5 de abril de 2026

Emilio Villa

Sí, pero lentamente [fragmentos]

(...)
¿quién el que espera escuchar las palabras? ¿o tú
esperas escuchar las cosas entre las cosas? ¿o aquí se espera
oír las cosas y las palabras? pero quien cosas
y palabras quien dice, ¿dónde está? hablar
sí, se puede: hablar es libre: ¿y con quién habla?
diremos juntos las creaciones, las cosas descarnadas
y ardientes. y qué y cómo y bajo qué raro follaje
será el nuevo, el otro, pecado original. dominus
sit in corde, amor mío,
meu bem. o vosotros que sabéis ¿qué rosa
qué rosa pero qué rosa estáis esperando?
«cambia de voz» dijo entonces una silueta en el claro
oscuro, dijo: «¡cambia el disco! las ideas
las hemos consumido ya todas!» y me humilla.

(...)

cuando tiernamente musitando la primavera entre las estacas
y musicando esparza por el colorido hemisferio, a grandes
puñados los saltamontes y los granos y los manantiales
del grano universal y del cornejo, y venus
venus suprema y una luz inimitable de iridio
(tendrá el cabello
que tenga el color
que tiene el trigo
y como el color
que como el firmamento
que son los ojos suyos,
o juramento, sí,
la desposaré.
la desposaré ante el altar)
¿debo hablaros tiernamente, musitando para hablaros
del odio, de la prudencia, y, con tono irónico,
de ciclos y vinos varios y condimentos, y de razones?
¿de la gran sabiduría tras el inminente pecado original
o de los muertos de los vivos y de las bestias tradicionales?
¿decir cuan largo es el gusano que se afana en la pulpa
de las primeras manzanas? ¿o enseñaros a mirar con el cuello
torcido el plato en el que coméis carnación, esmalte y sal?

(...)

incluso las hojas exiguas
exiguas al soplo expuestas y del viento
mecidas parecen pobres alas sin cuerpo, ¿y quién predica
sistemas al pueblo de las hojas, quién enseña
el comunismo a los animales en los pórticos?
y hoja y trashoja
trashoja rubita
el amor se deshoja
el amor y la vida.
evocar no se puede en estos días
salvo en casos extremos: pensando
queréis bellas palabras, modeladas cuerdas, de trémulos
contornos, queréis las palabras no palabras, y todo
lo queréis: el fruto las semillas las agujas ornamentales,
pero todo no se puede, o tal vez
todo no se debe no conviene es feo:
quizá decir cosas elevadísimas y lustrosas o idear
modelos ideales y puros con la pértiga
de la cucaña: vosotros queréis, queriendo, las palabras
para cuando juntos abrimos los ojos o cuando
pesados como castañas los cerramos,
comprender queréis y no comprender
para después del próximo inminente ya cercano otro pecado original

(...)

pero ¿qué serán entonces los símiles sutiles? ¿los cálculos? ¿es tema
de comer o tema de dormir o es un salario?
¿es hoja seca de otoño que cae sobre los raíles
y hace patinar a los tranvías sin control, o algo más? pero
símiles en cambio sutiles son
las palabras que esperáis, o bien
las cosas que esperáis, como aquel
que ciertos días espera que caiga la lluvia, y al final,
después de todos los cálculos, después del viento y de la presión incierta,
cae en escasa medida, con circunspección, ¿como
a los niños la leche de la teta?
ah, no. no del todo
no totalmente aquí estas cosas,
y el pendiente laralí
y el pendiente laralá.
o que se pueda enseñar con palabras
emotivas y coloridas, ¿cuántos se cultivan en esteras
se cultivan los gusanos de seda y las formas las técnicas los modales?
cada uno habla como él mismo y todos hablamos
en el mundo como todos
¿qué queremos
qué de los gérmenes y los insectos? se filtran
de hoja en hoja
y deshoja y trashoja
trashoja rubita
el amor la vida
pues todos aquí somos los que tienen miedo, por remota
impaciencia, no solo de morir sino de perder parte
de lo que una vez fue ganado, de perder
un tiempo, con tantos pareceres y oscuras
manipulaciones, en el gran pasado, la piel, el viento,
el brillo, lo suave, lo dulce, lo oscuro que susurra
de oruga en oruga, entre partículas, entre las cosas, la brisa
y la corriente etérea en polícromas agujas bajo los astros
quizá, punzar las semillas inmaduras, un frágil imán
en cada novia, el friísimo intelecto
que empuja al mendigo a elegir, de entre los rincones, ¡ese rincón de ahí!

