22 de noviembre de 2014

Picadillo

Pichones a lo Mixto N.O. Ascendente

Un oficial de Correos, que además de serlo es muy amigo mío, y que se pasa la vida yendo desde La Coruña a Venta de Baños y viceversa, me explica en una sustanciosa carta el modo de guisar en el departamento de Correos, aun cuando los guisos sean de alguna complicación.

He aquí algunos párrafos de la carta aludida:

«En Venta de Baños un natural de Calabazanos, por un perro grande me pone en posesión de unos pimientos morrones del tamaño de un proyectil del 42. Continúa el tren conmigo y con los pimientos hasta Villalumbroso, en donde se abre la portezuela del compartimento y el cartero me propone un negocio de compraventa, por virtud del cual, por una veinte, me entrega los cuatro palominos de que es portador. Concibo mi plan, y en Villada uno a mis anteriores compras dos chorizos de Trobajo y tres reales de jamón.

»De nuevo el mixto en marcha, les hago ver a los volátiles el deber en que están de abandonar la vida, y al llegar a Grajal abandono el departamento en que voy y me interno en “Alfonso VIII”, que así se llama la locomotora que nos conduce, y previos los saludos de rúbrica a Servando el maquinista, someto los cadáveres a unas inhalaciones de vapor que los dejan a imitación del gallo de Morón: sin plumas; pero estos, además no cacarean.

»De nuevo en mi coche, procedo a internarme en los intestinos de los cándidos, quitándoles todo aquello y sustituyéndoselo por una mezcla preparada con el jamón, el chorizo, los hígados de los interfectos, cebolla, perejil y sal.

»Sobre dos quinqués de aceite pongo una tartera con más aceite y allí rehogo los pichones cuando está sin rancio. Una vez dorados, cada pichón pasa a ocupar el interior de un pimiento, y al aceite que queda en la tartera le añado un amasijo de pan frito, unas cuantas avellanas y una yema de huevo cocido, todo mezclado con un poco de vino blanco y un punto de nuez moscada, y en la mezcla coloco los rojizos ataúdes. Quito mecha y dejo que cueza todo lentamente.

»En Palanquinos mi compañero y yo procedemos a la consiguiente investigación, que no puede ser más satisfactoria. Hay después unas libaciones de vino del Barco de Valdeorras; mi compañero enciende un cigarrillo, yo me asomo, Servando hace sonar el silbato y el tren modera la marcha hasta detenerse en León, en donde da fin la receta que me permito someter a su consideración, participándole que si llego a verla publicada en la quinta edición de La Cocina Práctica constituirá para mí una efemérides digna de codearse con el día que la novia me dijo sí o aquel en que fui presentado a los señores de Anzobre.
»Suyísimo

Gonzalo Abello

En ruta, a 13 de noviembre de 1916»



Nota
perro grande: perra gorda, o perra grande. Moneda española de cobre o aluminio que valía diez céntimos de peseta (DLE).
una veinte: Una peseta con veinte céntimos.

Manuel Mª Puga y Parga (Picadillo). La Cocina Práctica, Decimosexta edición, Editorial Gali, Santiago de Compostela, 1981


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2 de noviembre de 2014

Álvaro Cunqueiro

Los sesenta nombres

Ustedes saben que los irlandeses, los gaélicos insulares, son sexagesimales, como nosotros ahora, los europeos modernos, somos centesimales. Por eso la preocupación lírica y mágica constante de los soñadores celtas de antaño era llegar a conseguir anotar los sesenta nombres de las sesenta hadas que había en la isla de San Patricio, benéficas y constantemente en activo, generalmente habitantes de las verdes colinas trebolares o de las claras fuentes. O a veces de una piedra movediza, o de unas antiquísimas ruinas.

El único daño que hacían estas hadas era con su ingenuidad, pues siendo inocentísimas le concedían a un hombre o una mujer unos dones que, sin que las hadas lo sospechasen, terminaban conduciendo al galardonado a una horrible tragedia y a la muerte. Veían un mozo hermosísimo, los cabellos dorados, gran jinete y hábil con la lanza, y le echaban encima profecías de heroico comportamiento —geasa se llama este voto que se hace por otro, y cuyo cumplimiento es inexcusable—, y, sin comerlo ni beberlo, el mozo que naciera soñador y apático, o sosegado domesticador de galgos y palomas, se encontraba de hoz y coz en el mundo de las grandes aventuras, con dragón hostil, con campeones que le arrebataban la esposa, con espectros y otros malignos, y con navegaciones por mares turbulentos.

