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21 de octubre de 2026

Silencio en Hercegovina (Invocación)



Nadie habla en el espacio, nadie canta.
J. E. Cirlot

Calmadas —sabios símbolos— espadas
de bardo intelectual, sacro poeta,
cifrado tras las letras con la treta
de no exponer la efigie de las hadas,

sí y no sus varios nombres en variadas
variables que varían la concreta
dicción de una emoción de estricto esteta
dolido de un nadir de nidias nadas;

privado del pasaje del invierno,
mitólogo y mitómano absoluto,
quizá, rehén del mito en barro bruto,

ya ardiendo con la reina del averno
—floridos y azulados sus dragones—
allá puras epístolas entones.





¿Nos extrañaremos, pues, de que Cirlot no exista en un país —España—
donde el Viejo Régimen poético no ha sido ni siquiera puesto en entredicho?

L. Azancot, Poesía de J. E. Cirlot 1966-1972 (1974)


Bronwyn, Permutaciones. VIII
Juan Eduardo Cirlot

Con las manos perdidas en los cielos
de fuego entre las páginas,
con relieves contemplo la blancura
cuerpo de tu celeste cenicienta
negra bajo las piedras
y las azules alas del pantano.

Estrellas en los ojos de las aguas,
corazón sobre el campo de las nubes,
mi Bronwyn en la tierra.

Por el desnudo bosque verde
el mar se descompone en las arenas
grises.

Las olas se aproximan en las hierbas.


La reina del infierno me ha mirado
Juan Eduardo Cirlot

La reina del infierno me ha mirado
con su boca que nace entre pedazos
de luz ensangrentada y envolvente.

La reina del infierno me ha tocado
con su mano de barro que se alarga
por entre las raíces de lo muerto.

La reina del infierno me permite
moverme en sus estratos aplastados
y besar sus espigas insensibles.

La reina del infierno me conduce
al campo en que las flores azuladas
crecen pero hacia abajo para siempre.

La reina del infierno me ha quemado
con sus brazos tan blancos como el odio
que siento todavía al deshacerme.


Dragón de flores rojas
Juan Eduardo Cirlot

Dragón de flores rojas,
luminosa serpiente con azules
crestas, mi corazón
lame tus rocas tersas, el espejo
donde el mar
extiende su metal incandescente.

Sonidos espantosos
me buscan por el cielo
cuando solo
destruyo mi materia espiritual
en hoz de aspiraciones.

Montaña mía, tribu
con banderas naranjas y coral
hacinado, lugar
donde la espuma forma las melenas
y las alas.

Un elevado lazo de fulgores
te quema en tu celeste consistencia.


Bronwyn, n [fragmento]
Juan Eduardo Cirlot

Nor
nor Bronwyn

Rob
rob Bronwyn

Row
row Bronwyn

Wry
wry Bronwyn


Inger, permutaciones [fragmento]
Juan Eduardo Cirlot

Inger
ingerrignir
i grein

Nigerrein ignir

Regni regin
ingir gerin

Ignir nig nigerin




☛ Francisco Ruiz Soriano: Semblanza crítica de Juan Eduardo Cirlot (cervantesvirtual.com)
☛ Juan Eduardo Cirlot (wikipedia.org)
☛ Ciclo #LdeLírica | Encuentro con Victoria Cirlot (youtube.com)
☛ Bronwyn (Simbolismo de un argumento cinematográfico) / por Juan Eduardo Cirlot (cervantesvirtual.com)
☛ Diego Moldes: Bronwyn y El señor de la guerra (zendalibros.com)
☛ Rafael Cómez Ramos: Juan Eduardo Cirlot, Historiador del arte (revistascientificas.us.es)
☛ Alexia Sinoble: La habitación imaginaria (upcommons.upc.edu)
☛ Antología poética / Juan Eduardo Cirlot (cervantesvirtual.com)
☛ J. E. Cirlot, Diccionario de símbolos. Ed. Labor 1992, pdf fotocopiado (uav.online)
☛ J. E. Cirlot, Diccionario de símbolos. Ed. Siruela, pdf incompleto (books.google.es)
egm. 2026

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9 de abril de 2016

Juan Eduardo Cirlot

Tristán

Tristan qui jamais ne rit.
Chrétien de Troyes

Un gran sollozo
bate sus alas sobre esa costa lejanísima
donde siempre son sus pupilas
un cielo gris perpétuo.