(...)

en el gran costado
melancólicamente, un conocimiento
heroico, musical, una invención culta, generada
de aspectos buenos y alboroto: y no la eléctrica
ni cualquier otra diluida luz ni ardores semejantes,
sino la escarcha sobre las cejas, y por ahí
la música mirar y remirar; y no la eléctrica
(o cualquier otra diluida luz terrena)
sino el murmullo precipitado del iridio, sino el fuego
inevitable del iridio, en el destello lanceolado de las tardes inmortales
y arriba en el celeste
polígono remoto
entre híades y pléyades
de indolente movimiento
ardiendo grandes
los grandes genitales
sobre el lago donde ulises
realizaba sus hazañas.
otras fábulas hay, fábulas
aún, y la música
de los otros, la música de esos de allá que parece
no ya música, sino el puerto de la foppa, y bienaventurado
quien te halla la luna extraviada entre la gente en los labios
tímidos del universo, en el murmullo del iridio cuando
cerca de un atardecer precario entre la gente humanísima
asciende la niebla sobre el aeropuerto
hacia la manga de viento, en el campo de la breda, en el paisano
espíritu anaranjado de los atardeceres inmortales
que acaricia las escenas y flemática los hombros y las cosas
extravagantes de las bobaliconas de venas pálidas y muslos
largos de centeno vegetal, cuando
sobre los hilos de las celestes salas ululan las sirenas de las fábricas

(...)

y el universo está aquí, aquí a un pelo,
el universo está aquí, a un pelo de pestaña,
a un pelo de pestaña de mosquito las alas
humedecidas en la lunar refulgencia del rocío
de improvisadas completas amarillo cadmio,
pan salado, salino país azafrán, serpientes rehechas
en estado de cadáver, in statu
prisco: y escaleras de madera muy oscuras donde choca
el menisco si bajas con demasiada precaución.
pero o bien traspasados con manto de frágil sufrimiento, larga historia
de tinieblas dentro de la cual nuestro episodio está tachado
y a ciegas se blanden, asoman nuestras armas:
los caparazones de los grillos
los huesos de cereza,
la piel de las castañas
ahumadas, las semillas
de girasol y de tomates:
y los trinos ahogados
en la garganta de los gorriones
sacudiendo nuestras trompetas
o bien traspasados con manto de frágil sufrimiento, floreced
de la fea crisálida de los siglos celtas o españoles
o comunistas, fuera de ese estuche, fuera
a beber los únicos jugos balsámicos de la vida
y del destino: reflejaos en la frente,
en la plaza, en la fuente, en el fondo de los cazos,
reflejaos en el espíritu espiritual: dejad
que de tal guisa centellee en la obra del verbo
y de las interjecciones y de las palabras de desecho,
como en una lejanía real la cúspide
de iridio donde el relámpago se extingue y se confunde:
el verde de vuestra admirable carnación, la gaseosa
espumeante sobre las losas, y el renacer
armónico de las moreras, tal es el renombre
caduco pero solemne en el grito excelente de las bestias.
ahora lentamente
ha llegado tarde, sí, pero tarde
sí, pero lentamente.



Nota. dominus sit in corde (meo et in labiis meis): ‘el Señor esté en mi corazón y en mis labios’, de la misa católica en latín. | meu bem, portugués: ‘mi bien’. | puerto de la foppa: passo della Foppa, paso de montaña en los Alpes Réticos meridionales, en Lombardía; hoy más conocido como puerto o paso del Mortirolo. | campo de la breda: actualmente estadio Ernesto Breda, construido en 1939 por la empresa Breda en las cercanías del aeropuerto de Milán-Bresso. | lunar refulgencia: en el original lampaneggio; «Voce contadinesca. Lume della luna, cosi chiamato figuratamente per rispetto alla debolezza di esso in comparazione a quello del sole» (de dizionario.org). | completas: última oración del día en los monasterios. | in statu prisco, latín: ‘en el estado antiguo’. | tomates: en español en el original.
L. Voce. Appunti sulla poesia di Emilio Villa (lellovoce.it)

