3 de septiembre de 2013

Fermín Bouza Brey

Ante el mar de Cambados

El cestillo de densos luminares
que en la tarde callada se derrama,
todo luz, todo oro, todo llama,
envidia de crepúsculos y mares,

es preludio de los brillos lunares
con que la playa oscura se recama,
mientras la ola en pasión ama y desama,
envuelta en las neblinas tutelares…

Ría de Arosa, grávida en colores,
la sirena de atlánticos amores,
que acariciaste mi infancia sencilla,

¡hazme un rincón en tu algoso regazo,
un sepulcro donde duerma a tu abrazo
en la más hosca peña de tu orilla!



☛ Fermín Bouza Brey. Diante do mar de Cambados (bvg.udc.es)

Trad. E. Gutiérrez Miranda 2013


                    ∼

Diante do mar de Cambados

O canistrel de méstos lumiares
que na serã calada se derrama,
todo luz, todo ouro, todo flama,
enveja de sol-pores e de mares,

prelúdio é dos pálidos luares
com que na noite a praia se recama,
em tanto a onda em paxião ama e desama,
envolveita nas névoas tutelares...

Ria de Arousa, grávida de côres,
serêa dos atlânticos amores
que acarinhache a minha infância ingela,

fai-me un recanto no argacento colo,
um sártego onde durma ao teu arrolo
no mais esquivo côm da tua orela!


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30 de agosto de 2013

Fermín Bouza Brey

Nao señera

¡Quién fuera nao señera
de aquel mar no presentido
en las sumergidas tierras!

Sin cielo ni astros, sin viento,
siempre al azar de las olas
tendido al arrobamiento;

sin andar ni desandar,
sin otro cuidado amargo
que dejarse ir por el mar…

¡Quién fuera nao señera!
Sin hito —estrella ni puerto—
¡ser yo la propia ribera!

¡Quién fuera…!



☛ Fermín Bouza Brey. Nao senlleira (blogoteca.com)

Trad. E. Gutiérrez Miranda 2013


                    ∼

Nao senlleira

¡Quen dera ser nao senlleira
n-aquel mar non presentido
das ja mergulladas terras!

Sen ceo, sen astros, sen vento,
sempre á toa pol-as ondas
deitado no esquecimento,

nin andar nin desandar,
nin ter outro coido acedo
que leijarse ir pol-o mar...

¡Quen dera ser nao senlleira!
Sen fito —estrela nin porto—
ser eu a propia ribeira!!

¡Quen dera...!


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26 de agosto de 2013

Algún alguien



Nadie intentará salvarte,
todas las cosas que debo saber,
alguien que se parece a mí,
todas las noches voy,
todos los casos que hay que entender,

alguien como una imagen
en un espejo empañado,
un extraño en un asteroide expatrio,
tan aturdido en la orilla del río,
no tautees mi nombre,

no recéis en la oscuridad,
o una caricatura, o un dibujo
de una artista callejera,
pagazas, fumareles y charranes
van chillando hacia el final del mar,

bastante parecido
aunque ligeramente deformado,
todas las noches vengo,
vuelvo a mentirme un poco más,
una gota de semen sobre

el brazo izquierdo de esta otra galaxia,
algún alguien con mis gestos
o un remedo de ellos,
todo lo dijo la bruja en la cueva
y escuchó la zorra en su madriguera,

alguien que imita mi acento
como un humorista televisivo,
no demasiado bien pero con éxito,
risas, ¡ja, ja, ja!
carcajadas del público

que asiste en directo al show,
¿qué hora es
en el brazo izquierdo de mi galaxia?
son días estos muy extraños
en la fría cosmología,

y en los evos, raras horas,
alguien que usa ropa como la mía,
vaqueros y cazadoras,
pero no de las mismas marcas,
cuando era crío ya solías

jugar con hielo turbio en la mirada
y cambiar de amigos como de novias
después, puertecillas, puertas,
continentes en colisión,
al fúlgido crepúsculo del río

puertas que nunca nadie cruzará,
alguien que pretende saber
lo mismo que yo supiere
pero que no sabe ni apenas briznas,
e non si, Perceval?

mal le pesara saber,
vago río que no navegarás,
todas las noches creen
que ya jamás volverá a amanecer,
¿quién tú eres?

valor para enfrentarse en las tinieblas
a la fatal fascinación
de la más abyecta abominación,
mecago en la sombra de mis cojones,
alguien que dice lo contrario

de lo que él cree que está diciendo
pero que piensa aquello
que se supone que debe pensar,
atordado durante tanto tiempo
que no puede ser cierto, chica,

¿qué hora es?
eso depende de donde tú estés
y de lo que tengas entre los pies,
más risas en directo, ja, ja, ja,
todas las cosas que deba olvidar

perdido en la cerrazón del eclipse
de mis cojones, chica,
y nadie me salvará,
Enrique, te has pasado una vez más,
un alguien que sí que parece

que quizá se parezca a mí
sin ser en realidad
más que una caricatura en la acera
cuando está empezando a llover,
un trozo de cartón mojado

donde el desierto se convierte en mar,
sobre la cúspide de la marea
con que sueñan las hadas afeitadas,
y aun parece que recrece
la masa del universo irreal,

alguien que ya ha tomado mi lugar,
no con mi consentimiento
pero sí con mi distante aquiescencia,
solo por la pura pereza
de no decirle: oiga, ya le vale,

mas nadie te salvará,
thou, Perceval,
y Úther sobre el aliento del dragón
―¡corre, jinete, cabalga!―
busca la gruta del cañaveral,

tanto tiempo confuso y aturdido,
chica, en esas noches vemos
diez fusiles apuntando al vacío,
alguien que con su mala imitación,
¿crees que aún puedo amenizar?

