—Oh, ¿dónde has estado, hijo mío de ojos azules?
Oh, ¿dónde has estado, mi querido muchacho?
—He tropezado en la ladera de doce montañas nubladas,
he caminado y me he arrastrado por seis tortuosas autopistas,
me he apresurado por en medio de siete bosques tristes,
he estado ante una docena de océanos muertos,
me he adentrado diez mil kilómetros en la boca de un cementerio,
y es muy fuerte, es muy fuerte, muy fuerte,
y es muy fuerte la lluvia que va a caer.
—¿Y qué has visto, hijo mío de ojos azules?
¿qué has visto, mi querido muchacho?
—Vi un recién nacido rodeado de lobos salvajes,
vi una autopista de diamantes sin circulación,
vi una rama negra goteando sangre,
vi una habitación llena de hombres con martillos ensangrentados,
vi una escalera blanca totalmente cubierta de agua,
vi a diez mil charlatanes con lenguas de trapo,
vi pistolas y agudas espadas en las manos de niños pequeños,
y es muy fuerte, es muy fuerte, muy fuerte,
y es muy fuerte la lluvia que va a caer.
—¿Y qué has oído, hijo mío de ojos azules?
¿Y qué has oído, mi querido muchacho?
—Oí el sonido de un trueno que rugió sin avisar,
oí el bramido de una ola que podría inundar el mundo entero,
oí a cien tamborileros cuyas manos ardían,
oí diez mil susurros y nadie que escuchara,
oí a una persona pasando hambre, oí a mucha gente que reía,
oí el canto de un poeta que agonizaba en el arcén,
oí el ruido de un payaso que lloraba en un callejón,
y es muy fuerte, es muy fuerte, muy fuerte,
y es muy fuerte la lluvia que va a caer.
—Oh, ¿a quién encontraste, hijo mío de ojos azules?
¿Y a quién encontraste, mi querido muchacho?
—Encontré a un niño pequeño junto a un poni muerto,
encontré a un hombre blanco paseando un perro negro,
encontré una mujer joven cuyo cuerpo se abrasaba,
encontré a una chica que me entregó un arco iris,
encontré a un hombre que estaba herido de amor,
encontré a otro que había sido herido por el odio;
y es muy fuerte, es muy fuerte, muy fuerte,
y es muy fuerte la lluvia que va a caer.
—¿Y qué harás ahora, hijo mío de ojos azules?
¿Y ahora qué vas a hacer, mi querido muchacho?
—Voy a regresar afuera antes que la lluvia comience a caer,
caminaré hacia las profundidades del más profundo bosque negro,
donde hay mucha gente con las manos vacías,
donde las píldoras de veneno desbordan las aguas,
donde el hogar en el valle se reúne con la húmeda y sucia prisión,
donde la cara del verdugo está siempre bien oculta,
donde el hambre es inquietante, donde las almas están olvidadas,
donde el negro es el color, y ninguno es el número,
y lo diré y lo pensaré y lo contaré y lo respiraré,
y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo,
luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme,
pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla,
y es muy fuerte, es muy fuerte, muy fuerte,
y es muy fuerte la lluvia que va a caer.