En algún monasterio, como en San Lorenzo O’Toole, tuvieron un periodo determinado, durante el gobierno de un santo abad, los sesenta nombres, y fue de rúbrica allí el rezar, diciéndolos, pidiendo a Dios que las hadas nombradas se estuvieran quietecitas, no dando premios a nadie, salvo en la inevitable noche de San Juan.

Dos veces hubo que cambiar la lista de los sesenta nombres, según O’Bervrey, debido a que en el transcurso de los siglos dos hadas se pasaron al gremio de las mujeres normales, y por amor. Una de ellas, más tarde, ya casada, conocida por Mougha de Ceash, se enamoró de un antepasado del gran escritor Lord Dunsany, el autor de Los cuentos de un soñador. Lord Dunsany medía casi los dos metros, pero su antepasado algo más. El hada Mougha lo vio frotarse desnudo contra una piedra movediza que había en las proximidades de Armagh, y que andando el tiempo volaron los ingleses en los días de Lord Essex, porque decían que los espiaba. El hada, que debía ser de una fabricación un poco diferente de la de sus congéneres, sintió la necesidad de ser poseída carnalmente por el joven David, y se presentó desnuda ante él, también frotándose contra una piedra.

—¿Es para bien o para mal?— le preguntó David a la piedra.

Esta se echó a reír a carcajadas, y respondió:

—¡Es para bien!

Y allí mismo, en la dulce hierba de mayo, David tumbó a Mougha. Callaron a la vez los grillos del verde prado y las abubillas que andaban a ellos con su gritito ¡up!, ¡up!, ¡up!… David la encontró sabrosa, la llevó a su casa, la presentó a sus padres y se casó con ella por la Santa Iglesia. Con la pérdida de su virginidad, el hada perdió todos sus poderes y quedó reducida a la condición humana. Dicen que otras hadas se acercaban a la casa de David Killmore, especialmente cuando amamantaba a sus hijos.

La otra de las dos hadas que hubieron de dejar el escalafón fue una tal Lai de Donn, y puede decirse que ésta casi lo fue por santidad. Un padre prohibió bodas a sus hijos, que eran siete, excepto al mayor, pues no quería que llevasen los bosques paternos —entonces aún había bosques en Irlanda, no habían acabado con ellos los ingleses— a otras familias, conforme a la llamada «ley del terrón», que establecía determinados lazos de parentesco. El heredero se paseaba con su joven esposa, acariciándose y besándose, por la pumarada, dejándose ver de sus hermanos encerrados en una torre. Y éstos desesperaban. Un día en que los seis vieron a su hermano y a su cuñada hacer el amor en el pajar —era una dulce tarde de verano—, se dijeron que mejor que seguir sin goces carnales, y prisioneros de la avaricia y la terquedad paterna, alimentados con sopa de cebada y oveja salpresa, era morir. Y se disponían a darse la muerte, ahorcándose, cuando compadecida apareció ante ellos Lai de Donn y se les ofreció, para lo cual se transformó en seis mujeres diferentes que yacieron simultáneamente cada una con un hermano. Todos fueron muy felices, y el asunto duró en secreto, hasta que murió el padre, y el primogénito liberó a sus hermanos y les permitió matrimonio.

Lai de Donn se fue y quiso volver a las filas de las hadas, a los sesenta nombres, pero las otras hadas la rechazaron. Páidrac Colum, un gran poeta de Irlanda, dice que Lai le había tomado gusto a los besos, a las caricias, al fornicio, y que desde entonces se dedicó a la prostitución en las cercanías del pozo de San Patricio, en el condado de Armagh, la sede primada de la isla. Y de la historia de Lai de Donn proceden las historias que contaban los soldados de Isabel, la Reina Virgen, acerca de las hermosas mujeres que los asaltaban en la centinela nocturna, y puede decirse que los violaban. Era Lai de Donn, vagabunda y carnal, desdoblada en seis mujeres diferentes, y todas excitadas e incansables en el amor. Luego se dijo que todas las hadas de Irlanda eran putas públicas. Mentira.

Yo le he hecho una vez un poema, en mi lengua gallega, a Lai de Donn. Al final le pedía una noche. Yo tenía veinte años y acababa de leer en Colum su historia, la historia de su inmensa obra de misericordia.



Álvaro Cunqueiro, de la serie «El otro ovillo», Bazaar, nº 18, junio de 1978. La bella del dragón, (Editorial Tusquets, 1991)


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24 de octubre de 2014

Diego Hurtado de Mendoza

Algo se le antoja

A aquel alto árbol que vuelve la hoja
algo se le antoja.