risotadas, ja, ja, ja,
ha convencido a unos cuantos
torpes y desorientados
de que él es lo que no es él,
cómeme, bébete, escúpeme,

algo que empieza con una erección,
en el bosque del crepúsculo gris
solo mi subrazón subsiste,
y está ya convenciéndose a sí mismo,
igualmente torpe y desorientado,

más risas en el plató, ja, ja, ja,
Enrique, eres genial,
de que es quien realmente no es,
todos los casos que yo sé ignorar,
el tiempo y su gravedad,

lo que cantaba la bruja en la cueva
y habló el reptil en su cubil,
mengua la luna antes de medrar,
muévelo para mí, cielo,
muérdeme, cómeteme, trágame,

nada es tan violento como el amor,
camelia obriza, ñipe opalescente,
nadie ha visto, nadie oirá
al viejo perro traidor,
mueve ficha, miente y monta a la bicha,

azul la vela en los ojos del hada
aliabierta y trasquilada,
jugando al más perverso juego
que hemos podido llegar a jugar,
fatal fascinación en la abyección,

mais oui, Perceval,
la seirena del arrecife
susurra su suave canto a la sal
mientras la bruja en la espelunca
enuncia el conjuro abisal,

alguien que camina absorto
y abyecto por los resquicios del tiempo,
llaves equivocadas,
puertas que en ningún cosmos se abrirán,
río de oscuridad, quién eres,

ente exiliado de otro universo
cautivo en la densidad mineral,
por el sur la luz ya vuelve a virar
y con lúgubre resplandor
sella un misterio sin revelación,

―¡corre, jinete, sin descabalgar!―
conque nadie podrá salvarte
cuando el mundo comience a arder
y tus huesos a crepitar,
mon Perceval
…

egm. 2013

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23 de agosto de 2013

Tomas Tranströmer

Después de una muerte

Hubo una vez un choque
que dejó tras de sí una larga cola de cometa, pálida y brillante.
En ella vivimos. Vuelve borrosas las imágenes de televisión.
Se acumula en heladas gotas sobre los cables aéreos.

Todavía se puede esquiar despacio bajo el sol de invierno
por entre las arboledas a las que aún se aferran las hojas del pasado año.
Son como páginas arrancadas de una vieja guía telefónica,
los nombres de los abonados engullidos por el frío.

Es agradable aún sentir el propio corazón latiendo.
Pero a menudo la sombra parece más real que el cuerpo.
Un insignificante samurái
junto a su armadura de negras escamas de dragón.



☛ Tomas Tranströmer. Efter någons död (blogs.elespectador.com)

Versión de E. Gutiérrez Miranda a partir de la traducción de Ricardo Bada

                    ∼

Efter någons död

Es war einmal ein Schock
der einen langen, bleichschimmernden Kometenschweif hinterließ.
Wir wohnen in ihm. Die Fernsehbilder verschwimmen in ihm, und
er setzt sich als Eistropfen an der Überlandleitung ab.

In der Wintersonne kann man unaufhörlich auf Skiern gleiten,
zwischen Sträuchern, an denen das Laub von Vorjahr hängt.
Blättern ähnlich aus alten Telefonbüchern –
die Namen der Teilnehmer von der Kälte verschluckt.

Es ist noch immer schön, mein klopfendes Herz zu hören.
Aber manchmal ist der Schatten wirklicher als der Körper.
Der Samurai sieht unbedeutend aus
Neben seiner Rüstung aus schwarzen Drachenschuppen.


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22 de agosto de 2013

Álvaro Cunqueiro

En la más ardua cumbre

En la más ardua cumbre, donde hadas y destinos
liberan sus anhelos en la noche al holgar,
tengo un hato de brezos que guardan veinte pinos,
vigías solitarios hacia la luz lunar.

Y allí, al lado, ceñida de aurifloridos tojos,
muy cerca de una fuente, besada de espadaña,
—¡Santa consagración de mis vagos antojos!—
tengo una ermita blanca tendida en la montaña.

Y ya son mis amigas las aves de rapiña
y tengo por amada un águila muy niña
que en un vuelo los rayos del sol sabe cortar.

Se me unen las urracas, comadres de la cumbre,
y cuando cae la nieve yo enciendo una gran lumbre
y estamos de tertulia en torno de mi lar…



☛ Álvaro Cunqueiro. No máis esvío cume (books.google.es)

Trad. E. Gutiérrez Miranda 2013


                    ∼

No máis esvío cume

No máis esvío cume, onde as fadas dos sinos
ceiban os seus anceios nas tebras a vagar,
teño un rabaño de urces, que gardan vinte pinos,
vixías isolados cara á luz do luar.

E alí, ao carón, cinguida de aurifloridos toxos,
pretiño dunha fonte, bicada da espadaña,
—Santa consagración dos meus vagos antoxos!—
teño unha ermida branca no colo da montaña.

Xa fixen amizade coas aves de rapiña,
e teño, por amada, unha aguia pequeniña
que nun voo a raiola do sol sabe cortar.