☛ Bob Dylan. A Hard Rain’s A-Gonna Fall (bobdylan.com)
☛ Bob Dylan. A Hard Rain's A-Gonna Fall (youtube)
Trad. E. Gutiérrez Miranda 2012
13 de septiembre de 2012
Bob Dylan
9 de septiembre de 2012
Constance Berjaut
(Efluvios y puntillas de tela)
Yo la había sorprendido por el resquicio de la puerta. Ella acababa de salir de su ducha helada matinal. Se frotaba vigorosamente las carnes flácidas y disonantes sin posar nunca los ojos sobre el espejo estañado. Sus gestos eran mecánicos, sin extravagancia femenina o delicada lascivia. Era tosca incluso en las proporciones de su cuerpo. Iba a escapar de aquella visión arisca cuando vi que ella detenía sus movimientos y se admiraba con placer. Algo había cambiado sobre su rostro y en su aspecto. Una forma de dulzura lujuriosa animaba ahora su mirada mientras que su masa epidérmica emanaba un resplandor teñido de sensualidad y erotismo. Durante los segundos en que decidí abandonar mi tibio voyeurismo, ella se había puesto unas bragas de una finura turbadora para una mujer cuya fantasía tan solo se limitaba a una sonrisa parsimoniosa. Aquella ropa interior de finos encajes blancos e inmaculados borraba las estrías, la celulitis, los pelos que pululaban arriba y abajo de su piel basta y gruesa. La transformaba en un objeto de deseo. La hacía pasar de una mujer grosera cuya ternura respecto a mí no se medía más que con el sonido de la palma de su mano contra mi mejilla, con el ritmo del palo contra mis costillas, con el sobrecogimiento más o menos vigoroso de mi epidermis, a una mujer que irradiaba, que le implicaba a uno en la necesidad de recogerse en sus brazos carnosos, que envolvía en su feminidad calurosa. Era diferente. Era seductora. Era triunfante. Pero cuando se puso la blusa mugrienta de trabajadora recluida en el desencanto cotidiano, todo desapareció; de la mirada inflamada frente a su propio reflejo a las curvas voluptuosas de sus caderas, pechos y cintura. Era de nuevo pesada, gruesa, cruel y huraña. Era de nuevo mi madre en todo su esplendor tiránico y desastrado.
Yo tenía siete años y era la primera vez que mi madre me parecía hermosa, que quería acurrucarme contra su cálida carne, que yo la amaba. Y porque quería amarla más y más, comencé a buscar diariamente aquella visión fugaz y fulgurante. Cada mañana, pasaba indolentemente ante el cuarto de baño esperando percibir la metamorfosis. Desafortunadamente, la puerta no se abrió nunca. ¿Había notado mis ojos infantiles saboreando su puntual transformación? ¿Quería ser el único testigo de su belleza erótica? No lo sé. Pero su nueva imagen me perseguía tanto de día como de noche. El tejido calado de sus bragas aparecía tan pronto como mis ojos se cerraban. Extendía los brazos queriendo quitarle aquella tela a unos poderes tan extraños, pero no pasaba nada. Comprendí poco a poco que más allá de la vista, ahora cegada, necesitaba tocar, rozar, apoderarme.
Yo sabía donde mi madre guardaba la ropa interior. Me introduje en su cuarto con la agilidad de un felino. La gran cómoda hacía frente a la cama paterna, fría y marchita. Encima se esparcían sobre el polvo algunas baratijas descoloridas y la fotografía de mis progenitores como insulsos novios. Los cajones de lo que me pareció entonces una caja fuerte eran pesados y macizos. Los abrí uno a uno con toda la precaución de un ladrón sin experiencia. Chirriaban. Tenía miedo de ser sorprendido. Pero en el tercer compartimento encontré por fin mi tesoro de puntillas de tela. Sumergí allí la mano con deleite mientras una sacudida eléctrica recorría mi espina dorsal. Había de todos los colores, de todas los tejidos. Decidí estudiar cada una de estas piezas de lencería. Cada día cogía una al azar. La acariciaba, la deslizaba contra mi piel, la analizaba. A veces ponía unas bragas sobre la cama y solamente las miraba. En otras ocasiones tomaba varias para hacer una especie de ramillete arrugado. Jamás me vino a la cabeza llevarme unas.
A las pocas semanas aquel ritual se había convertido en el único placer de mi vida. Tenía la impresión de conocer mejor a mi madre al tocar una parte de su intimidad. Me había convertido en experto en la manipulación silenciosa del cajón, lo que me dejaba más tiempo para deleitarme en estos reencuentros y amar cada vez más a su propietaria. Un día, absorto en mi tarea, no oí los recios pasos de mi madre llegando por detrás de mí. Me vio con unas bragas en la mano y montó en una cólera histérica. Los golpes comenzaron a llover con una brutalidad rítmica mientras aullaba con su voz aguda y ensordecedora que yo no era más que un vicioso, un desviado, un instrumento de Satanás. A partir de aquel instante el cuarto de mis padres estuvo cerrado con llave. A partir de aquel instante el naciente amor por mi madre se extinguió. A partir de aquel instante me apodaron “el pervertido”.