Aquel árbol de buen mirar
hace de modo flores quiere dar,
algo se le antoja.

Aquel árbol de bello ver
hace de modo quiere florecer,
algo se le antoja.

Hace de modo flores quiere dar;
pronto se muestra, salid a mirar,
algo se le antoja.

Hace de modo quiere florecer;
pronto se muestra, salid para ver,
algo se le antoja.

Pronto se muestra, salid a mirar;
vengan las damas las frutas catar,
algo se le antoja.

Pronto se muestra, salid para ver;
vengan las damas las frutas coger,
algo se le antoja.



☛ Diego Hurtado de Mendoza. A aquel árbol que vuelve la foxa (Cossante)


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20 de octubre de 2014

Herberto Helder

El amor de visita

Dadme una joven mujer con su arpa de sombra
y su arbusto de sangre. Con ella
encantaré la noche.
Dadme una hoja viva de hierba, una mujer.
Sus hombros besaré, la piedra pequeña
de la sonrisa de un momento.
Mujer apenas crecida, pero con la gravedad
de dos senos, con el peso lúbrico y triste
de la boca. Sus hombros besaré.

¿Cantar? Largamente cantar.
Una mujer con quien beber y morir.
Cuando vaya a abrirse el instinto de la noche y un ave
lo atraviese traspasada por un grito marítimo
y el pan sea invadido por las olas,
su cuerpo arderá mansamente bajo mis ojos palpitantes,
como imagen vertiginosa y alta de un cierto pensamiento
de alegría e impudor.
Su cuerpo arderá para mí
sobre una sábana mordida por flores con agua.

En cada mujer existe una muerte silenciosa;
y mientras la espalda imagina, bajo nuestros dedos,
los bordones de la melodía,
la muerte sube por los dedos, navega la sangre,
se deshace en embriaguez dentro del corazón hambriento.
Oh cabra en el viento y el brezo, mujer desnuda bajo
las manos, mujer de vientre escarlata donde la sal pone el espíritu,
mujer de pies en lo blanco, transportadora
de la muerte y la alegría.

Dadme una mujer tan nueva como la resina
y el olor de la tierra.
Con una flecha en mi costado, cantaré.
Y mientras mane de mi carne una vid de sangre
cantaré su sonrisa ardiendo,
sus pechos de pura sustancia,
la curva cálida de los cabellos.
Beberé su boca, para después cantar la muerte
y la alegría de la muerte.

Dadme un torso doblado por la música, un ligero
cuello de planta,
donde una llama empiece a florear el espíritu.
A ras de su cara se moverán las aguas,
dentro de su cara estará la piedra de la noche.
Entonces cantaré la exultante alegría de la muerte.

No siempre me incendian el despertar de la hierba ni la estrella
despeñada de su órbita viva.
Sin embargo, tú siempre me incendias.
Olvido el arbusto impregnado de silencio diurno, la noche
imagen punzante
con su dios aplastado y ascendido.
Sin embargo, no te olvidan mis corazones de sal y de blandura.
Se aturde mi aliento con la sombra,
tu boca penetra mi voz como la espada
se pierde en el arco.
Y cuando hiela la madre en su distancia amarga, la luna
se atrofia, el paisaje regresa al vientre, el tiempo
se deshila, invento para ti la música, la locura
y el mar.

Toco el peso de tu vida: la carne que fulge, la sonrisa,
la inspiración.
Y sé que has cercado los pensamientos con mesa y arpa.
Voy hacia ti con la belleza oculta,
el cuerpo iluminado por las luces alargadas.
Digo: yo soy la belleza, su rostro y su durar. Tus ojos
se transfiguran, tus manos descubren
la sombra de mi cara. Tomo tu cabeza
áspera y luminosa, y digo: ¿oyes, mi amor?, yo soy
aquello que se espera para las cosas, para el tiempo;
yo soy la belleza.
Entera, tu vida lo desea. Para mí se alzan
tus ojos desde lejos. Tú misma me duras en mi velada
belleza.

Entonces me siento a tu mesa. Porque es de ti
de quien me viene el fuego.
No hay gesto o verdad en el que no duerman
tu noche y tu locura,
no hay vendimia o agua
en los que no estés posando el silencio creador.
Digo: mira, es el mar y la isla de los mitos
originales.
Y me das tu mesa, despliegas en la vastedad de la tierra
la carne trascendente. En ti
comienzan el mar y el mundo.