Véñenme as pegas, as comadres do cume;
e cando cae a neve eu acendo un gran lume,
e facemos fiada ao redor do meu lar…


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16 de agosto de 2013

Ezra Pound

Alba

Mientras el ruiseñor a su pareja
trinando día y noche la corteja,
mi amada y yo, sin queja,
aquí nos ocultamos
entre flores y ramos,
cuando al guardián de la torre escuchamos
que grita:

«¡Arriba, bribón! ¡Rebulle!
¡Pues veo en verdad
que la claridad
llega y la oscuridad
se escabulle!»



☛ Ezra Pound. Alba (poemhunter.com)

Trad. E. Gutiérrez Miranda 2013


                    ∼

Alba

When the nightingale to his mate
Sings day-long and night late
My love and I keep state
In bower,
In flower,
''Till the watchman on the tower
Cry:
'Up! Thou rascal, Rise,
I see the white
Light
And the night
Flies:


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14 de agosto de 2013

Calímaco

A los lenguaraces

Marchad en mala hora
funestos hijos de la envidia
y juzgad mi destreza
por mi arte y no por rancias medidas;
no esperéis de mí que produzca
el gran poema retumbante
pues no es mío el trueno sino de Zeus.

Ya cuando por vez primera
apoyé sobre mis rodillas
la cérea tablilla de escribir
dijo Apolo, mi Apolo Licio:
«Es preciso, oh poeta, que me traigas
el incienso bien compacto
pero la musa, amigo, muy ligera;
te ordeno asimismo que evites
los senderos trillados por los carros
y no dirijas nunca tus pasos
tras las vulgares huellas de los otros
ni por caminos prolijos
sino busca con vigoroso empeño
siempre tu propio sendero,
aunque sea el más áspero y difícil».

Le obedecí, pues yo canto
para aquellos que disfrutan del son
melodioso de las aves
y nunca del roznido de los asnos.
Que otros rebuznen cual las bestias
de alargadas orejas
mas sea yo el etéreo, el ser alado.



Calímaco. A los lenguaraces
Versión de E. Gutiérrez Miranda basada en la traducción de M. E. Del Río y M. T. Forero, con el título de «Respuesta a los Telquinos», en Calímaco, Himnos, Ed. Aguilar, Madrid 1972.



☛ PyoZ ☚

4 de agosto de 2013

Sujata Bhatt

Shérdi (Caña de azúcar)

De esta forma aprendí
a comer la caña de azúcar en Sanosra:
Utilizo los dientes
para desgarrar el duro chaal exterior,
luego muerdo en tiras
el fibroso corazón blanco y
chupo fuerte con los dientes, apretando hacia abajo
y el jugo se derrama.

En las mañanas de enero
el granjero corta la verde y tierna caña de azúcar
y la trae a nuestra puerta.
Por la tarde, mientras los mayores duermen,
nos escabullimos con los suaves y largos tallos.
El sol nos calienta, los perros bostezan,
nuestros dientes crecen fuertes,
nuestras mandíbulas se adormecen
de horas chupando el russ, el jugo
                                          pegajoso por toda la mano.

Así que esta noche
cuando me dices que utilice los dientes
para chupar más fuerte, más fuerte,
entonces, huelo la hierba de caña de azúcar
                                     en tu pelo
e imagino que te gustaría ser
sherdi       sherdi       afuera en los campos
          los tallos se balancean
                      abriendo un camino ante nosotros.



☛ Sujata Bhatt. Shérdi (Sugar cane) (books.google.es)

Trad. E. Gutiérrez Miranda 2013


                    ∼

Shérdi (Sugar cane)

The way I learned Sujata Bhatt
to eat sugar cane in Sanosra:
I use my teeth
to tear the outer hard chaal
then, bite off strips
of the white fibrous heart ―
suck hard with my teeth, press down
and the juice spills out.

January mornings
the farmer cuts tender green sugar-cane
and brings it to our door.
Afternoons, when the elders are asleep
we sneak outside carrying the long smooth stalks.
The sun warms us, the dogs yawn,
our teeth grow strong
our jaws are numb ;
for hours we suck out the russ, the juice
sticky all over our hand.

So tonight
when you tell me to use my teeth
to suck harder, harder,
then, i smell sugar cane grass
in your hair
and imagine you'd like to be
sherdi sherdi out in the fields
the stalks sway
opening a path before us.


☛ PyoZ ☚

26 de julio de 2013

Álvaro Cunqueiro

Añoranzas de mi blanca señora

¿Me escuchas así, mi señora amada,
cuando del pecho mío el trovo arde,
o detrás de ti la sombra de mi sueño
locamente a la tuya abraza y besa?

¡Oh, dulce el peso de tu cuerpo en mi imaginación echado!
En este río de mi vagar sin fin
¿qué incendiado navío no navega en la noche?

—¿Por qué este corazón tanta flor mustia,
por qué no es mortal de tanto fuego la ceniza,
por qué aún soy yo de tanta palabra boca?

Mi blanca señora, cuerpo delgado:
este bosque es del tiempo de la más reciente luna,
y ese malvís que tanto aire enflauta
cada día que amanece renace y silba.
Amante, en mi vaso aún canta la sed.

¡Esa luna nevada, amor, que de tu cuerpo
crece con la noche sobre las cumbres de mis ojos!
Deja que rosee, al arrimo de los cerezos,
en las islas de tus ojos el alba rumorosa.
Adormécete a mi lado, en tanto quiebra el día
bajo un techo de alondras, tímidas cantoras.