Pasaron los años y los recuerdos de aquellos momentos deliciosos se hicieron cada vez más borrosos. No había vuelto a ver ni a tocar unas bragas desde aquel episodio desastroso. Sin embargo mis padres me llamaban siempre “el pervertido”. Yo no entendía en qué me caracterizaba esto, mas no quería rebelarme. El silencio me protegía de los musculosos ataques. Una mañana mi madre tuvo que salir repentinamente. Solo, me puse a vagar por las habitaciones de la casa que me eran accesibles esperando encontrar un asidero, una meta, un consuelo. En el cuarto de baño hice una lamentable tentativa de peinado y ensayé una pose ante el espejo. Mientras jugaba a ser otro, mis ojos cayeron por reflexión sobre una pequeña masa oscura y abandonada. Unas bragas. Las de mi madre que, en su precipitación, había olvidado recoger. Las atrapé instintivamente y hui a mi habitación.
Igual que antes, comencé a analizarlas por todas sus costuras. Eran azul petróleo, en una tela ligeramente brillante. Tenían un pequeño lazo en su centro; una fantasía casi invisible. Las pasé sobre mi piel. Eran dulces. Las olí. Estaban sucias. Aquel olor que no conocía me transportó. Era el olor del corazón carnal de mi madre, de donde yo venía, de allí donde aspiraba a estar. Un bulto inesperado nació entre mis piernas. Sin esperar, tuve que evacuar aquella necesidad gozosa, la nariz enganchada a aquel efluvio almibarado. El olor me había revelado el acceso al placer. De niño, pasaba a ser hombre. Varias veces aquel día volví a sumirme en la esencia de mi madre. Y disfruté de nuevo.
Treinta años después de aquella experiencia, el olor de la intimidad femenina sigue siendo mi única forma de acceder al placer. Por esto es por lo que paro mujeres en la calle. Para comprarles sus bragas. Algunas me tratan de pervertido. No entiendo por qué; soy educado y no soy insistente. Otras aceptan. En realidad tengo una colección impresionante. Todas únicas en su confección y su emanación. Hay las ácidas, las dulzonas, las azucaradas, las punzantes, las insípidas, las picantes y muchas otras más. Hay las que se desvanecen en cuanto ya no son llevadas, las que huelen fuertemente a perfume, las que paralizan el espíritu. Son mis bienes, mis joyas, mis diamantes. Y me he convertido en un experto en encontrarlas. La mejor estación: la primavera, porque los cuerpos no están preparados aún para el renacer caluroso. La franja horaria: el final de la tarde, mucho después de la ducha matutina. El atuendo: pantalones ajustados o un par de medias. La mujer: todas sin excepción.
Y esta noche de nuevo estoy buscando. La humedad de la atmósfera ha descendido sobre la ciudad. El calor del día se diluye en las corrientes de aire tibio. Me excito al pensar en las transpiraciones secretas. Devoro a las transeúntes con la mirada, buscando la perfección. Por fin veo a la mujer ideal. Pantalón ceñido y paso rápido. La detengo. Me sonríe. Le hago mi proposición. Sigue sonriéndome. Le explico las modalidades. Ella me responde:
«No llevo bragas. Nunca».
Se va, los labios aún levantados. Yo me quedo sin palabras, atónito, paralizado. Comprendo al fin qué es la perversidad.
☛ Constance Berjaut. Effluves et bouts de tissus (constanceberjaut.com)
17 de agosto de 2012
John Keats
¡Cuántos bardos adornan el transcurso del tiempo!
Algunos de ellos siempre fueron el alimento
de mi ensueño fantástico —podría cavilar
sobre sus cualidades, terrenas o elevadas—
y con frecuencia, cuando me dedico a los versos,
en tropel intervienen ante mi inspiración,
pero sin desconcierto ni grosero trastorno,
haciendo su función con un timbre agradable,
como tantos sonidos que prodiga la tarde:
el canto de los pájaros, el rumor de las hojas,
la voz de los arroyos, la campana que se alza
con solemne tañido, —y miles de otros más
que la distancia impide que los reconozcamos—
producen grata música y no salvaje estruendo.
☛ John Keats. How Many Bards Gild the Lapses of Time! (bartleby.com)
Trad. E. Gutiérrez Miranda 2012
∼
How Many Bards Gild the Lapses of Time!
How many bards gild the lapses of time!
A few of them have ever been the food
Of my delighted fancy,—I could brood
Over their beauties, earthly, or sublime:
And often, when I sit me down to rhyme
These will in throngs before my mind intrude:
But no confusion, no disturbance rude
Do they occasion; ’tis a pleasing chime.
