Nuestro muy refinado y elegante
sesgo de la belleza primitiva
no reconoce el idioma olvidado
de los exclusivos refinamientos,
de las musas de antaño, la mitad
de todas las veces que hemos ido
por el nuevo texto, pensando fuerte,
danzando lejos, las plantas y flores
en el algo ventoso día azul,
los árboles y nubes con diseño
de hoja de ginkgo, conceptual arte
climático, obteniendo los recursos
cuando sean necesarios, oh chica,
artista contemporánea, este tipo
de ideologías nihilistas son
como un reiterativo interrogante,
roba literalmente cada verso
de una fuente diferente y después
intercala otros al azar desde
los más prestigiosos laboratorios
de mecánica cuántica del mundo,
un debate entre estilos degenera
rápidamente en vanguardia y convierte
a simpáticos y cultos amigos
de larga duración en agrios críticos
que afirman que la creatividad
nunca llega a través de un recorrido
por los sustratos socioculturales
más esquivos y les causa aprensión
dejar sin marco las fotografías,
al final de la obra el alfabeto
nos rechaza y la prosa recupera
un poema que no adelanta al tordo
que reflexiona a la sombra del tilo
que si sigues leyendo al pie del letra
no te curarás tu aversión al verso,
la mitad de las veces —te lo he dicho—
que hemos intentado aproximarnos
el tiempo se rompía en sus urdimbres
—el urdidor del tiempo no descansa
ni tan solo un solo zeptosegundo—
y a pesar del pesimismo climático
la tendencia al consumo es contagiosa
y ahora el clima en la industria artística
evoluciona muy cínicamente.
egm. 2016
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