4 de abril de 2015

T. S. Eliot

La canción de amor de J. Alfred Prufrock

S’io credesse che mia risposta fosse
A persona che mai tornasse al mondo,
Questa fiamma staria senza piu scosse.
Ma percioche giammai di questo fondo
Non torno vivo alcun, s’i’odo il vero,
Senza tema d’infamia ti rispondo
.



Vamos, pues, tú y yo,
mientras el ocaso se extiende contra el cielo
como un paciente anestesiado en una mesa;
vamos, por ciertas calles casi vacías,
los susurrantes refugios
de noches inquietas en pensiones baratas
y restaurantes con basura y conchas de ostra en el suelo:
calles que prosiguen como una tediosa disputa
de insidioso propósito
para llevarte a una pregunta abrumadora…
Mas no inquieras: «¿Cuál es?»
Vamos a hacer nuestra visita.

En el salón las mujeres vienen y van
hablando de Miguel Ángel.

La niebla ocre que se restriega el lomo contra las ventanas,
el humo ocre que se restriega el hocico en las ventanas
lamió con la lengua los rincones del crepúsculo,
se demoró en las charcas que quedan en las alcantarillas,
dejó caer por su lomo el hollín que cae de las chimeneas,
resbaló por la terraza, dio un salto repentino
y, viendo que era una suave noche de octubre,
se ovilló en torno a la casa y se adormeció.

Y de seguro habrá tiempo
para el humo ocre que se desliza calle abajo
restregándose el lomo contra las ventanas;
habrá tiempo, habrá tiempo
de preparar una cara para afrontar las caras que enfrentes;
habrá tiempo para asesinar y crear,
y tiempo para todos los trabajos y los días de las manos
que alzan y sueltan una pregunta en tu plato;
tiempo para ti y tiempo para mí
y tiempo aun para un ciento de indecisiones,
y para un ciento de visiones y revisiones,
antes de tomar un té con tostadas.

En el salón las mujeres vienen y van
hablando de Miguel Ángel.

Y de seguro habrá tiempo
para preguntarse: «¿Me atrevo? ¿Me atrevo?»
Tiempo de darse la vuelta y bajar las escaleras,
con una incipiente calva en mitad de la cabeza…
(y dirán: «¡Cómo le está raleando el pelo!»)
Mi abrigo, el cuello ascendiendo firme hasta la barbilla,
mi corbata cara y modesta, aunque fijada con un sencillo alfiler…
(y dirán: «¡Pero qué flacos tiene las piernas y los brazos!»)
¿Me atrevo
a perturbar el universo?
En un minuto hay tiempo
para decisiones y revisiones que un minuto ha de revocar.

Pues ya los conocí a todos, los he conocido a todos:
Conocí los atardeceres, las mañanas, las tardes,
medí mi vida en cucharillas de café;
conozco las voces que mueren con un morir desvaído
bajo la música de una habitación lejana.
Luego, ¿cómo he de suponer?

Y ya conocí los ojos, los he conocido todos…
Los ojos que te sujetan a una frase formulada,
y cuando estoy formulado, estampado en un alfiler,
cuando estoy clavado y retorciéndome en la pared,
¿cómo entonces he de empezar
a escupir todas las colillas de mis días y caminos?
Y así, ¿cómo he de suponer?

Y ya conocí los brazos, los he conocido todos…
Brazos con pulseras, albos y desnudos
(¡pero a la luz de la lámpara, cubiertos de rubia pelusa!)
¿Es la fragancia de un vestido
lo que me hace divagar?
Brazos apoyados en la mesa, o en un chal envueltos.
¿Y cómo entonces suponer?
Y así, ¿cómo he de comenzar?

• • • • • •


¿Diré que pasé al oscurecer por calles estrechas
y que miré el humo que sube de las pipas
de hombres solitarios en camiseta, asomados a las ventanas…?

Yo debería tener un par de pinzas dentadas
y huir por el fondo de los mares silenciosos.