So the unnumber’d sounds that evening store;
The songs of birds—the whisp’ring of the leaves—
The voice of waters—the great bell that heaves
With solemn sound,—and thousand others more,
That distance of recognizance bereaves,
Make pleasing music, and not wild uproar.
14 de agosto de 2012
Federico García Lorca
Equivocar el camino
es llegar a la nieve
y llegar a la nieve
es pacer durante veinte siglos las hierbas de los cementerios.
Equivocar el camino
es llegar a la mujer,
la mujer que no teme la luz,
la mujer que mata dos gallos en un segundo,
y luz que no teme a los gallos
y los gallos que no saben cantar sobre la nieve.
Pero si la nieve se equivoca de corazón
puede llegar el viento Austro
y como el aire no hace caso de los gemidos
tendremos que pacer otra vez las hierbas de los cementerios.
Yo vi dos dolorosas espigas de cera
que enterraban un paisaje de volcanes
y vi dos niños locos que empujaban llorando las pupilas de un asesino.
Pero el dos no ha sido nunca un número
porque es una angustia y su sombra,
porque es la guitarra donde el amor se desespera,
porque es la demostración de otro infinito que no es suyo
y es las murallas del muerto
y el castigo de la nueva resurrección sin finales.
Los muertos odian el número dos,
pero el número dos adormece a las mujeres
y como la mujer teme la luz
la luz tiembla delante de los gallos
y los gallos sólo saben volar sobre la nieve
tendremos que pacer sin descanso las hierbas de los cementerios.
8 de agosto de 2012
Cambios en el faro
Quizá podrías hacer algo más,
el neón azul, la luna,
la niebla junto al puente, un perro
en la oscuridad, el mar gris,
hay cambios a tu alrededor,
sobre el horizonte y la roca
en erección, el faro, da la vuelta,
la larga recta hasta el final,
cuando crees que has vencido
resulta no ser tan dulce el sabor,
las niñas no saben jugar,
todo está interconectado
en la substancia de los sueños,
el faro completa la peña
en los hombros del mar mayor,
da la vuelta, el jardín de esculturas
cambia con cada temporal,
fascinante extraña fascinación,
ellas escogen un juguete
por su apariencia exterior,
ya no vas a hacer nada más,
cambia en las olas la luz de la playa,
vuelve la lluvia al asfalto mojado,
o simplemente lo eligen
por el diseño o el color,
las montañas se elevan y se hunden,
quieren jugar a juegos,
los glaciares muelen el tiempo,
para los que el juguetito no sirve,
cambios, cambios en derredor,
los pájaros chillan hacia las brumas
del océano adimensional,
donde se diluyen los sueños
y transfiguran la realidad
pervirtiendo su esplendor,
las nenas no pueden jugar,
arrojan al suelo el cacharro
porque no actúa como ellas quisieran,
lo patalean y lo rompen
con indolencia e impudor,
ruido, voces, da la vuelta,
alguien lee las Elegías
en la terraza del único bar
de la carretera del faro,
ignorando el estupor
del mar que avanza y cae, cambios,
remodelando la línea costera,
silva, tojo y bidaqueiras
inextricablemente entrelazados,
cambios dispersos a tu alrededor,
nubes, mariposa, la higuera
a la que el viento no deja crecer
y se inclina retorciéndose
ante el azote del sol y la sal,
cambios al ritmo del dolor,
el rótulo en neón, la luna oscura,
frío en el puente, el perro,
y los pinos recortan el alba
sobre un dibujo aerografiado
del malva a un cárdeno rubor,
nunca ojean las instrucciones,
no entienden cómo funciona,
sal en la arena volátil,
no comprenden los sistemas mecánicos,
sientes bramar el motor
más fuerte que el mar allá abajo,
ni los mecanismos eléctricos,
agua en el viento salado,
amanecer de irreales neblinas,
tu pie tiembla en el acelerador,
no interpretan los astros
y no llegan a aprender a jugar,
da la vuelta y enfrenta la presión,
las mareas verticales se alzan
solo en invierno y su fragor
retumba en los granitos de la sierra,
lobos cruzados aúllan
su desdeñada soledad,
pero encuentran otro juguete
que despedazar con su amor,
aceleras un poco aún, cambias,
recta, larga, hasta el final,
algo más, inteligencia, tal vez,
dale a la moira su oportunidad,
cambios en tu interior,
cambias, las estrellas se alejan
redibujando las constelaciones,
zarza, aulaga y madreselvas
entrelazadamente inextricables
crean el límite ulterior,
creíste que el tiempo iba a cambiarlo
pero no hay rastro del tiempo,
y no harás nada más, la impermanencia
tampoco lo cambiará,
solo cambia el espectador,
hacia el faro van los suicidas
a recibir el adiós de las olas
en las manos del mar mayor,
un grito breve en la rampa de piedra,
ahora llueve más y peor.