Mi memoria pierde en su espuma
la señal y la viña.
Plantas, animales, aguas han crecido como religión
sobre la vida; y yo en eso he tardado
mi frágil instante. Sin embargo
tu silencio de fuego y leche restablece la fuerza
maternal, y todo circula entre tu soplo
y tu amor. Las cosas nacen de ti
como las lunas nacen de los campos fecundos,
los instantes se originan de tu ofrenda
como las guitarras obtienen su inicio de la música nocturna.

Más inocente que los árboles, más vasta
que la piedra y la muerte,
la carne crece en su espíritu ciego y abstracto,
tiñe la aurora pobre,
insiste de violencia la inmovilidad acuática.
Y los astros se quiebran en luz sobre
las casas, la ciudad se arrebata,
los animales alzan sus ojos dementes,
arde la madera, para que todo cante
por tu poder cerrado.

Con mi cara llena de tu asombro y belleza,
sé cuánto eres el íntimo pudor
y el agua inicial de otros sentidos.

Comienza el tiempo en que la mujer comienza,
es su carne lo que del minuto oscuro y muerto
se devuelve a la luz.
En la muerte rehierve el vino, y la promesa tiñe los párpados
con una imagen.
Espero al tiempo con la cara asombrada junto a tu pecho
de sal y de silencio, concibo para mi serenidad
una idea de piedra y de blancura.
Eres tú quien me acepta en tu sonrisa, quien oye,
quien se alimenta de deseos puros.
Y el espíritu se une al viento, se enrarece la aureola,
la sombra canta en bajo.

Comienza el tiempo en que la boca se deshace en la luna,
en que la belleza que transportas como un arduo peso
se quiebra en gloria junto a mi costado
martirizado y vivo.
Para consagración de la noche alzaré un violín,
besaré tus manos fecundas, y en la madrugada
daré mi voz confundida con la tuya.
Oh teoría de instintos, don de inocencia,
copa en la que beber junto a la perturbada intimidad
en la que me acoges.

Comienza el tiempo en la insoportable ternura
con la que te adivino, el tiempo en que
el vario dolor implica al barro y la estrella, en que
el encanto liga el ave al trébol. Y en su medida
ingenua y cara, lo que presiente el corazón
a lo lejos engasta de brillo su contorno.
Bueno será el tiempo, bueno será el espíritu,
buena será nuestra carne presa y morosa.
Comienza el tiempo en que la vida se une
a nuestra breve vida.

Estás profundamente en la piedra y la piedra en mí, oh urna
salina, imagen cerrada en su fuerza y pungencia.
Y lo que se pierde de ti, como espíritu de música atrofiado
en torno a las violas, la muerte que no beso,
la hierba incendiada que se derrama en la íntima noche,
lo que de ti se pierde, mi voz lo renueva
en un estilo de plata viva.

Cuando el fruto agarra un instante la eternidad
entera, yo estoy en el fruto como sol
y deshecha piedra, y tú eres el silencio, la cerrada
matriz de jugo y vivo gusto.
Y las aves mueren para nosotros, los luminosos cálices
de las nubes florecen, la resina tiñe
la estrella, el aroma distancia el fango rojo de la mañana.
Y estás en mí como la flor en la idea
y el libro en el espacio triste.

Si te aprehendiesen mis manos, forma del viento
en la cebada pura, de ti vendrían llenas
mis manos sin nada. Si una vida durmieses
en mi espuma,
¿qué frescura vacilante quedaría en mi sonrisa?
Aunque eres tú quien se moverá en la materia
de mi boca, y serás un árbol
durmiendo y despertando donde existe mi sangre.

Besar tus ojos será morir por la esperanza.
Ver en el aro de fuego de una entrega
tu carne de vino rozada por el espíritu de Dios
será crearte para luz de mi pulso e instante
de mi perpetuo instante.
Yo debo rasgar mi cara para que tu cara
se llene de un minuto sobrenatural,
debo murmurar cada cosa del mundo
hasta que seas el incendio de mi voz.

Las aguas que un día nacieron donde marcaste el peso
joven de la carne absorben largamente
nuestra vida. Las sombras que rodean
el éxtasis, los animales que llevan al fin del instinto
su bárbaro fulgor, el rostro divino
impreso en el lodo, la casa muerta, la montaña
inspirada, el mar, los centauros
del crepúsculo,
absorben largamente nuestra vida.

Es por eso que estamos muriendo en la boca
uno del otro. Es por eso que
nos deshacemos en el arco del verano, en el pensamiento
de la brisa, en el lino, en el pez,
en el cubo, en la sonrisa,
en el mosto abierto,
en el amor más terrible que la vida.