—¡Ese sueño que por dentro se escurre
y poco a poco asoma a mi rostro!
¿Hace falta, quizá, un caballo rojo
o un ala mortal y fría para saltar fuera de esta lengua de fuego?



☛ Álvaro Cunqueiro. Soedades da miña branca señor (books.google.es)

Trad. E. Gutiérrez Miranda 2013


                    ∼

Soedades da miña branca señor

Escóitasme así, miña señor amada, cando do peito o meu trobo arde,
ou atrás de ti a sombra do meu soño
loucamente á túa abreixa e bica?

Ouh doce o peso do teu corpo no meu maxín deitado!
Neste río do meu vagar sin fin,
qué incendiado navío non navegas na noite?

―Por que este corazón tanta frol murcha,
por que non é mortal de tanto lume a cinza,
por que inda son eu de tanta verba a boca?

Miña branca señor, corpo delgado:
este bosque é do tempo da máis recente lúa,
i ese malvís que tanto áer enfrauta
cada día que amence renasce e asubía.
Amante, no meu vaso aínda canta a sede.

Esa lúa nevada, amor, que do teu corpo
medra coa noite sober dos cumes dos meus ollos!
Deixa que rose, ao arrimo das cerdeiras,
nas illas dos teus ollos a i-alba rumorosa
Adormece ao meu carón, namentras quebra o día
baixo un teito de alaudas, tímidas cantadoras.

―Ese sono que por dedentro escorre
e pouco a pouco amósase ao meu rostro!
Fai falla, quezais, un cabalo roxo
ou unha aza mortal e fría pra brincar fora desta lingua de lume?


☛ PyoZ ☚

18 de julio de 2013

Álvaro Cunqueiro

Doce poemas apócrifos

1. Cuando fallece un hombre

Cuando fallece un hombre, muere una ciudad.
Se va él, pero no solo.
Se lleva sueños, palabras, deseos que fueron, besos,
tristezas, amistades, grandes carcajadas. Todo esto
en el hatillo que le fue entregado.
Pero también se lleva de los otros:
el aroma de aquel rincón, aquella hora
de sol de invierno en la plaza, la fuente
bajo los plátanos, el olor a miel de la confitería, unos
¡buenos días, señora Pepa!, y ella sonriendo, gorda;
la discusión en el Comité: ¡yo estoy por la
mejora del ganado negro! No sabía por qué.
Él amaba un cierto paisaje, una cierta
forma de las estrellas, y la hierba, y el canto del gallo,
una cierta voz en los hombres, y un color en las vacas.
Y la ciudad —el mundo— decía: Mijail me está viendo también.
Y seguía, seguían las horas, las estaciones, los siglos.
El mundo, porque alguien lo miraba, seguía yendo.
Pero un día cualquiera cien Mijail mueren
y el mundo se acaba, perdido, solo, sin que nadie lo mire
amorosamente, como es debido.

Firmado como de Decio Arveanu, rumano. Publicado el 9 de agosto de 1964.


2. Erikson se vuelve para escuchar a su juventud

Y cuando se dio cuenta, se quitó la gorra
para llenarla con las flores del prado.
—Pero las flores están solamente
en un sueño, mecidas por una brisa tibia,
que también era sueño, sueño, sueño—.
Había tenido los años como trigo dorado
en las manos, en el corazón, en las palabras.
—En los ojos también, sí, con los que medía
el talle de la muchacha y la carrera de las estrellas—.
Pero no lo supo entonces.
Ahora que por vez postrera sueña
que escucha al cuco en el ciprés,
con la gorra parda en la mano y los huesos
solamente calentados por los recuerdos
—¡oh hondo pozo negro, vida agotada,
perros sueltos del corazón, violín sin cuerdas!—,
se vuelve: la perdida juventud debe estar cantando
más allá de las colinas, del mar, de las colinas,
del mar. Aún cantando.

Firmado como de Sigurd Hallkness con el añadido «Da Paixón de Erikson» ('De la Pasión de Erikson'). Publicado en 1966.


3. Yo quisiera tener las voces

Yo quisiera tener todas las voces,
las que sirven para decir amor.
La voz de la madre que desde la ventana
¡adiós! dice al hijo que se va al mar.
—Y la voz de la madre, que desde la puerta,
¡bienvenido seas! dice al hijo que viene del mar—.
Y también al hombre, o al amante.
Para decir amor tiene que haber voces como de bosque
o de río en cascada, y aun otras
suaves como una piel suave.
La voz de Francisco para decir amor a toda cosa
y voces de amor carnal, casi suspiros.
Y al final, cuando tuviera todas las voces
—¡adiós, enamorada mía, que vas a mondar
arroz a las lagunas; adiós, dama de Duino
que lloras lágrimas de oro y encaje de Venecia!—,
al final, digo, ser dueño de esa voz secreta
que solamente un oído escuche,
que viene como viene la noche,
sin saber de dónde,
poniéndose su blusa de estrellas.

Firmado como de Enzo Carletti da Murona, italiano. Publicado el 10 de julio de 1966.