Trad. E. Gutiérrez Miranda 2026


                    ∼

Sì, ma lentamente

al municipio di cinisello intenerito dai fulmini
e tiritere degli aerei, a quello che di balsamo, visto nel forello
delle chiavarde e delle svolte
a vanvera: al circondario
di monza nella rinomata
temperie dei manzi dei manzetti e dei salumi
nostrani: alle tarde
piene di muggiò fatte di nuvole
di stufato, umide, colte dentro i fischi viola e nell’acetilene, e sopra
in alto al bastione intemerato dei fulmini futuri, che
verranno e non verranno,
al sindaco malato, al prevosto che ragiona crepitando
con le mandibole delle cicale: ai ciclisti,
ai grilli alitanti e il fiatone seminato
sul manubrio del manubrio, sopra i parafanghi: e,
in fondo, in fondo a tutti, nel salubre
connubio dei ragionari festivi o di bassa
risonanza delle anatomie bovine
nel criptio delle carrucole, delle serrande?
chi che aspetta di sentire le parole? o voi
aspettate di sentire le cose tra le cose? o qui si aspetta
di udire le cose e le parole? ma chi cose
e parole chi dice, dove sono? parlare
sì, si può: è libero parlare: e con chi parla?
diremo insieme le creazioni, le cose scarnite
e scottanti. e che e come e sotto che fogliame raro
sarà il nuovo, l’altro, peccato originale. dominus
sit in corde, amore mio,
meu bem. o voialtri che sapete che rosa
che rosa ma che rosa che state aspettando?
“cambia voce” disse allora una sagoma dal chiaro
fosco, disse: “cambia disco! le idee
le abbiamo consumate mate tutte!” e mi umilia.
dagli spalti dell’ambone sciogli, anima corta e sventaglia
il fazzoletto rosso dove hai sperperato pietrisco
e gli scaracchi della mezza predica, e tartagliando
e masticando stracchino e la barbera,
spalanca l’acqua del libro e leggerai:
“ora avvenne
che le cimici entrarono nelle commessure della nave,
e fecero molte e figlie e figli, generazioni assai,
come la sabbia innumere del muto, del perenne.
ora avvenne. avvenne che la grand’arca là,
senza la chiave, non fu calafatata per mancanza
di materie prime in loco, e tutto invece
tappata con lievito e bucce delle fave. ora avvenne.
che le cimici moltiplicando come le stelle a fuoco
del firmamento squartarono premendo il transatlantico,
e infine avvenne che dall’alto iddio
maledisse le cimici e noè e gli innocenti, e va bè,
pargoli e le pudende e tutti, e così sia, transeat”.
attendiamo, pazienza che verrà, mettiamoci alla cosa:
verrà quando nella sera nel paese poco
dove incrociano al largo i cirri incandescenti delle secche
pietanze e gli strilli della balera o dancing, in una prosa
di vino, quando teneramente mulinando primavera fra le stecche
e musicando spargerà per l’emisfero colorito, a grandi
manciate le cavallette e i grani e le fontane
del grano universale e del corniolo, e venere
venere somma e un lume inimitabile di iridio
(ci avrà i capelli
che ci hanno il colore
che ci ha il frumento
e come il colore
che come il firmamento
che sono gli occhi suoi,
o giuramento, sì,
la sposerò.
la sposerò davanti all’altare)
ho da parlarvi teneramente mulinando da parlarvi
di odio, della prudenza, e, con ironico fare,
di cicli e vini vari e condimenti, e di ragioni?
della grande saggezza di dopo l’imminente peccato originale
o dei morti dei vivi e delle bestie tradizionali?
dire quanto è lungo il verme che lavora nel mollo delle prime
mele? o da insegnarvi guardare con il collo
storto nel piatto dove mangi carnagione, smalto e sali?
sì, sette anni di magra, sette,
sette di siccità:
non abbiamo torrenti
se non quelli bruttati dal tannino, pozzi
non abbiamo che sciutti, che foppe
basse: quali aride piene come le coppe ime
allora, che retate e quale
lume, quali immortali affogati
potremo rimpiangere, potremo e scongiurare,
piangere e sospirar?
piazza dei cinisèi
ohi rombolì
ohi rombolà
non abbiamo ricchezze, né armi che i vegetali
né canzoni insigni, né bellezza
noi di qui: non abbiam là
e nemmeno povertà:
non abbiamo né ragione né pietà,
non abbiamo il metro che misura
le pertiche tradizionali: cosa diremo quali
e quali vangeli decimali predicare? Anche le foglie esigue
esigue al soffio esposte e dal vento