Beso el peldaño y el espacio. Mi deseo trae
el perfume de tu noche.
Murmuro tus cabellos y tu vientre, oh la más desnuda
y blanca de las mujeres. Corren en mí el lacre
y el alcanfor, descubro tus manos, se alza tu boca
al círculo de mi ardiente pensamiento.
¿Dónde está el mar? Aves ebrias y puras que vuelan
sobre tu sonrisa inmensa.
En cada espasmo yo moriré contigo.

Y le pido al viento: trae del espacio la luz inocente
de los brezos, un silencio, una palabra;
trae de la montaña un pájaro de resina, una luna
encarnada.
Oh amados caballos con flor de retama en los ojos nuevos,
casa de madera de la planicie,
ríos imaginados,
espadas, danzas, supersticiones, cánticos, cosas
maravillosas de la noche. Oh mi amor,
en cada espasmo yo moriré contigo.

De mi reciente corazón la vida entera sube,
el pueblo renace,
el tiempo gana el alma. Mi deseo devora
la flor del vino, envuelve tus caderas con una espuma
de crepúsculos y cráteres.
Oh pensada corola de lino, mujer que el hambre
encanta en la noche equilibrada, imponderable:
en cada espasmo yo moriré contigo.

Y a la alegría diurna despliego las manos. Se pierde
entre la nube y el arbusto el olor acre y puro
de tu entrega. Animales se inclinan
hacia dentro del sueño, se levantan rosas respirando
contra el aire. Tu voz canta
al huerto y el agua, y yo camino por las calles frías con
el lento deseo de tu cuerpo.
Besaré en ti la vida inmensa, y en cada espasmo
yo moriré contigo.


☛ Herberto Helder. O amor em visita (books.google.es)

Trad. E. Gutiérrez Miranda 2014


                    ∼

O amor em visita

Dai-me uma jovem mulher com sua harpa de sombra
e seu arbusto de sangue. Com ela
encantarei a noite.
Dai-me uma folha viva de erva, uma mulher.
Seus ombros beijarei, a pedra pequena
do sorriso de um momento.
Mulher quase incriada, mas com a gravidade
de dois seios, com o peso lúbrico e triste
da boca. Seus ombros beijarei.

Cantar? Longamente cantar.
Uma mulher com quem beber e morrer.
Quando fora se abrir o instinto da noite e uma ave
o atravessar trespassada por um grito marítimo
e o pão for invadido pelas ondas―
seu corpo arderá mansamente sob os meus olhos palpitantes.
Ele ― imagem vertiginosa e alta de um certo pensamento
de alegria e de impudor.
Seu corpo arderá para mim
sobre um lençol mordido por flores com água.


Em cada mulher existe uma morte silenciosa.
E enquanto o dorso imagina, sob nossos dedos,
os bordões da melodia,
a morte sobe pelos dedos, navega o sangue,
desfaz-se em embriaguez dentro do coração faminto.
― Ó cabra no vento e na urze, mulher nua sob
as mãos, mulher de ventre escarlate onde o sal põe o espírito,
mulher de pés no branco, transportadora
da morte e da alegria.

Dai-me uma mulher tão nova como a resina
e o cheiro da terra.
Com uma flecha em meu flanco, cantarei.

E enquanto manar de minha carne uma videira de sangue,
cantarei seu sorriso ardendo,
suas mamas de pura substância,
a curva quente dos cabelos.
Beberei sua boca, para depois cantar a morte
e a alegria da morte.

Dai-me um torso dobrado pela música, um ligeiro
pescoço de planta,
onde uma chama comece a florir o espírito.
À tona da sua face se moverão as águas,
dentro da sua face estará a pedra da noite.
― Então cantarei a exaltante alegria da morte.

Nem sempre me incendeiam o acordar das ervas e a estrela
despenhada de sua órbita viva.
― Porém, tu sempre me incendeias.
Esqueço o arbusto impregnado de silêncio diurno, a noite
imagem pungente
com seu deus esmagado e ascendido.
― Porém, não te esquecem meus corações de sal e de brandura.
Entontece meu hálito com a sombra,
tua boca penetra a minha voz como a espada
se perde no arco.
E quando gela a mãe em sua distância amarga, a lua
estiola, a paisagem regressa ao ventre, o tempo
se desfibra ― invento para ti a música, a loucura
e o mar.