Las cabelleras suenan como rubios
laúdes enamorados del mar
y lentos paisajes temblorosos
se abren detrás de las cortinas.

El crepúsculo se llama «Alba nocturna».
Desarmado
yo voy por esa orilla que la música destruye
con mi negro vestido
y mis tres rosas de blanca ceniza.

Yo voy sin escudo y sin labios,
pasando a través de castillos transparentes,
buscando la ventana rota
que estrellas interiores iluminan.
Las dulces espumas acarician
mi paso leve, y mi sonrisa triste.

Converso con pájaros enormes
mientras crecen por mis piernas las aliagas
y florecen verdísimas violetas
en la vaina vacía de mi espada.

Algo lentamente lunar,
de armonizado y decaído tacto,
imita las mejillas, los párpados;
pero mis manos solas
se pierden en el agua.

Horizontes de pájaros se alejan,
los cambios de este cielo se consumen.

Desarmado
yo voy por esa orilla que mi llanto destruye
con mi vestido negro
y mis tres rosas de blanca ceniza.



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8 de marzo de 2014

Juan Eduardo Cirlot

67 versos en recuerdo de Dadá

El uno se arrodilla dulcemente,
el dos tiene las trenzas de papel,
el tres llena de plata los triángulos,
el cuatro no solloza,
el cinco no devora el firmamento,
el seis no dice nada a las serpientes,
el siete se recoge en las miradas,
el ocho tiene casas y ciudades,
el nueve canta a veces con voz triste,
el diez abre sus ojos en el mar,
el once sabe música,
el doce alienta lámparas,
el trece vive sólo en los desvanes,
el catorce suplica,
el quince llama y grita,
el dieciséis escucha,
el diecisiete busca,
el dieciocho quema,
el diecinueve sube,
el veinte vuela ardiendo por el aire,
el veintiuno cae,
el veintidós espera,
el veintitrés adora los vestidos,
el veinticuatro sabe matemáticas,
el veinticinco magia,
el veintiséis amor,
el veintisiete guerra,
el veintiocho estrellas,
el veintinueve luna,
el treinta tiene garras de cerezo,
el treinta y uno flota,
el treinta y dos destruye los anillos,
el treinta y tres anula los espacios,
el treinta y cuatro ruge,
el treinta y cinco vive lejos,
el treinta y seis conoce la amargura,
el treinta y siete fulge,
el treinta y ocho baja,
el treinta y nueve quiebra torres,
el cuarenta se expresa,
pero el cuarenta y uno tiene páginas,
donde el cuarenta y dos halla su espejo,
donde el cuarenta y tres se desmenuza,
en el cuarenta y cuatro anidan tigres,
en el cuarenta y cinco monumentos,
en el cuarenta y seis hay una espiga,
en el cuarenta y siete distracciones,
detrás vienen cuarenta y ocho pensamientos,
cuarenta y nueve signos,
cincuenta cruces,
cincuenta y una lágrimas,
cincuenta y dos mujeres,
cincuenta y tres desiertos,
cincuenta y cuatro pianos,
para cincuenta y cinco partituras,
para cincuenta y seis sonidos,
cincuenta y siete soles,
cincuenta y ocho perlas,
cincuenta y nueve bocas,
sesenta muertes,
sesenta y una llagas,
sesenta y dos pirámides,
sesenta y tres adioses,
sesenta y cuatro diccionarios,
sesenta y cinco sentimientos,
sesenta y seis recuerdos,
sesenta y siete flores.


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10 de abril de 2013

Juan Eduardo Cirlot

Bronwyn, w, I y II

Bronwyn, w, I

Mi Bronwyn de sonidos y de páginas
astrales como pájaros de llamas,
mi Bronwyn de fulgor de sacramento
erguida entre montañas invisibles.