28 de julio de 2012
Ibn Zamrak
Bendito sea Aquel que otorgó al imán Mohamed
bellas ideas para engalanar sus mansiones.
Pues, ¿acaso no hay en este jardín maravillas
que Dios ha hecho incomparables en su hermosura,
y una escultura de perlas de transparente claridad
cuyos bordes se decoran con orla de aljófar?
Plata fundida corre entre las perlas
a las que semeja belleza alba y pura.
En apariencia, agua y mármol parecen confundirse
sin que sepamos cuál de ambos se desliza.
¿No ves como el agua se derrama en la fuente,
pero sus caños la esconden enseguida?
Es un amante cuyos párpados rebosan de lágrimas,
lágrimas que esconde por miedo a un delator.
¿No es, en realidad, cual blanca nube
que vierte en los leones sus acequias
y parece la mano del califa, que, de mañana,
prodiga a los leones de la guerra sus favores?
Quien contempla los leones en actitud amenazante
sabe que solo el respeto al Emir contiene su enojo.
¡Oh descendiente de los Ansares, y no por línea indirecta,
herencia de nobleza que a los fatuos desestima:
Que la paz de Dios sea contigo y pervivas incólume
renovando tus festines y afligiendo a tus enemigos!
Poema de Ibn Zamrak (1333-1393) escrito en los muros de la Alhambra
☛ alhambra.org
25 de julio de 2012
Leandro Carré Alvarellos
En aquellos lejanos tiempos del feudalismo, allá por el siglo XIII o el XIV, vivía un conde llamado don Froyaz o Froilán, que habitaba un imponente castillo. Relativamente joven, se mantenía soltero. Era muy aficionado a la caza y solía recorrer a caballo sus extensas posesiones, dedicado a su distracción favorita, acompañado a veces por sus amigos vecinos, o bien por algunos de sus escuderos.
Una mañana que caminaba por el declive de un monte cercano al mar, atisbó junto a unas peñas de la playa el cuerpo de una mujer que parecía dormida; estaba desnuda pero no se veían bien sus piernas a causa de unas piedras que las ocultaban.
Lleno de curiosidad, fue acercándose silenciosamente; pero, al pisar las arenas, su caballo piafó y al ruido que produjo se despertó la dama, que, al parecer, era una hermosa sirena, y se dispuso a zambullirse en el agua. Pero fue tarde: tres escuderos que acompañaban a don Froilán rápidamente la habían rodeado, impidiéndole la huida.
Uno de los escuderos se despojó de su tabardo, con el cual cubrió a la sirena; esta fue colocada sobre un caballo y conducida al castillo de don Froilán, que, prendado por la hermosura de aquella mujer, sintió estremecerse su carne varonil con una emoción y una inquietud que jamás había experimentado ante mujer alguna. Y quiso casarse con ella.
Una vez instalada en su castillo, vestida como cumplía y atendida por varias doncellas, don Froilán la hizo bautizar; y como había surgido del mar y en el mar la había hallado, consideró que ningún nombre le convenía mejor que el de “Mariña”; y Mariña fue su patronímico.
Pero doña Mariña era muda. No sabía hablar y, a pesar de los intentos de don Froilán para enseñarle a pronunciar algunas palabras, ella, por mucho que se esforzaba en decir las frases más simples, no lo conseguía, lo cual tenía entristecido al conde. Y más cuando al cabo de algún tiempo nació su hijo primogénito y vio como la madre le acariciaba con amor y le besaba con ternura, pero no le dirigía ninguna de las palabras cariñosas con que las madres suelen hablar a sus hijos; sus expresiones consistían solamente en gestos, que algunas veces terminaban en lágrimas al no poder decir con la voz toda la ternura que sentía por él.