• • • • • •


Y el atardecer, el ocaso, ¡duerme tan plácidamente!
acariciado por largos dedos,
adormecido… cansado… o fingiéndose enfermo,
echado en el suelo, aquí junto a ti y a mí.
¿Debería yo, después del té y las pastas y los helados,
tener la fuerza de precipitar el momento a su crisis?
Pero aunque lloré y ayuné, aunque lloré y recé,
y vi mi cabeza (ya algo calva) servida en una bandeja,
yo no soy profeta… y eso no es gran cosa;
vi el momento de mi grandeza centellear,
y vi al Lacayo eterno sostener mi abrigo, y reír con disimulo,
y, en resumen, tuve miedo.

Y valdría la pena, después de todo,
después de las tazas, la mermelada y el té,
entre la porcelana, entre algún hablar de ti y de mí,
valdría la pena entonces,
haberle hincado el diente al asunto con una sonrisa,
haber comprimido el universo en una bola,
hacerla rodar hacia alguna pregunta abrumadora
y decir: «Soy Lázaro, vengo de entre los muertos;
he venido para contároslo todo, os lo contaré todo»…
si alguien, poniendo una almohada bajo la cabeza de ella,
dijera: «No es lo que yo quería expresar, en absoluto;
no es eso, en absoluto.»

Y valdría la pena, después de todo,
valdría la pena entonces,
después de los crepúsculos y los portales y las calles lloviznadas,
después de las novelas y los tés, después de las faldas arrastradas por el suelo…
¿y esto, y aún mucho más…?
¡Es imposible decir justo lo que yo quiero expresar!
Pero como si un proyector mostrara el diseño de la nervadura en una pantalla,
valdría la pena entonces,
si alguien, poniendo una almohada o lanzando un chal,
y volviéndose hacia la ventana, dijera:
«No es eso, en absoluto;
no es lo que yo quería expresar, en absoluto.»

• • • • • •


¡No! Yo no soy el príncipe Hamlet, ni lo iba a ser;
soy un noble de la corte, de esos que solo sirven
para avanzar en la acción, para abrir una escena o dos
o aconsejar al príncipe; sin duda, un dócil instrumento,
deferente, satisfecho de ser útil,
hábil, cauto y meticuloso;
lleno de doctas sentencias, pero un poco obtuso;
a veces, en verdad, casi ridículo…
casi, a veces, el Bufón.

Estoy viejo… Estoy viejo…
Llevaré los bajos de los pantalones a la moda.

¿Cambiaré la raya del pelo? ¿Me atrevo a comer un melocotón?
Usaré frescos pantalones blancos y pasearé por la playa.
Yo he oído cantar a las sirenas, la una a la otra.

No creo que cantaran para mí.

Yo las vi cabalgando las olas mar adentro,
peinando el pelo blanco de las revueltas olas
cuando el viento revuelve el agua blanca y negra.

Nos hemos demorado en las estancias del mar
entre ondinas coronadas de algas rojas y marrones,
hasta que voces humanas nos despiertan, y nos ahogamos.



☛ T. S. Eliot. The Love Song of J. Alfred Prufrock (poetryfoundation.org)

Trad. E. Gutiérrez Miranda 2015


                    ∼

The Love Song of J. Alfred Prufrock

S’io credesse che mia risposta fosse
A persona che mai tornasse al mondo,
Questa fiamma staria senza piu scosse.
Ma percioche giammai di questo fondo
Non torno vivo alcun, s’i’odo il vero,
Senza tema d’infamia ti rispondo
.


Let us go then, you and I,
When the evening is spread out against the sky
Like a patient etherized upon a table;
Let us go, through certain half-deserted streets,
The muttering retreats
Of restless nights in one-night cheap hotels
And sawdust restaurants with oyster-shells:
Streets that follow like a tedious argument
Of insidious intent
To lead you to an overwhelming question ...
Oh, do not ask, “What is it?”
Let us go and make our visit.

In the room the women come and go
Talking of Michelangelo.

The yellow fog that rubs its back upon the window-panes,
The yellow smoke that rubs its muzzle on the window-panes,
Licked its tongue into the corners of the evening,
Lingered upon the pools that stand in drains,
Let fall upon its back the soot that falls from chimneys,
Slipped by the terrace, made a sudden leap,
And seeing that it was a soft October night,
Curled once about the house, and fell asleep.