Toco o peso da tua vida: a carne que fulge, o sorriso,
a inspiração.
E eu sei que cercaste os pensamentos com mesa e harpa.
Vou para ti com a beleza oculta,
o corpo iluminado pelas luzes longas.
Digo: eu sou a beleza, seu rosto e seu durar. Teus olhos
transfiguram-se, tuas mãos descobrem
a sombra da minha face. Agarro tua cabeça
áspera e luminosa, e digo: ouves, meu amor?, eu sou
aquilo que se espera para as coisas, para o tempo ―
eu sou a beleza.
Inteira, tua vida o deseja. Para mim se erguem
teus olhos de longe. Tu própria me duras em minha velada
beleza.

Então sento-me à tua mesa. Porque é de ti
que me vem o fogo.
Não há gesto ou verdade onde não dormissem
tua noite e loucura,
não há vindima ou água
em que não estivesses pousando o silêncio criador.
Digo: olha, é o mar e a ilha dos mitos
originais.
Tu dás-me a tua mesa, descerras na vastidão da terra
a carne transcendente. E em ti
principiam o mar e o mundo.

Minha memória perde em sua espuma
o sinal e a vinha.
Plantas, bichos, águas cresceram como religião
sobre a vida ― e eu nisso demorei
meu frágil instante. Porém
teu silêncio de fogo e leite repõe a força
maternal, e tudo circula entre teu sopro
e teu amor. As coisas nascem de ti
como as luas nascem dos campos fecundos,
os instantes começam da tua oferenda
como as guitarras tiram seu início da música nocturna.

Mais inocente que as árvores, mais vasta
que a pedra e a morte,
a carne cresce em seu espírito cego e abstracto,
tinge a aurora pobre,
insiste de violência a imobilidade aquática.
E os astros quebram-se em luz sobre
as casas, a cidade arrebata-se,
os bichos erguem seus olhos dementes,
arde a madeira ― para que tudo cante
pelo teu poder fechado.

Com minha face cheia de teu espanto e beleza,
eu sei quanto és o íntimo pudor
e a água inicial de outros sentidos.

Começa o tempo onde a mulher começa,
é sua carne que do minuto obscuro e morto
se devolve à luz.
Na morte referve o vinho, e a promessa tinge as pálpebras
com uma imagem.
Espero o tempo com a face espantada junto ao teu peito
de sal e de silêncio, concebo para minha serenidade
uma ideia de pedra e de brancura.
És tu que me aceitas em teu sorriso, que ouves,
que te alimentas de desejos puros.
E une-se ao vento o espírito, rarefaz-se a auréola,
a sombra canta baixo.

Começa o tempo onde a boca se desfaz na lua,
onde a beleza que transportas como um peso árduo
se quebra em glória junto ao meu flanco
martirizado e vivo.
― Para consagração da noite erguerei um violino,
beijarei tuas mãos fecundas, e à madrugada
darei minha voz confundida com a tua.
Oh teoria de instintos, dom de inocência,
taça para beber junto à perturbada intimidade
em que me acolhes.

Começa o tempo na insuportável ternura
com que te adivinho, o tempo onde
a vária dor envolve o barro e a estrela, onde
o encanto liga a ave ao trevo. E em sua medida
ingénua e cara, o que pressente o coração
engasta seu contorno de lume ao longe.
Bom será o tempo, bom será o espírito,
boa será nossa carne presa e morosa.
― Começa o tempo onde se une a vida
à nossa vida breve.

Estás profundamente na pedra e a pedra em mim, ó urna
salina, imagem fechada em sua força e pungência.
E o que se perde de ti, como espírito de música estiolado
em torno das violas, a morte que não beijo,
a erva incendiada que se derrama na íntima noite
― o que se perde de ti, minha voz o renova
num estilo de prata viva.

Quando o fruto empolga um instante a eternidade
inteira, eu estou no fruto como sol
e desfeita pedra, e tu és o silêncio, a cerrada
matriz de sumo e vivo gosto.
― E as aves morrem para nós, os luminosos cálices
das nuvens florescem, a resina tinge
a estrela, o aroma distancia o barro vermelho da manhã.
E estás em mim como a flor na ideia
e o livro no espaço triste.

Se te apreendessem minhas mãos, forma do vento
na cevada pura, de ti viriam cheias
minhas mãos sem nada. Se uma vida dormisses
em minha espuma,
que frescura indecisa ficaria no meu sorriso?
― No entanto és tu que te moverás na matéria
da minha boca, e serás uma árvore
dormindo e acordando onde existe o meu sangue.

Beijar teus olhos será morrer pela esperança.
Ver no aro de fogo de uma entrega
tua carne de vinho roçada pelo espírito de Deus
será criar-te para luz dos meus pulsos e instante
do meu perpétuo instante.
― Eu devo rasgar minha face para que a tua face
se encha de um minuto sobrenatural,
devo murmurar cada coisa do mundo
até que sejas o incêndio da minha voz.