Mi Bronwyn de inaudito sufrimiento
en éxtasis azules convertido,
mi Bronwyn infinita renaciendo
en la ceniza suave de las aguas.

Mi Bronwyn y mi Bronwyn de silencio,
hecha de claridad y de exterminio,
sol de las destrucciones de los tiempos.
Mi Bronwyn semejante sólo a Bronwyn.


Bronwyn, w, II

Cayendo entre los rostros de tu rostro,
perdiéndome en un tiempo que no es tiempo,
hablando para hacer del pensamiento
un incierto paisaje, así persisto.

Bronwyn conmovedora, no te alejes,
ni dejes tus imágenes en hueco,
inmersas en la bruma sin sentido
de una imaginación sólo de bosques.

Ven a la oscuridad de los momentos
en que un cielo enterrado ya no tiene
ni luz inmaterial para evocarte,
erguida en tu desnudo y en tu nombre.

No quieras perecer ni en el recuerdo
que busca entre los restos y las grises
hierbas de los ocasos más constantes.
No me abandones nunca, blanca Bronwyn.



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9 de abril de 2013

Juan Eduardo Cirlot

El ocaso de un señor de la guerra. Bronwyn

Solo novecientos años nos separan del momento en que Guillermo el Conquistador, el normando, se adueñó de Inglaterra y dio comienzo así a la historia actual de este pueblo. El siglo XI es fácil de reconstruir, arqueológicamente, pues, aparte de muchos hallazgos de armas y armaduras (yelmos, escudos triangulares oblongos y cotas de malla, jamás placas defensivas adosadas al cuerpo), existe el famoso tapiz de Bayeux, al punto de que, en un libro sobre este tejido artístico, Erie MacLagan puede afirmar: “The Tapestry is our best authority for the arms and armour of period.” Si el siglo XI pudo ser ignorado en muchas películas, teniendo este verdadero “film” de la época con cientos de figuras, no lo ha sido en “El señor de la guerra”, donde la fidelidad es casi absoluta, igual en la ambientación y arquitectura que en esos elementos de vestuario. Dirigida por Franklin Schaffner, el técnico en esas materias ha sido Vittorio Niño Novarese.

Novecientos años… solo resonaban entonces melodías gregorianas y cantos populares. (Estoy oyendo en estos momentos “Die glückliche Hand”, de Schoenberg, verdadero paraíso-infierno de la discordancia más feroz y armoniosa, ultracivilizada y, a la vez, como anhelante de retroactividad.) ¿Por qué la arqueología? “El progreso es el castigo de Dios”, dijo William Blake. ¿No estamos perdiendo mucho? Es inútil proseguir, ni es posible retroceder, aunque el anhelo regresivo tenga sus raíces más hondas en el interior de nuestro interior. Y un día esparza sus luces terribles. Bronwyn. En “El señor de la guerra” se asiste a un ocaso (“Also begann Zarathustra’s Untergang”, decía Nietzsche). Un hombre que ha guerreado veinte años, un normando, señor feudal dependiente del duque de Brabante, llega a unas tierras extrañas que los piratas frisios atacan periódicamente. Tiene una gran torre para proteger a sus vasallos célticos que entregan la novia al señor en la noche de bodas. (Cuando llega al lugar, él se horroriza; y a la vez “teme” el lugar. Y no se equivoca. Parece como si ese hombre de guerra, vestido de hierro, hubiera leído “El origen musical de los animales-símbolos”, de Marius Schneider —1946—, donde se explica el pantano como “lugar” específico de la descomposición anímica del que luego solo se puede salir por el “muro del sufrimiento”.) Entonces ve a Rosemary Forsyth, la protagonista —la ve, desnuda, salir de un lago y va a casarse—. Es Bronwyn. La exige, la tiene y la retiene. Le da el anillo de su padre a una sierva, a una porquera. Y ha de matar a su hermano que se opone. Se le subleva el pueblo. Muere el héroe finalmente tras perder a la que tanto le costó.