And indeed there will be time
For the yellow smoke that slides along the street,
Rubbing its back upon the window-panes;
There will be time, there will be time
To prepare a face to meet the faces that you meet;
There will be time to murder and create,
And time for all the works and days of hands
That lift and drop a question on your plate;
Time for you and time for me,
And time yet for a hundred indecisions,
And for a hundred visions and revisions,
Before the taking of a toast and tea.

In the room the women come and go
Talking of Michelangelo.

And indeed there will be time
To wonder, “Do I dare?” and, “Do I dare?”
Time to turn back and descend the stair,
With a bald spot in the middle of my hair —
(They will say: “How his hair is growing thin!”)
My morning coat, my collar mounting firmly to the chin,
My necktie rich and modest, but asserted by a simple pin —
(They will say: “But how his arms and legs are thin!”)
Do I dare
Disturb the universe?
In a minute there is time
For decisions and revisions which a minute will reverse.

For I have known them all already, known them all:
Have known the evenings, mornings, afternoons,
I have measured out my life with coffee spoons;
I know the voices dying with a dying fall
Beneath the music from a farther room.
So how should I presume?

And I have known the eyes already, known them all—
The eyes that fix you in a formulated phrase,
And when I am formulated, sprawling on a pin,
When I am pinned and wriggling on the wall,
Then how should I begin
To spit out all the butt-ends of my days and ways?
And how should I presume?

And I have known the arms already, known them all—
Arms that are braceleted and white and bare
(But in the lamplight, downed with light brown hair!)
Is it perfume from a dress
That makes me so digress?
Arms that lie along a table, or wrap about a shawl.
And should I then presume?
And how should I begin?

Shall I say, I have gone at dusk through narrow streets
And watched the smoke that rises from the pipes
Of lonely men in shirt-sleeves, leaning out of windows? ...

I should have been a pair of ragged claws
Scuttling across the floors of silent seas.

And the afternoon, the evening, sleeps so peacefully!
Smoothed by long fingers,
Asleep ... tired ... or it malingers,
Stretched on the floor, here beside you and me.
Should I, after tea and cakes and ices,
Have the strength to force the moment to its crisis?
But though I have wept and fasted, wept and prayed,
Though I have seen my head (grown slightly bald) brought in upon a platter,
I am no prophet — and here’s no great matter;
I have seen the moment of my greatness flicker,
And I have seen the eternal Footman hold my coat, and snicker,
And in short, I was afraid.

And would it have been worth it, after all,
After the cups, the marmalade, the tea,
Among the porcelain, among some talk of you and me,
Would it have been worth while,
To have bitten off the matter with a smile,
To have squeezed the universe into a ball
To roll it towards some overwhelming question,
To say: “I am Lazarus, come from the dead,
Come back to tell you all, I shall tell you all”—
If one, settling a pillow by her head
Should say: “That is not what I meant at all;
That is not it, at all.”

And would it have been worth it, after all,
Would it have been worth while,
After the sunsets and the dooryards and the sprinkled streets,
After the novels, after the teacups, after the skirts that trail along the floor—
And this, and so much more?—
It is impossible to say just what I mean!
But as if a magic lantern threw the nerves in patterns on a screen:
Would it have been worth while
If one, settling a pillow or throwing off a shawl,
And turning toward the window, should say:
“That is not it at all,
That is not what I meant, at all.”

No! I am not Prince Hamlet, nor was meant to be;
Am an attendant lord, one that will do
To swell a progress, start a scene or two,
Advise the prince; no doubt, an easy tool,
Deferential, glad to be of use,
Politic, cautious, and meticulous;
Full of high sentence, but a bit obtuse;
At times, indeed, almost ridiculous—
Almost, at times, the Fool.

I grow old ... I grow old ...
I shall wear the bottoms of my trousers rolled.

Shall I part my hair behind? Do I dare to eat a peach?
I shall wear white flannel trousers, and walk upon the beach.
I have heard the mermaids singing, each to each.

I do not think that they will sing to me.

I have seen them riding seaward on the waves
Combing the white hair of the waves blown back
When the wind blows the water white and black.
We have lingered in the chambers of the sea
By sea-girls wreathed with seaweed red and brown
Till human voices wake us, and we drown.


