,
nadie ha ido y nadie ve
que no hay nadie y nunca habrá,
tan solo el dolor te enseña a sufrir,
aquí o en cualquier precario pedregal,

desde las murallas de Uruk
veía los cadáveres flotando
por entre los junquerales del río,
hey, Parzival,
¿en dónde hostias olvidaste el grial?

silencio y tiniebla en suburbia,
preferiría que sí pero qué,
allí no ha muerto el mico ni vivió
y los cuantos hipnotizan la luz
sobre la urdimbre del tiempo inercial,

yamnayas en las playas,
lo que ignoras es todo lo que sabes,
oh, no torturéis, desalmados,
mi alma caducifolia
con las sirenas de cada arenal,

del golfo de Botnia al abra de Aldán,
ya me voy a los arrecifes
a terminar aturdido y a solas
mi urente aguardiente de guindas,
el viento envía hojas de nogal

hacia los hondores del mar,
sibila, oí tu voz
y aun pienso que descifré tus enigmas,
sí, la eternidad no es tan larga
que no pueda tener un fin cabal,

contra el gemido de la tempestad,
pero iba entonces algo sobrio
y no creo que llegue a recordarlos,
oh, no atormentéis, desmedidos,
mi pobre alma infinitesimal,

el chamán se orinó en las manos
y el profeta eructó su antientropía
sobre el oleaje de la resaca,
espumas y aerosoles,
gritos entre el grito del temporal,

va la gota a la poza primigenia,
la gravedad se incrementa
hasta que no permite ni pensar,
piezoeléctrico el ardor
que fluye a la humedad del cenagal,

crambe en la duna,
cadáveres entre los juncos
cabe las nuevas murallas de Ur,
guay, Perceval,
baila y rebaila tu baile ancestral,

a hierro mueren las estrellas,
como los humanos, y sus cadáveres
devienen frías supernovas
y púlsares y estrellas de neutrones
que yacen el abismo sideral,

reducidas a polvo y gas
que realimentan al universo
del modo en que en el cieno tus despojos
realimentarán al cieno
y renovarán el ciclo vital,

y por fin será el vacío del tiempo,
sargazo sobre la peña,
luego de órbitas y esferas
la sirena en los arrecifes
susurra su cantilena a la sal,

deja que la música ahuyente al miedo,
no silbes en la penumbra,
páginas manuscritas extirpadas
de algún cuaderno escolar,
musgos debajo del hielo aluvial,

guiado futuro, inseguro pasado,
nunca ha habido y no será,
humanos, en verdad no os merecéis
ni la lluvia de que estáis hechos,
peleles de la barriada global,

el kuros permanece empalmado
so los frisos de la ciudad sagrada,
ruge feroz en el soto,
corre salvaje en el páramo,
alza tu fuerza de neandertal,

nunca ha sido y nada habrá
en los vértices del espejo,
mais, sire Perzeval:
la eternidad no es tan larga
si sabes resistir hasta el final.

egm. 2026

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4 de agosto de 2026

Luz ni voz



¿Cuál es el eco,
cuál es la sombra
que al eco asombra
y en sombra es hueco?

Es eco o sombra
o es sombra o eco
y es huero hueco
que a sí se asombra:

apenas eco,
acaso sombra,
el Hombre asombra
de mero hueco.

No es luz, es sombra;
no es voz, es eco.

egm. 2026

☛ PyoZ ☚