As águas que um dia nasceram onde marcaste o peso
jovem da carne aspiram longamente
a nossa vida. As sombras que rodeiam
o êxtase, os bichos que levam ao fim do instinto
seu bárbaro fulgor, o rosto divino
impresso no lodo, a casa morta, a montanha
inspirada, o mar, os centauros
do crepúsculo
― aspiram longamente a nossa vida.

Por isso é que estamos morrendo na boca
um do outro. Por isso é que
nos desfazemos no arco do verão, no pensamento
da brisa, no sorriso, no peixe,
no cubo, no linho,
no mosto aberto
― no amor mais terrível do que a vida.

Beijo o degrau e o espaço. O meu desejo traz
o perfume da tua noite.
Murmuro os teus cabelos e o teu ventre, ó mais nua
e branca das mulheres. Correm em mim o lacre
e a cânfora, descubro tuas mãos, ergue-se tua boca
ao círculo de meu ardente pensamento.
Onde está o mar? Aves bêbedas e puras que voam
sobre o teu sorriso imenso.
Em cada espasmo eu morrerei contigo.

E peço ao vento: traz do espaço a luz inocente
das urzes, um silêncio, uma palavra;
traz da montanha um pássaro de resina, uma lua
vermelha.
Oh amados cavalos com flor de giesta nos olhos novos,
casa de madeira do planalto,
rios imaginados,
espadas, danças, superstições, cânticos, coisas
maravilhosas da noite. Ó meu amor,
em cada espasmo eu morrerei contigo.

De meu recente coração a vida inteira sobe,
o povo renasce,
o tempo ganha a alma. Meu desejo devora
a flor do vinho, envolve tuas ancas com uma espuma
de crepúsculos e crateras.
Ó pensada corola de linho, mulher que a fome
encanta pela noite equilibrada, imponderável -
em cada espasmo eu morrerei contigo.

E à alegria diurna descerro as mãos. Perde-se
entre a nuvem e o arbusto o cheiro acre e puro
da tua entrega. Bichos inclinam-se
para dentro do sono, levantam-se rosas respirando
contra o ar. Tua voz canta
o horto e a água ― e eu caminho pelas ruas frias com
o lento desejo do teu corpo.
Beijarei em ti a vida enorme, e em cada espasmo
eu morrerei contigo.


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16 de octubre de 2014

El vals watutsi



Venid y orad: Ahora,
bajo cíclicos chatos
días, en fosas graznan

hierofantes (idiotas
jodiendo kilobites),
la llamarada mítica,

nívea ñora opalina,
propicia que repunte
sin tiempo un —vaporoso

o pavoroso—
vals watutsi: xilóvago
y zurumbateante.

egm. 2014

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10 de octubre de 2014

Gerardo Diego

Lluvia o llanto

La tierra está sedienta. abierta, rota,
seca de aristas, dura de cristales.
El alma es toda vidrios y arenales.
Ni una flor, ni una brizna en ella brota.

Súbita sombra extiende, ofende, acota,
ennegrece vergeles y arrabales.
Y cae de arriba —oh nubes maternales—
grávida, ardiente, la primera gota.

Llueve, el milagro es hecho, llueve, llueve.
Bebe la flor, el labio bebe y bebe
agua de amarga sal, dulce delicia.

Mas ya se rasga el gris y el azul vuelve,
lágrima inmensa azul, azul. Disuélve-
me el corazón, oh cielo de Galicia.


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1 de octubre de 2014

Pedro Muñoz Seca

[El clavel carmesí]

―Trovador, soñador:
un favor.

―¿Es a mí?

―Sí, señor.
Al pasar por aquí
a la luz del albor
he perdido una flor.

―¿Una flor de rubí?

―Aún mejor:
un clavel carmesí.
Trovador,
¿no lo vio?

―No lo vi.

―¡Qué dolor!
No hay desdicha mayor
para mí
que la flor que perdí;
era signo de amor.
Búsquelá
y si al cabo la ve,
démelá.

―Buscaré,
mas no sé si sabré
cuál será.

―Lo sabrá,
porque al ver la color
de la flor
pensará:
¿Seré yo
el clavel carmesí
que la dama perdió?

―¿Yo, decís?

―Lo que oís.
En aqueste vergel
cual no hay dos
no hay joyel ni clavel
como vos.

―Quedad, señora, con Dios.