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3 de abril de 2015

Reconducción



Infausto afán febril:
lo siento en el aliento,
lo noto en el escroto,
lo vivo en el lascivo
abril, el mes más vil.

egm. 2015

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30 de marzo de 2015

Chavalita



Equívoca ecuación,
rubia coleta, fatídicas pecas:
vete a jugar con tus muñecas
a tu mustia habitación.

egm. 2015

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25 de marzo de 2015

João Cabral de Melo Neto

El número cuatro

Es el número cuatro hecho cosa
o la cosa por el cuatro cuadrada;
sea espacio, cuadrúpedo, mesa,
siempre está racional en sus patas;
cosa plantada, al margen y encima
de todo lo que intenta agitarla,
inmóvil al viento, terremotos,
del mar marea o del mar resaca.
Ni el tiempo, que ama lo impar inestable,
puede contra esa cosa, o evitarla,
pues la rueda, criatura del tiempo,
es una cosa en cuatro, gastada.



☛ João Cabral de Melo Neto. O número quatro (ditirambospoesia.wordpress.com)

Trad. E. Gutiérrez Miranda 2015


                    ∼

O número quatro

O número quatro feito coisa
ou a coisa pelo quatro quadrada,
seja espaço, quadrúpede, mesa,
está racional em suas patas;
está plantada, à margem e acima
de tudo o que tentar abalá-la,
imóvel ao vento, terremotos,
no mar maré ou no mar ressaca.
Só o tempo que ama o ímpar instável
pode contra essa coisa ao passá-lá:
mas a roda, criatura do tempo,
é uma coisa em quatro, desgastada.


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22 de marzo de 2015

Moncho Alpuente

Danza de los orangutanes

Antropoides con corbata
y otros con el pecho lleno
de [medallas] de hojalata.

Antropoides humanoides
con tendencias esquizoides,
grandes monos con cartera,
gorilas con cartuchera.

Pobre Darwin… —Pobre Darwin…—
pobre Darwin si viviera.
¡No vive! ¡No vive! ¡No vive!
¡Que no vive!

Tecnócratas platirrinos,
grandes monos asesinos,
chimpancés consumidores
y mandriles entre flores.

Ahora es un mono gibón
quien preside la reunión,
y promete —¿qué promete?—
¡aumentar los cacahuetes!
Manííí…

Veinte monos con diarrea
reunidos en asamblea,
discutiendo con desgana
el déficit de banana.
Banana, banana, bananahhh…

Monos que dirigen cine
o fabrican calcetines.
Chimpancés aficionados
al estudio de mercados.

Orangutanes cantantes
de ritmos elucubrantes
y monas de exportación
que van a la Eurovisión.
Oh ah, oh ah… ¡Ahhh!

Cuadrumanos que, a su vez,
hacen todo con los pies
mientras que el mono desnudo
sufre la ley del embudo.
Udo, udo, udohhh…

La humanidad oprimida
por mil simios homicidas
y Tarzán, que no hace nada
por evitar sus monadas.
Nada, nada, nada…



☛ Desde Santurce a Bilbao Blues Band. Danza de los orangutanes (youtube)


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21 de marzo de 2015

El viento en el faro



Ven a volar,
podrás seguir preguntándotelo
hasta el final de las algas,
pero no te quedará más remedio
que aguantarte y flotar los días

en la convexidad del mar,
en la humedad del río,
allí donde el orden regresa al caos,
el mapa no está equivocado
aunque le falten pequeños detalles,

tampoco nunca a mí,
el arroyo entre los tojos,
la hosca y helada belleza
de las yermas islas del norte,
los pájaros sobrevuelan la duna,

la orilla y los arrecifes,
cuando el conejo perdió su reflejo,
no sabes quién eres a mediodía
y ya esa misma madrugada
crees que puedes entenderlo todo,

vuelven las aves al negro oleaje
desde el principio del viento,
agua de muerte y de vida,
dibuja el pez arabescos
en la honda humedad del río,

donde se oculta el frío,
saliva sudor y semen,
polvo en la arena,
huelo el humo, avento el viento,
subiendo voy, bajando vengo,