Bronwyn, ¿valía la pena? Pierde por ella el favor de su señor, su honor, sus armas, el sentido de su vida y, por fortuna, también su vida. Valía la pena, porque él estaba ya en el momento de su ocaso. Estaba “maduro para la muerte” (de nuevo Nietzsche). Bronwyn, ¡qué belleza dorada!, extraña, hecha de altanería meramente humana no social, hecha de erotismo (un rostro, unos ojos, una boca… como él dice. —En un poema escandinavo de ese mismo tiempo se habla de una doncella cuyos brazos “dan luz al aire y al mar”— así es Bronwyn).

Es sabido el incremento del poder femenino en el mundo. Como instrumento erótico; también como ser pensante que se opone al hombre, sabe substituirlo y es capaz de destruirlo si es preciso. (Se han escrito muchos libros sobre el nazismo, en ninguno se explica el papel de la mujer alemana, de la mujer nórdica en el proceso.) Antes, el hombre tenía la guerra para escapar a la mujer. ¿Qué tiene ahora: el trabajo organizado en productividad, es decir, en técnica mecanizada de la alienación mental? Decía antes que estaba oyendo “Die glückliche Hand” (La mano feliz), de Schoenberg. En el libro de H. H. Stckenschmidt sobre este músico, se dice que “un elemento erótico domina igualmente esta obra: la “mujer” apasionadamente amada por el “hombre” está unida a un tercero, el “señor”. (No se trata aquí de un “señor de la guerra”, sino de un “señor de la paz”: talonario, coches, pisos…) Se comprende, es decir, comprendo el infierno coral de “Die glückliche”. Y entiendo que el problema de “El señor de la guerra”, transposición en cine del título de la novela en que se basa, “The Lovers”, más exacto, más verdadero (de Leslie Stevens), es contemporáneo, actual, mejor que del siglo XI. Bronwyn es ahora la dueña del campo. No es una aparición salvadora ni la “mensajera del más allá”, como era aún en el siglo XIX y en Wagner. Acaso me equivoque, después de todo el hombre del año 1000 era solo un “hombre”, como el de “Die glückliche”, incluso aunque, a la vez, fuera el “señor” (con torre, mallas, lanzas, hombres de armas, halcones, fuegos y una gran herencia imaginaria y real de honor y de vigor caballerescos). Posiblemente ese hombre era tan débil ante Bronwyn como lo somos nosotros. Un trovador escondido bajo el traje de hierro, un “soldado Woyzeck”, de Büchner, bajo el aspecto de un terrible impositor de fuerza.

Pues Bronwyn es Eva rediviva. Y el fruto que ofrece no se puede rechazar precisamente porque lleva en línea recta al ocaso, a la expulsión del propio paraíso, aunque sea éste un paraíso pobre, de torre normanda entre tierras pantanosas, con súbditos como animales acobardados que esperan la fecundidad de sus mujeres del acto mágico —y ¡tan breve!— de la noche de la cesión. Bronwyn es Isis, la de los mil aspectos, cuyo carácter proteico le permitió infiltrarse en el Imperio romano, más celoso de sus dioses de lo que dice la historia al uso, y que permitió a la egipcia asimilarse a la Magna Mater, a Juno, Venus, Diana y a todos los aspectos femeninos del Cielo. Bronwyn es “la Sol”, mientras el hombre es “el luna” (“Die Sonne, Der Mond”), esa inversión de poderes que nos viene, con doble sentido, no sé si de Brabante, pero sí —más allá de Alemania— de Suecia y de Estados Unidos, aunque no necesita lanza (ni pistola ametralladora) la “mensajera” para hacer que el “señor” se humille, mate, ceda y cambie su primogenitura por un plato, no de lentejas, pero sí de flores vivas. ¿Quién es Rosemary Forsyth? No la hemos visto nunca, fuera de ese pantano de Brabante, vestida con un burdo lienzo blanco sucio, pero taladrando el horizonte con una llamarada terrible, la del Signo.



Juan Eduardo Cirlot. Artículo publicado en La Vanguardia Española, página 19, el sábado, 18 de febrero de 1967


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