☛ Pedro Muñoz Seca, La venganza de don Mendo, jornada tercera (ugr.es, pdf)



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28 de septiembre de 2014

Leonard Cohen

El futuro (The Future)

Devuélveme mi noche en blanco,
mi habitación de espejos, mi vida secreta.
Esto es muy solitario; no hay nadie a quien torturar.
Dame el control absoluto
sobre toda alma viviente.
Y acuéstate a mi lado, nena; es una orden.

Dame crack y sexo anal.
Coge el único árbol que queda
y rellena el agujero en tu cultura.
Devuélveme el muro de Berlín;
dame a Stalin y a san Pablo.
Yo he visto el futuro, amigo: es un crimen.

Las cosas se derrumbarán en todas las direcciones;
no habrá nada,
nada que puedas medir nunca más.
La ventisca del mundo ha cruzado el umbral
y ha trastocado el orden del alma.
Cuando dijeron «Arrepiéntete, arrepiéntete»,
me pregunto a qué se referían.

Tú no sabes nada de mí;
nunca lo has sabido ni nunca lo sabrás.
Yo soy el pequeño judío
que escribió la Biblia;
he visto a las naciones alzarse y caer,
he oído sus historias, todas sus historias,
pero el amor es el único motor de la supervivencia.
He aquí a tu siervo; se le ha ordenado
que lo diga claro, que lo diga fríamente:
«Se acabó; ya no hay nada más.»
Y ahora las ruedas del cielo se han detenido
y sientes la fusta del diablo.
Prepárate para el futuro: es un crimen.

Será quebrado el antiguo código occidental,
tu vida privada estallará de repente;
habrá fantasmas, habrá fuegos en el camino.
Y el hombre blanco bailando.
Verás a tu mujer colgando boca abajo
con el rostro cubierto por su vestido caído.
Y llegarán todos los pésimos poetastros
tratando de sonar como Charlie Manson.
Y el hombre blanco bailando.

Devuélveme el muro de Berlín;
dame a Stalin y a san Pablo.
Dame a Cristo o dame Hiroshima.
Ahora destruye otro feto;
no nos gustan los niños, de todos modos.
Yo he visto el futuro, nena: es un crimen.



☛ Heidi Hochenedel. A reading of The Future (leonardcohenfiles.com)
☛ Leonard Cohen. The Future (youtube)
☛ Teddy Thompson. The Future (youtube)

Trad. E. Gutiérrez Miranda 2014



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25 de septiembre de 2014

Puertas cerradas



10

Me olvidé de mi lengua
y de mi nombre,
y de eso que suelen llamar raíces;
cuando llegué
tuve que olvidar el tronco y las ramas,
y las hojas también.


9

No, no volver,
ni pensar en volver;
no dar razones,
no dejar huellas
ni recuerdos en nadie.


8

Me habla el vendaval en los roquedos;
canta la lluvia en las algas del muelle.


7

Al regresar,
nuevas gaviotas seguían chillando,
aunque, ya viejo, yo
tuve que aprender de nuevo a escuchar
mi propio nombre,
mi propio viejo nombre.


6

Oculto el cigarrillo
dentro del puño;
me echo en la cuneta
al distinguir
una luz a lo lejos
o al escuchar
un motor tras la curva,
expectante, inmóvil.


5

No explicar; no despedirse de nadie
más que con un hastamañana,
como todos los días;
borrar los números
de la agenda; borrar
la misma agenda,
y cambiar de teléfono;
lograr por fin
no ser. No ser.


4

Quedan cerradas las puertas cerradas;
sigue la lluvia al vendaval.


3

Ahora he olvidado los nombres
de aquellas calles,
de las estaciones de metro
—luces y rótulos—
y de las chicas de los bares:
desmemoriando.


2

No dejar dirección;
desvanecerse
en el humear de los autobuses,
a la primera luz
de las farolas;
irse en silencio en la última fila
de la clase turista.


1

Dejo cerradas las puertas cerradas
que dan al infinito.


0

Y ser un otro
con otro nombre
—mi viejo nombre—
en este (cualquier) universo
al que pertenecí.

egm. 2014

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19 de septiembre de 2014

Rodrigo Osorio de Moscoso

Gloria menguada

La más estable conquista
de la guerra enamorada
es una gloria menguada
que se escapa sin ser vista.

Y de tal modo tropieza
su visión, que amor se nombra,
que no vemos sino sombra
cuando alzamos la cabeza.

Y aunque tiene gentil vista
y graciosa la mirada,
huyamos gloria menguada
que se escapa sin ser vista.



☛ Rodrigo Osorio de Moscoso. La más durable conquista (larramendi.es)


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