Llegó la víspera de San Juan y, como siempre en tal día, al llegar la noche se celebró en el patio del castillo la fiesta y se encendió la hoguera tradicional. Don Froilán gustaba de ver holgarse a sus servidores y, para solazarse con las gentes de su casa, se presentó allí. Doña Mariña, que nunca había presenciado tal espectáculo, acudió también, llevando en sus brazos al hijo de sus entrañas.
Entonces, con rápido movimiento, don Froilán arrebató al niño de los brazos de su madre y, aproximándose a la hoguera, hizo ademán de arrojarlo a las llamas. Despavorida, doña Mariña se puso en pie y profirió un grito, un grito de espanto y clamó: «¡Fillo!…» Y con el terror que la sobrecogió hizo tal esfuerzo, que arrojó de la boca un pedazo de carne; pero habló, Y desde entonces habló normalmente.
Y todos lloraban en aquel momento, de emoción y de alegría, y la fiesta prosiguió con mayor alborozo aún.
Y en recuerdo del hecho y por haber acontecido en aquella fecha, al niño le nombraron Juan.
Leandro Carré Alvarellos. Las leyendas tradicionales gallegas, editorial Espasa Calpe, Madrid 1977
20 de julio de 2012
Carlos García Gual
Cuenta Caxton en su prólogo a Le Morte D'Arthur que hay nueve grandes héroes, los mejores de todos los tiempos, que merecen ser por siempre recordados. Tres son paganos: Héctor de Troya, Alejandro el Grande, y Julio César. Tres son judíos: Josué, David, y Judas Macabeo. Tres son cristianos: Arturo, Carlomagno, y Godofredo de Bouillon. En ese excelente prefacio a la vasta compilación de las novelas de Sir Thomas Malory —que desde su editio princeps antecede a la larga versión en prosa inglesa de las aventuras y maravillas artúricas— afirma que es el rey Arturo el primero y más valioso e importante de los tres mejores reyes de la Cristiandad, así como el más renombrado y digno de recordación, especialmente entre los ingleses, sus compatriotas.
Ese tema de los nueve paladines heroicos era, como Caxton mismo dice, un tópico bien divulgado desde mucho tiempo antes entre los doctos. La mejor ilustración plástica del mismo la constituye su representación en el grupo de esculturas de la Fuente Hermosa de Nuremberg. Construida entre 1385 y 1392, es decir, un siglo antes de la edición de Malory por Caxton (1485), este espléndido monumento del gótico tardío nos ofrece unas imágenes de los nueve héroes universales, alternando con las figuras de los siete príncipes alemanes, y los profetas y los evangelistas, como un testimonio brillante de su gloria y ejemplaridad. En la amplia plaza del mercado de esta antigua e imperial ciudad alemana puede verse aún la estatua del buen rey Arturo, espejo de príncipes cristianos. Con su barba recortada y bífida, con su noble y ensimismada expresión, esta imagen de Arturo es una de las más atractivas del fabuloso y trágico monarca de Bretaña, estilizada a la moda del otoño medieval.
La más antigua representación de Arturo se encuentra en una famosa arquivolta de la “Porta della Pescheria” en la Catedral de Módena, en el norte de Italia. En el espacio semicircular de la arquivolta se halla representada una escena que podría estar sacada de cualquier relato artúrico, porque evoca un episodio épico: seis caballeros —tres a cada lado— asedian un castillo defendido por tres guerreros que tienen prisionera a una dama. Los personajes tienen grabados sus nombres al lado y así se les identifica bien. La dama es Winlogee (una forma del nombre bretón de Ginebra); los defensores del castillo, Burmaltus, Carrado y Marrok (Durmart, Caradoc, y Mardoc); los atacantes, Artus de Bretania, Isdernus, Galvaginus, Galvariun, Che, y otro más sin nombre. Junto a Arturo están ya algunos de sus más famosos camaradas de aventuras: Ider, Galván, Ganelón y Cay. La escena grabada alude a un episodio que podemos interpretar fácilmente: los caballeros acaudillados por Artur acuden a rescatar a la reina, raptada por el felón señor del castillo. Pero esta escena esculpida, con los nombres latinos de sus figurantes, tiene un especial interés por su fecha temprana: entre 1100 y 1120, unos cincuenta años antes que la primera novela artúrica que hayamos conservado. Seguramente fue un conteor bretón que viajaba con la tropa del Duque de Normandía en la Primera Cruzada el que aportó su relato para que un cantero italiano lo recordara en la piedra de la Catedral, donde quedó como muestra perenne de la temprana difusión de la “materia de Bretaña”.