ninnate sembran le povere ali senza corpo, e chi predica
sistemi al popolo delle foglie, chi insegna
il comunismo agli animali sulle soglie?
e foglia e rifoglia
rifoglia biondina
l’amore si sfoglia
l’amore e la vita.
sovvenire non si può nei giorni
se non ai casi estremi: pensando
voi volete le parole belle, sagomate a spaghi, a trepidi
contorni, volete le parole non parole, e tutto
volete: il frutto i semi gli aghi adorni,
ma tutto non si può, o magari
tutto non si deve non conviene è brutto:
forse dire cose altissime e lustrate o ideare
sagome ideali e pure con la pertica
della cuccagna: voi volete, volendo, le parole
per quando insieme aperti gli occhi o quando
grevi come le castagne li chiudiamo,
comprendere volete e non comprendere
per dopo il prossimo imminente già vicino altro peccato originale
col ciondolo lerài
col ciondolo lerèra
e già di là lontano si sfogano i galli impegolati della sera,
nel sugo lustrante della nafta, scocca
il murmure precipite, l’iridio costeggiando,
delle pianelle da muggiò, una falange
gli scialli morbidissimi di cinisello, la luganiga
livida nella città di monza e il buon odore
che sfolla controvento crespo e tra le frange:
soli soli saliranno in cima al campanile, pange
lingua gloriosi, a percepirvi insieme in fila transitare morti e vivi corrosi
morti dei vivi nel precipite sussurro dell’iridio
e non sai se l’olio che ci danno
è imbroglio, o inganno il vaglia.
transito! ma un po’ alla volta col segreto
naturale della paglia e delle nespole spacciate,
dei papaveri caduti in mezzo ai grani,
un po’ alla volta ma un po’ piano capiremo
il dritto e il torto, i vani
nitriti sul filo trepidante, delle redini,
e l’unità e lo spirito, credi
tu che credo anch’io, credi e non credi, e sentiremo
le spalle più leggere sotto maglia, e l’unica
qui è di fare sempre un po’ per bene.
ti vien voglia – di cantare piano
e fare marameo – col palmo della mano
ai profeti in carne ed ossa
ai mercanti sull’orlo della fossa.
beato chi a bella vista la luna anche di giorno trova
vagabondare tra la gente, piova o faccia bello,
e quando si avvita la nebbia intorno all’ultimo
corno della sera, e i bambini di milano
stanno ancora in giro con il brucio sul cavallo
e sotto ascelle per racimolare dai calcestri qualche cosa,
e ridonda un grande
prèmito rosso, i tonfi sani con misura della macchina stradale,
il tamburo selvaggio, il cuore delle brughiere
che si ascolta in tutti i campi, dalla biella
e dal pistone e dal pedale, o quasi
il furtivo grattare delle pianelle nel lustrante
della nafta, che passeggiano da muggiò, o i diti
della pioggia sulla vigneta del prevosto, o sugli scialli
o sulle foglie dei moroni tonti.
ma cosa saranno allora i paragoni fini? i conti? è roba
da mangiare o roba da dormire o è un salario?
è foglia passa d’autunno che cade sopra le rotaie
e fa slittare i tram in modo vario, o altro? ma
paragoni invece fini sono
le parole che aspettate, oppure
le cose che aspettate, come quell’uno
che aspetta in certi giorni venir giù la pioggia, e alla fin fine
dopo tutti i conti, dopo il vento e il vago prèmito,
scende con gentil misura, con circospezione, come
ai bambini il latte della tetta?
eh, no. non proprio
non propriamente queste cose qui,
col ciondolo lerài
col ciondolo lerèra.
o che si possa insegnare con parole
toccanti e colorate, quanto s’allevino per le stuoie
s’allevino i bigatti e i modi le tecniche le maniere?
ognuno parla come se stesso e tutti parliamo
nel mondo come tutti
cosa vogliamo
cosa dai germi e dagli insetti? trapelano
di foglia in foglia
e sfoglia e risfoglia
rifoglia biondina
l’amore la vita
perché noi tutti di qua siamo quei che ha paura, per remota
impazienza, non solo di morire ma di perdere una cosa
di quello che un tempo è stato guadagnato, di perdere
un tempo, con tanti pareri e oscure
manipolazioni, nel grande passato, la pelle, il vento,
il lustro, il liscio, il dolce, il buio che stormisce
di bruco in bruco, tra la particella, tra le cose, l’aura
e la corrente ariosa in policromi aghi sotto gli astri