4. El vagabundo

Metí todos mis días en un hatillo remendado
y me eché a andar.
Yo mismo hacía los caminos que me llevaban
lejos, mas allá de los bosques,
por la orilla del mar, por el mar mismo.
Y en el hatillo, al lado de los días míos
—infancia, juventud, madurez, vejez—,
iba metiendo el pan de las limosnas.
Alguna vez el pan estaba aún caliente y al tocarlo
resucitaba un día mío en el que, muy joven,
vi a una mujer hermosa que cogía flores en el jardín.
En el sur me agasajaban con vasos de vino.
Pero ya es tiempo de volver. Me canso, y ya no sé soñar.
Como una colmena hendida por un rayo
ya no enjambran las abejas en verano
dentro de mí. Sueños no hay, ni inquietudes.
En la vieja casa haré lumbre y le contaré a las llamas
de qué modo muere un vagabundo.

Firmado como de Eliano Ardeanu, rumano. Publicado el 23 de noviembre de 1969.


5. Ya fue la tierra

Ya fue la tierra, ya no es.
O mejor dicho, se fue la tierra,
quizá por el aire, quizá por el mar.
—Nube e isla deberían tener
la misma definición en las geografías—.

Ya fue la tierra. Desde donde vivo prisionero
no puedo dar testimonio de que haya
árboles, pastizales, ríos, montes,
el desierto de Arabia, y aquella planicie
cenagosa, donde en una colina estaba el pueblo en que nací,
y desde donde veía como el Adigio iba hacia el mar.

Cemento y cemento, hierro y hierro. Solo.
Pero, cuando vuela una golondrina y yo sé que es abril,
o cuando llueve, o cuando nieva,
¿podría yo decir que no hay tierra, que ya fue,
que es cosa de historia, desde el tragaluz
de la celda de cemento en la que vivo?

Firmado como de Carlo da Marjolana, italiano, con el añadido «De De cando vivía soio, 1958, na cadea de Rusia», ('De De cuando vivía solo, 1958, en la prisión de Rusia'). Publicado el 15 febrero de 1970.


6. Aún no sé para qué…

Debe haber por ahí gente
a la que le sobre un poco de tiempo de su vida,
y podría dármelo a mí, que agoto el mío
echado en mi asiento, al lado de la arena caliente
y del esqueleto del ciervo que creía
que al norte había fuentes de agua fresca.
Mis ojos ya no saben distinguir un árbol en otoño
de una mujer que se yergue del suelo
después de haber parido un niño rubio
y lo levanta sobre su cabeza.
No diferencio las lenguas ni los vientos
y he olvidado ya el regazo de mi madre
y a Katty, a la que besé en una oreja y lloró.
Muriendo, pido una limosna de tiempo
aunque no sé para qué…

Firmado como de Erik Triggvason, sueco, con el añadido «De Vidas e mais vidas», ('De Vidas y más vidas'). Publicado el 21 de junio de 1970.


7. El tiempo de los pobres

Los pobres tienen mucho más tiempo que los ricos
—y también más frío, más hambre, más soledad,
más lluvia, más sol, más luna, más viento—.
Se conocen entre ellos, y tienen una lengua propia
hecha de miedo y de rabia, humildosa en la corteza
y por dentro llena de dientes afilados.
Entre los pobres de mi isla aprendí
que cuando muere un niño la gente olvida el habla,
y solo al día siguiente vuelve aprender a hablar,
primero los otros niños, después la madre, después los perros.

Firmado como de Argret Svaden, danés, con el añadido «De As outras vidas», ('De Las otras vidas'). Publicado el 12 de julio 1970.


8. La nao de Sigvar Sigvarson

¡Vamos, halcón de la ribera, del mar mayor!
Pinté una serpiente de oro en mi vela
y en mi pecho me tatuaron el nombre de mi perro,
Sok, mi perro pastor, el que guarda mi rebaño.
Quiero, cuando yo vaya por el gran mar
y no vea tierra al este,
que mis guerreros lean en mi pecho
el nombre de mi perro; yo tumbado en un lecho de cueros,
echando una siesta, pero oyendo decir ¡Sok!
y soñando con los pastizales de Bjora, donde mi perro
reúne el rebaño al anochecer y ladra contando
las pardas ovejas al entrar en el redil
mientras mansamente cae la nieve.
Y mi nave navegando por riberas
de sol, limoneros, viñas y olivares.

Firmado como de Argret Svaden, igual que el anterior y publicado en la misma fecha.


9. Tantos caminos busqué

No para volver a mi casa
sino a aquella ciudad mencionada en el viejo libro,
acostada en la llanura polvorienta, entorno a una torre,
muchos caminos busqué, entré y salí por laberintos
y en la boca de la cueva saludé a la Polar.
En ligeros veleros pasé el mar con ella.
Y siempre yo, libre y virgen, entre las muchachas desnudas
bajo los puentes de ríos sin nombre,
o a las puertas de un burdel, con mi gorro rojo,
por curiosidad de ver mujeres tan usadas.
Yo soñaba aquella ciudad del viejo libro
en días de vendimia, cuando entran en ella
los burros negros con canastos llenos de racimos.
Ya solo con pasar dos hojas más del libro
yo me encontraba en la bodega catando vino tinto.
Un solemne calor me henchía y yo llegaba
a ser un rey allá abajo,
galopando a la sombra de los abedules.
Pero, verdaderamente, soñaba con aquella ciudad
porque no existía,
y yo vivía en una isla llamada Tulé,
de oficio remendador de redes, veinte años, cojo y soltero.
El libro había llegado a Tulé por el mar, en una botella.
Cosas que les suceden a los soñadores.