jusqu’ à la fin, en pleine soleil,
y en los meandros yo me entretengo,
ahuyento el viento,
por las mimbreras desgasto el tiempo,
en la fría profundidad del río,

después de la noche de fin de año
el faro alumbra sobre la peña,
pájaros vuelan,
el viento revuelve, canas,
las cabelleras de las negras olas

que las sirenas cabalgan,
tampoco creo
que nunca me susurraran a mí,
quizá podrías probar
a dejarlo todo tal como está

en el envés del azogue,
espejos y espejos, nuevos espejos
lanzando a lo lejos viejos reflejos,
esta es la mentira en la que creemos,
arena lluvia sal,

venid y oíd,
cervezas enlazadas en canciones,
sabida oscura duda:
corazón de saliva en el cristal,
ven a bailar

al cíclico círculo intemporal,
dame spritz y sexo astral,
puedes seguir preguntándote
cuál es la esquiva pregunta
y recontando en la pared

los azulejos del cuarto de baño,
el viento es fugaz testigo
de la fugacidad de la roca,
de la eternidad del silencio
y de la vanidad de las promesas

que se hace el hombre a sí mismo,
ponme otro spritz
mientras los pájaros marinos
vuelan hacia el interior del océano,
mar afuera,

donde habita la irrealidad,
aceleras un poco más,
el faro sobre el peñasco
ya no vigila el mar,
acaso los ocasos

son trozos de pedazos,
la solución origina el problema
y la pregunta resuelve el enigma,
acaso los acasos
son subterfugios del caos,

se desmenuza la arena en la playa
rodando en la arena
y vuelan lejanos los pájaros
sobre la lacia luz,
hacia la densidad de la neblina

donde el conejo perdió su reflejo,
sin saber de los embustes
que el niño le cuenta al mar,
sujetas firme el volante,
el faro sobre la peña,

acero en la piedra, sangre en la roca,
las olas constantes como el silencio
son un rumor allá abajo,
entre la espuma y las algas,
tal vez aún pueda amanecer,

solo tendrás la respuesta
cuando conozcas cuál es la pregunta,
ni un chillido, ni un graznido,
la bruma en la línea del horizonte
mira pasar a los pájaros,

charranes, fumareles y pagazas,
hacia el final del mar,
fría humedad en el aire,
se ha detenido el motor
contra el gastado granito del faro,

olas, viento, voces,
y cuando sepas cuál es la pregunta
entenderás la respuesta,
suave en las algas mojadas
ahora empieza a llover
…

egm. 2015

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11 de marzo de 2015

Álvaro Cunqueiro

Postrera elegía a Manuel Antonio

Diríamos que piedra para tu frente fría
—para tu alma mar y viento duro—.
Tú sí poeta, fallecido de algas verdes
tu único cuerpo, silencioso y breve.

Ahora escucha ahí, en ese otro lado,
donde a las mareas y a Dios y a la sombra toda
como el Nordeste se repite, fondo extraño,
viajero antiguo, gaviota en tu sangre.

Nosotros no lloramos. Finalmente tristes
desconsolado oído inacabable somos.



☛ Álvaro Cunqueiro. Derradeira elexía a Manoel Antonio (books.google.es)

Trad. E. Gutiérrez Miranda 2015


                    ∼

Derradeira elexía a Manoel Antonio

Diríamos que pedra para a túa fronte fría
—para a túa ialma mar e vento duro—.
Ti sí poeta, fenecido de algas verdes
o teu único corpo, silencioso e breve.

Agora escoita ehí, nese outro lado,
onde ás mareas e a Deus e á sombra toda
coma o Norés se repite, fondo estrano,
viaxeiro antergo, gueivota no teu sangue.

Nós non choramos. Finamente tristes
desconsolado ouvido inacabábel somos.