Contrastemos por un momento las dos imágenes: la del Arturo de este relieve románico y la de Arturo como el mejor rey de la Cristiandad —codeándose con Carlomagno y con el conquistador de Jerusalén—, imágenes que distan largo trecho en el tiempo y su recepción histórica. Entre la una y la otra discurre el caudaloso río de las leyendas artúricas, una fabulosa literatura de ficción que ha convertido su figura en el centro de un universo mítico de universal resonancia, de extraña y perdurable fascinación.
Por obra y gracia de esa literatura Arturo de Bretaña se aparece como el más prestigioso monarca medieval, rodeado de una fastuosa corte de caballeros, los paladines de la Tabla Redonda, los defensores del orden y la cortesía en un mundo enigmático, en los limites de la realidad y la magia. (…) El espejismo del mundo artúrico encandiló a una gran parte de la Europa medieval, porque el mítico Arturo es mucho más que un héroe nacional británico. Muchos contribuyeron a la difusión de las leyendas de Arturo y con muchas hebras se tejió la trama de su historia novelesca. Los conteors bretones difundieron y tradujeron los episodios fantásticos, los “cuentos de aventuras” en los que se expresaba la fantasía y la degradada mitología céltica, una literatura épica oral de extrañas y antiguas raíces. Los novelistas franceses recogieron esas narraciones y las pusieron en verso y las escribieron en la pauta cortés y romántica de la época. La propaganda con la que los reyes normandos de Inglaterra, los Plantagenet establecidos tras la conquista a mediados del siglo XI, quisieron glorificar su pasado para competir en prestigio con otros soberanos europeos, apoyó decididamente la entronización de Arturo como el magnífico rey de un tiempo pasado de perdurable esplendor. Algunos grandes poetas alemanes tradujeron y reinterpretaron, ahondando en sus simbolismos, los relatos de los novelistas franceses. También se tradujeron pronto al galés esos textos novelescos, cruzándose con ecos de otros relatos perdidos, con remotos cuentos familiares de Irlanda y Gales. De los juglares las historias pasaron a los novelistas cortesanos, y luego algunos sagaces clérigos retocaron las novelas para infundirles un sentido más espiritual y trascendente.
Como vehículo de la ideología de los caballeros —una clase social amenazada por el decurso histórico— la literatura artúrica estilizó su moral e idealizó una visión romántica de la sociedad caballeresca y cortés. Construyó un brillante mundo de ficción, que fue acogido con un sorprendente éxito en toda la Europa medieval y perduró como un mágico y misterioso ámbito romántico durante siglos.
Carlos García Gual. Historia del Rey Arturo y de los nobles y errantes caballeros de la Tabla Redonda, capítulo primero, 'La invención de Arturo, fabuloso monarca’, fragmento (Alianza Editorial 1983)
15 de julio de 2012
4 de julio de 2012
La pulpa no es la hembra del pavo
No queda más silencio
que el que manan las estrellas,
predicen las mareas
plenilunios de tormento,
por mi pulpa, por mi pulpa.
Alejan los idiomas
poco más que las palabras
flotando con las algas
y las letras de la sopa,
por mi pulpa, mi gran pulpa.
Lagartos, lagartijas
enzarzados en la acequia,
los humos de la guerra
se ensortijan en la brisa,
por tu pulpa, por tu pulpa.
Fermentan infectados
organismos en la masa,
hormigas en la playa,
cementerios del verano,
por tu pulpa, tu gran pulpa.
De hielo precipicios
asomados a las sombras,
los mohos de la mofa
desafilan los cuchillos,
por mi pulpa, por tu pulpa.
Aíslame con besos
de tu rabia y de mi saña,
lacérame en tu jaula
a la luna del silencio,
mi gran pulpa, tu gran pulpa.
egm. 2012
☛ PyoZ ☚