Firmado como de Frank Sigmundson, sueco, con el añadido «Do libro O soñador en Tulé», ('Del libro El soñador en Tulé'). Publicado el 18 de julio 1970.


10. Aquellos otros ríos

Nacido en una isla pequeña, peñascosa;
yo nunca había visto un río, pero soñé un centenar.
En el mapa de la escuela eran venas azules.
Y cuando por primera vez un río,
corriendo el agua oscura por entre sauces, vi,
y pasar bajo un puente de ocho arcos, lloré,
mientras lo llamaba por su nombre,
dulce como un nombre de mujer.
Y del río surgió aquella del rubio cabello,
y poniendo un dedo sobre sus labios
me dijo: «Calla, y no lo despiertes.
Vete enseguida, no te bañes en sus aguas,
que se tragará tu mirada.
¡Que nada hay que le guste tanto a un río
como un joven extranjero con los ojos vírgenes
de mirar ríos!»
Y la hermosa acariciaba el lomo del río
como si se tratara de un buey bien cebado,
como mi madre el lomo de un buey en la era de la casa
antes de que los criados salieran con él para la feria de las Quendas de mayo.
Aquellos otros ríos azules de los sueños y del mapa,
¿dónde estaban, dónde están, hermosa del rubio cabello,
Lorelei, Lorelei, que me salvaste la vida?

Firmado como de Knut Tellanken, supuestamente traducido por M. Mª Seoane a partir de una traducción del islandés al inglés de W. S. Potter. Publicado el 27 septiembre 1970.


11. Los tres reyes

Melchor estaba esperando
a Gaspar y Baltasar.
Hicieron fuego en un alto
y le añadieron piedras preciosas.
Siete palabras de oro dijo uno,
siete de incienso dijo otro,
siete de mirra dijo el negro,
y los tres a coro otra secreta;
que así se hace, con un fuego encendido,
una estrella.
—¿Por qué parte queda el mundo?
Se preguntaban los tres.
La estrella alumbraba en el cielo.
—¡Ay!, ¿por qué parte quedará Belén?
Y un zagal que recogía broza
los oyó y se rio y les gritó:
—Mira qué tres sabios de Oriente,
mira qué tres Magos de pimpirimpel:
Déjense guiar por la estrella,
y ya llegarán a Belén.
Y el zagal dejó la broza
y saltando se echó a andar,
y llegó a Belén antes
que Melchor, Gaspar y Baltasar.

Firmado como de Enzio Buoncompagni, italiano, con el añadido «Do Libro das cousas sinxelas», ('Del Libro de las cosas sencillas'). Publicado el 27 de diciembre 1970.


12. Desde aquellas ventanas

¡Si aquella mujer, en aquella ventana,
fuera una mujer joven y hermosa
y tuviera una vista tal que pudiera
contemplar mi rostro, y percatarse
de cuánta hambre de amor tengo!
¡Os juro que no puedo vivir sin mujer!
El mismo perro mío, que me lame los pies, lo sabe.
Pero, ¿por qué iba a tener ella esa divina mirada
que deja ver de ventana a ventana
a través de la ancha plaza, y ella no tiene amor,
y yo, en cambio, que tengo todo el amor del mundo,
no puedo ver siquiera, sobre los castaños de Indias,
si ella es joven, si es hermosa?
Y si llora cuando yo lloro, corazón, corazón vacío.
¿Por qué no habrá, ¡oh Dios!, esas miradas?

Firmado como de Giorgio Cantalupo, italiano, con el añadido «De Ninguén ensina a soñar, o seu derradeiro libro, 1970», ('De Nadie enseña a soñar, su último libro, 1970'). Publicado el 17 de enero de 1971.



Nota. Entre 1964 y 1980 Álvaro Cunqueiro publicó en las páginas del diario Faro de Vigo varios centenares de traducciones al gallego de poetas de múltiples orígenes, desde Shakespeare y Dante a Jack Kerouac, Leonard Cohen o incluso Li Po. Pero entre ellas Cunqueiro deslizó una docena de poemas de autoría propia que disfrazó como traducciones de distintos idiomas y firmó con nombres falsos. Todos habrían sido traducidos al gallego por un supuesto Manuel María Seoane, excepto el primero de los publicados, firmado como traducción de Álvaro Labrada. No son raras estas imposturas entre poetas, traductores y mistificadores de toda capa. Así en algunas antologías de poesía griega y romana publicadas en España figura algún que otro poema de la mano exclusiva del propio traductor. Del olvido en el que yacían en la profundidad de las hemerotecas fueron rescatados estos poemas de Álvaro Cunqueiro por Iago Castro Buerger en su trabajo de 2004 Os alófonos fantásticos. Poemas descoñecidos de Álvaro Cunqueiro. Si bien se incluye allí un poema, «Os rizos da señora MacKenzie», de autor real, el periodista y poeta italiano Antonio Barolini, que por un doble error tipográfico aparece como Bariolim, pero que efectivamente es autor de las Elegie di Croton, 1959, que Cunqueiro cita en su versión. Los poemas fueron publicados por primera vez en libro en Álvaro Cunqueiro, Poesía 1933-1981, editorial Galaxia 2011, editados por Xosé-Henrique Costas y Iago Castro Buerger, con el epígrafe Poemas apócrifos, donde se incluye de nuevo a Antonio Barolini y aparece un poema antes ignorado, Erikson vólvese pra escoitar a súa mocidade.
☛ Os alófonos fantásticos. Poemas descoñecidos de Álvaro Cunmqueiro (poesiagalega.org)