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10 de marzo de 2015

Hadi Kurich

Alicia
(fragmento de la escena IV)

CONEJO: (Entrando) ¡Llego tarde! Por mis bigotes que llego tarde, y la Reina no me perdonará, pobre de mí. Me cortará la cabeza y la culpa de todo esto la tienes tú.
ALICIA: No entiendo. ¿De qué me está hablando?
CONEJO: ¡Ladrona! ¿Dónde está mi abanico?
ALICIA: ¿Qué abanico?
CONEJO: Mi abanico.
ALICIA: Probablemente donde lo dejó.
CONEJO: ¡Mentira! Lo dejé aquí. Aquí mismo cuando hablaba con el Árbol y ahora no está.
ALICIA: Mire, lo buscaremos por aquí y seguro que lo encontraremos.
CONEJO: ¡No!
ALICIA: ¿Por qué no?
CONEJO: Porque me parece muy sensato, y eso no es propio de un ministro.
ALICIA: Yo no lo he visto, de verdad. ¿Seguro que estaba aquí?
CONEJO: Claro que sí. ¡Ladrona!
ALICIA: Y ¿qué dice que ha perdido?
CONEJO: Mi reloj. Y no lo he perdido.
ALICIA: ¿Reloj?
CONEJO: Bueno, ¡mis gafas de sol!
ALICIA: ¿No dijo antes que fue el abanico lo que perdió?
CONEJO: Sí, abanico. Pero da lo mismo. Lo importante es que creo que lo robaste tú.
ALICIA: Que lo crea no es suficiente para acusar a alguien. Hay que tener pruebas.
CONEJO: El Árbol es mi testigo.
ALICIA: ¿Qué dice? Si el Árbol duerme como un tronco.
CONEJO: Aquí mi palabra es una prueba suficiente. ¿Sabes con quién estás hablando?
ALICIA: Con un conejo bastante extraño.
CONEJO: Loco, querrás decir.
ALICIA: Hombre, si insiste.
CONEJO: Insisto. Porque soy el ministro de la Locura de este país.
ALICIA: Encantada.
CONEJO: Yo no. Tengo muchísima prisa por llegar a la Corte y tú no me dejas.
          (El Conejo pone la mano esperando un soborno)
ALICIA: ¿Pero qué tengo que ver yo?
CONEJO: Todo. Si te esforzaras un poco.
          (Pone la mano de nuevo. Ella no reacciona.)
El abanico es un regalo de la Reina y si aparezco sin él, me cortará la cabeza. Tenías que haber robado otra cosa.
ALICIA: ¡Pero yo no he robado nada!
CONEJO: ¡Anda ya! ¿Sabes qué voy a hacer?
ALICIA: Ni idea.
CONEJO: Te acusaré del robo ante la Reina y así ella te cortará la cabeza a ti y no a mí.
          (Pide el soborno otra vez. Alicia, enfadada, le golpea la mano.)
Te arrepentirás. Voy a la Corte enseguida. Adiós.
ALICIA: Eso no es justo. Además, yo también quiero hablar con la Reina. Necesito su permiso para salir de aquí.
CONEJO: No es mi problema.
ALICIA: ¡Pero sí que es el mío y se supone que los ministros tendrían que preocuparse por los problemas de los demás.
          (El Conejo ya se ha marchado)
Demasiado tarde. Ya se ha ido. Pobre país que tiene un ministro de locura.
GATO: (Off) ¿Quieres decir que el tuyo no lo tiene?
(…)



☛ Hadi Kurich. Alicia (books.google.es)


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6 de marzo de 2015

Juan-Eduardo Cirlot

Tres símbolos

Mi conocimiento de la simbología solo secundariamente proviene de libros, y del contacto personal con el doctor Marius Schneider. Con frecuencia, mis sueños, poemas e incluso actos de mi existencia poseen un carácter «otro» que me obliga a buscarles un sentido: ese significado suele ser simbólico y me revela verdades «objetivas», que luego corroboro en obras de simbólogos, o que permanecen en estado, bien sea de problema resuelto provisionalmente por mi intuición, o de problema no resuelto, abierto a la claridad de un amanecer sin día, como cuerda que pende en el vacío.


Carcassonne

Hacia 1960 fui a la ciudad de Carcassonne, solo, en enero. Desde siempre, atraído como me siento por todo lo medieval, había anhelado contemplar sus murallas y torres; pero en aquel momento no solo era esto. Percibía que alguien o algo «me llamaba» desde allí. Llegué a Carcassonne a las once de la noche, fui al hotel, donde pasé la noche en vela y, a la mañana siguiente, me dirigí desde la ciudad baja a la «cité», en lo alto de una colina, con su doble recinto, sus agujas restauradas por Viollet-le-Duc (abusivamente, suele decir se). Era un día gris, llovía. Me paseé incansable, hice la circumrotación de la ciudad murada tres veces, por el exterior, por lo alto de los muros, por el interior, y oí misa en la iglesia gótica, maravillosa, que se halla dentro del recinto murado. Por la tarde, me acerqué de nuevo; no llovía, me senté en el campo cerca de las más altas torres. Luego, recorrí la ciudad baja, asistí a un oficio religioso en una iglesia de ella. Regresé al hotel, y tras otra noche de insomnio emprendí el regreso a Barcelona. En el tren, cerca de Narbonne me hice casualmente un corte terrible en la mano derecha, con una bombilla del lavabo. Significación: yo no era digno de penetrar en el «recinto» y me herí, castigándome inconscientemente por mi audacia. Quien me llamó tampoco había creído que tenía «aún» que acercárseme. O existía solo en mi imaginación. Pero, por qué existía (y existe)?


Blanco y azul

En un tiempo no muy lejano tuve casi una pequeña colección de obras de arte actual. Entre ellas había dos obras extraordinarias: un cuadro azul y otro blanco, abstractos. Me atraían mucho. Pero mi sentimiento era ambiguo, ambivalente. Primero sentí necesidad de desprenderme del cuadro azul, luego del blanco. Años más tarde recordé que, en el umbral de mi adolescencia, me habían regalado dos libros cuyos temas eran del mayor interés para mí: uno de ellos versaba sobre los persas y sus conquistas militares; el otro sobre las tribus de amerindios. La encuadernación de ambos era en tela; la del uno, en blanco; la del otro, en azul. No tardé en venderlos, impulsado por una fuerza superior y sintiéndolo mientras lo hacía. Solo en fechas muy recientes he empezado a entender el posible sentido de este doble desprendimiento análogo. Cuando trabajé sobre simbología intensamente (1954-1958), no averigüé nada, ni el problema me llamó la atención —pues aún no se había producido el hecho de los cuadros—; pero hará dos años vi una película cinematográfica vulgar, protagonizada por Kirk Douglas, cuyo argumento aludía a la lucha contra los nazis por la resistencia escandinava. Continuamente el paisaje era «azul» (cielo) y «blanco» (nieve, que cubría la tierra).
Entonces comprendí que el eje blanco-azul es descendente, es decir, contrario al eje blanco-rojo (ascendente, en alquimia, conducente al «aurum philosophorum») y que, de otro lado, el eje azul-blanco evocaba la muerte, pues señalaba el paso del cielo a la tierra (la nieve es tierra transfigurada, o agua solidificada, siendo la humedad lo propio del reino de los muertos). Nada peor, pues, que permanecer frente a lo azul y lo blanco, para el inconsciente de quien no quiere desprenderse aún de su existencia vital, de su vida instintiva.


El despeñado

En mi infancia veía con frecuencia un libro de grabados, e inadvertida pero invariablemente, mi mirada se detenía en uno, que representaba a un joven muerto, caído al pie de un acantilado. En letras todavía decimonónicas se leía: «El despeñado». ¿Por qué, entonces, me sugestionaba tanto esa imagen? Hace pocos años, al ver en el cine la mediocre «Cleopatra», de Manckiewicz (con escenas extraordinarias de «lo romano» como la defensa de la Puerta de la Luna de Alejandría por la «tortuga» legionaria y la cremación de los cadáveres tras Farsalia), oí a César, mejor dicho, a Rex Harrison, referirse angustiadamente a los sueños en que se veía caído, despeñado desde su «altura». ¿No es la angustia de no ser, de haber caído de lo que he llegado a ser, o creído que he llegado a ser, el motivo permanente de mi tortura moral?



Juan Eduardo Cirlot. Tres símbolos, publicado en ☛ La Vanguardia Española (p. 17) el viernes 13 de diciembre de 1968


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24 de febrero de 2015

Viciotez



Creer que los demás
son tontos es el vicio recurrente
de los mentecatos.

egm. 2015

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