Trad. E. Gutiérrez Miranda 2013


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Doce poemas apócrifos

Cando se fina un home
Cando se fina un home, morre unha cidade.
Vaise íl, pro non soio.
Leva soños, verbas, desexos que foron, bicos,
tristuras, amistades, grandes risadas. Todo isto
no fardelo que lle foi dado.
Pro tamén leva dos outros:
o aroma de aquel recuncho, aquela hora
de sol de inverno na praza, a fonte
sob os plátanos, o cheiro de mel da confiteiría, uns
¡bos días, señora Pepa!, i-ela sorrindo, gorda;
a discusión no Comité: ¡eu estou póla
mellora do gado mouro! Non sabía por qué.
Il amaba unha certa paisaxe, unha certa
forma das estrelas, i-as herbas, i-o canto do galo,
unha certa voz nos homes, i-unha color nas vacas.
I-a cidade —o mundo— decía: Mijail estame vendo tamén.
E seguía, seguían as horas, as estaciós, os séculos.
O mundo, porque alguén o miraba, seguía indo.
Pro un día calisquer cen Mijail morren
i-o mundo acaba, perdido, soio, sin que ninguén o olle
amorosamente, como é debido.

Erikson vólvese pra escoitar a súa mocidade
E cando se decatou, quitou a pucha
pra enchela coas froles do prado.
—Pro as froles están somentes
nun soño, abaneadas por un ventiño morno,
que tamén era soño, soño, soño.
Tivera os anos coma trigo dourado
nas mans, no corazón, nas verbas.
—Nos ollos tamén si, cos que medía
o van da moza e a carreira das estrelas.
Pro non o soupo daquela.
Agora que por vez derradeira soña
que escoita o cuco no alcipreste,
coa pucha parda na man, e os ósos
somentes quentados polos recordos,
—ouh fondo pozo mouro, vida esgotada,
cas ceibados do corazón, violín sen cordas!—
vólvese: a perdida mocidade debe de estar cantando
máis aló dos outeiros, do mare, dos outeiros,
do mare. Aínda cantando.

Eu quixera ter as voces
Eu quixera ter tódalas voces,
as que sirven pra decir amor.
A voz da nai que dende a fiestra
adeus di ó fillo que vai pró mar.
—I-a voz da nai, que dende a porta,
¡benvido sexas! di ó fillo que ven do mar.
E tamén ó home, ou ó amante.
Pra decir amor ten que haber voces como de bosque
ou de río en fervenza, e deloutras
soaves coma unha pel soave.
A voz de Francisco pra decir amor a toda cousa
e voces de amor carnal, cáseque salaios.
I-a final, cando tivera tódalas voces,
—adeus, namorada miña, que vas a mondar
arroz nas lagoas, adeus, dama de Duino
que choras bágoas de ouro i-encaixe de Venecia!
á final, digo, ser dono disa voz segreda
que somentes un ouvido escoite,
que ven coma ven a noite,
sin saber de onde,
vestíndose a sua chambra de estrelas.

O vagabundo
Metín tódolos meus días nun fardelo mendado
e boteime a andar.
Eu mesmo faguía os camiños que me levaban
lonxe, mais aló dos bosques,
pola beira do mar, polo mar mesmo.
E no fardelo, a carón dos días meus,
—infancia, mocidade, madureza, vellice—
iba metendo o pan das esmolas.
Algunha vez o pan aínda estaba quente i ó tocalo
resucitaba un día de meu no que, mociño,
ollei unha dona fermosa que collía frores no xardín.
No sur, agasallábanme con vasos de viño.
Pro, xa é tempo de volver. Canso, e xa non sei soñar.
Coma un trobo rachado por un raio,
ya non enxamian as abellas no verán
drento de min. Soños non hai nin inquedanzas.
Na vella casa farei lume, e contareille ás chamas
como é que morre un vagabundo.

Xa foi a terra
Xa foi a terra, xa non é.
Ou mellor dito, foise a terra,
quizaves polo áer, quizaves pola mar.
—Nuben e illa deberían ter
a mesma definición nas xeografías.

Xa foi a terra. Dende onde vivo prisoeiro
non podo dar testimoño de que haxa
arbres, pasteiros, ríos, montes,
o deserto de Arabia, i aquela chaira
lamagosa, onde nun outeiro estaba o pobo en que nascín,
e de onde ollaba coma o Adigio iba pro mar.

Cemento e cemento, ferro e ferro. Soio.
Pro, e cando voa unha anduriña i eu sei que é abril,
ou cando chove, ou cando neva,
podería eu decir que non hai terra, que xa foi,
que é cousa de historia, dende a fiteira
da celda de cemento na que vivo?

Aínda non sei para que…
Ten de haber por ahí xente
á que lle sobre un pouco de tempo da súa vida,
e podería darmo a min, que esgoto o meu
deitado na miña sede, a carón da area quente
e do esquelete do cervo que coidaba
que ao norde había fontes de auga fresca.
Os meus ollos xa non saben distinguir un arbre no outono
dunha muller que se ergue do chan
despoixas de ter parido un neno louro
e o levanta sober da súa cabeza.
Non diferencio as falas nin os ventos
e teño xa esquencido o colo da miña nai
e a Katty, á que biquei nunha orella e chorou.
Morrendo, pido unha esmola de tempo
aínda que non sei para que…

O tempo dos probes
Os probes teñen muito máis tempo que os ricos
—e tamén máis frío, máis fame, máis soedade,
máis choiva, máis sol, máis lúa, máis vento.
Coñécense entre eles, e teñen unha fala propia
feita de medo e de raiba, humildosa na coda
e por dedentro chea de dentes afiados.
Entre os probes da miña illa adeprendín
que cando morre un neno, a xente esquece a fala,
e soio ao día seguinte volven adeprender a falar,
pirmeiro os outros nenos, logo a nai, logo os cas.

A nao de Sigvar Sigvarson
Imos, falcón da ribeira, do mar maior!
Pintei unha serpe de ouro na miña vela
e no meu peito tatuáronme o nome do meu can,
Sok, o meu can de pastor, o que garda o meu rebaño.
Quero, cando eu vaia polo gran mar
e non vexa terra ao leste,
que os meus guerreiros lean no meu peito
o nome do meu can, eu tumbado nun leito de coiros,
botando unha soneta, pro ouvindo decir ¡Sok!
e soñando cos pasteiros de Bjora, onde o meu can
axunta o rebaño á noitiña, e ladra contando
as pardas ovellas entrando no cortello,
namentras manseliño folerpa.
E a miña nave navegando por ribeiras
de sol, limoeiros, viñas e oliveiras.

Tantos camiños busquei
Non pra volver á miña casa
senón a aquela vila refranada no vello libro,
deitada na chaira poeirenta, arredor dunha torre,
muitos camiños busquei, entrei e saín por laberintos
e na boca da cova saudei á Polar.
En lixeiros veleiros pasei o mar con ela.
E sempre eu, libre e virxe, entre as rapazas núas
sob as pontes de ríos sin nome,
ou ás portas dun burdel, co meu gorro roxo,
por curiosidade de ver mulleres tan usadas.
Eu soñaba aquela vila do vello libro
en días de vendima, cando entran nela
os burros negros con canastros cheos de asios.
Xa somentes con pasare dúas follas máis no libro,
eu atopábame na adega catando viño roxo.
Un solene calor enchíame i eu chegaba
a sere un rei acolá embaixo,
agallopando á sombra das abidueiras.
Pro, verdadeiramente, soñaba con aquela vila
porque nóna había,
i eu vivía nunha illa chamada Tulé,
de oficio remendador de redes, vinte anos, coxo e solteiro.
O libro chegara a Tulé polo mar, nunha botella.
Cousas que lle acontecen aos soñadores.

Aqueles outros ríos
Nado nunha illa pequena, peñascosa;
eu nunca ollado tiña un río, pro soñei un centenar.
No mapa da escola eran veas azúes.
E cando por primeira vez un río,
correr a iauga escura por entre salgueiros, vin,
e pasar sob unha ponte de oito arcos, chorei,
namentras o chamaba polo seu nome,
doce coma un nome de muller.
E do río xurdíu aquela do loiro cabelo,
e pondo un dedo sober dos seus beizos
díxome: Cala, e nóno despertes,
vaite axiña, non te bañes nas súas augas,
que che xantará o mirar.
Que nada hai que lle goste tanto a un río
coma un mozo estranxeiro cos ollos virxes
de ollar ríos!
E a fermosa aloumiñaba o lombo do río
coma si se tratase dun boi ben cebado.
Coma miña nai o lombo dun boi na eira da casa
denantes de que os criados saísen con íl pra feira das quendas de maio.
Aqueles outros ríos azúes dos soños e do mapa
ónde estaban, ónde están, fermosa do loiro cabelo,
Lorelei, Lorelei, que me salvache a vida?

Os tres reises
Melchor estaba agardando
a Gaspar e Baltasar.
Fixeron lume nun alto
y amecéronlle pedras preciosas.
—Sete verbas de ouro dixo un,
sete de incenso dixo outro,
sete de mirra dixo o mouro,
i os tres a un tempo outra segreda,
que así se fai, cun lume aceso,
unha estrela.
—De que parte cae o mundo?
Preguntábanse os tres.
A estrela alumeaba no ceo.
—Ai!, de que parte caerá Belem?
E un rapaz que collía molime
escoitounos e riuse e berroulles:
—Mira que tres sabios de Oriente,
mira que tres Magos de pimpirimpel:
déixense guiar pola estrela,
e xa chegarán a Belem.
E o rapaz deixou o molime
e brincando botouse a andar,
e chegou a Belem denantes
que Melchor, Gaspar e Baltasar.

Dende aquelas fiestras
Si aquela muller, naquela fiestra,
fose unha muller nova e fermosa,
e tivese unha vista tal que poidese
contemplar o meu rostro, e decatarse
de canta fame de amor teño!
Xúrovos que non poido vivir sin muller!
O mesmo can meu, que me lambe os pés, o sabe.
Pro, por que iba a ter ela esa diviña ollada,
que deixa ver de fiestra a fiestra,
a traveso da ancha praza, i ela non ten amor,
i eu, en troques, que teño todo o amor do mundo,
non poido ver xiquer, sober dos castiñeiros de Indias,
si ela é nova, si é fermosa?
E si chora cando eu choro, corazón, corazón valeiro.
Por qué non haberá, ouh Deus!, isas miradas?


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