magari, pungere i semi non maturi, un fragile magnete
in ogni sposa, il freddissimo intelletto
che spinge l’accattone a scegliersi, degli angoli, quell’angolo là!
passando e ripassando
con grande opinione
tra le due ali bislacche
del pomeriggio della colazione,
senza sapere, un giorno
si capita nel gran nebbione
nostrano dove le vacche
tutto hanno un solo, intorno,
colore beige, o viola o avano.
questi erano i mattini limpidi come un bicchiere
risciacquato in molti lavandini e bacinelle di zinco,
chiari i mattini stavano nelle robinie trasparenti, e stracche
gibigiane e rase e sventolate, e il rude e il pelo
gigante delle cotiche e la gente
che voleva coglionarvi qui, in loco,
quando il cranio roco del porcello che s’impunta mareggiava
senza quiete un’altra alba di cristalli, l’alta
bufera, la sete, un po’ per volta, e prude le nature
in petto tormentando scarne uccelle, e ragazze
lombarde coi pedùli e le solette nylon velature.
una scarpa e una ciabatta chi se la lega chi se la gratta e
dente milanese che morda
intelligenza che non ricorda
formica che scivola sulla corda e
una scarpa e una ciabatta chi se la lega chi se la gratta e
malinconici milanesi
dalle pelli ben stirate
a tamburo e tamburelli e
per male o per bene che vada
milanesi siamo sempre quelli e
milanesi generosi, che vi pare
regalare caramelle
di puro zucchero alle belle
figliole di motta industriale?
un po’ per volta col segreto ascolta
il maturare della paglia e delle nespole nel fuoco
sottilissimo, e un po’ per volta
tutti noi noi capiremo il dritto o il torto,
la striglia, l’unità, il lungo e il corto
e il naturale; ascolta nei sinistri
tocca-tocca maturare primavere e
sentiremo la bocca più leggera, quando un’italia
animale molta nelle costole passerà, nel gran costato
malinconicamente, una conoscenza
eroica, musicale, un’invenzione colta, generata
di aspetti buoni e parapiglia: e non l’elettrica
o qualche altra sfatta luce o simili bruciori,
ma la brina sopra il sopra ciglia, e giù di lì
la musica guardare e riguardare; e non l’elettrica
(o qualche altra sfatta luce terrena)
ma il murmure precipite dell’iridio, ma il lume
inevitabile dell’iridio, nello smaglio lanceolato delle sere immortali
e su nel celeste
poligono remoto
tra iadi e pleiadi
neghittose in moto
bruciare grandi
i grandi genitali
sul lago ove ulisse
faceva le imprese.
altre favole ci sono, favole
ancora, e la musica
degli altri, la musica di quelli là che sembra
non già la musica, ma il pantano della foppa, e beato
chi ti trova la luna dirottata tra la gente sulle labbra
timide dell’universo, nel murmure dell’iridio quando
vicino a sera incerta tra la gente umanissima
si rampica la nebbia sopra l’aeroporto
verso la manica a vento, nel campo della breda, nel paesano
spirito aranciato delle sere immortali
che carezza le scene e flemmatica gli omeri e le balzane
cose delle baggiane dalle smorte vene e dalle cosce
lunghe di segala vegetale, quando
sui fili dei celesti sali urlano le sirene delle aziende
e il rubicondo respiro dei fuggiaschi solleoni e il luogo
dei luoghi nottambuli allagati della lomellina,
e le irrigazioni colore di viola nei momenti delicati:
nelle congiunture: abbiamo per i nostri passi
delle città, città sopra la terra, sotto la terra, e a filo
di terra negli scantinati:
e sassi deteniamo e galline di rarissimo colore e bisce
di cristallo e le caraffe lisce ed il mastello
al sole e cieli di iridio se fa bello
e gazose appannate per i defunti nel giorno dell’uffizio
e cimase baluginanti colore cadmio nello smaglio
lanceolato delle sere immortali!
siamo seri! in sagrestia
maggiore il chierichetto
stuzzica con un cero il petto
delle colombe che non volan via
e il popolo che ascolta dai gradini
il calmo fragore dell’aeronave
e il prevosto che cerca la chiave
nel tumulto dei bambini
e il popolo che sente sul sagrato
come a quota mica male
vola, quota lieve, quota
celeste, come ridere una trota
nella grande acqua universale,
e l’elica girare e fare argentea ruota!
e l’universo è qui, qui solamente a un pelo,
l’universo è qui, a un pelo di ciglio,
a un pelo di ciglio di zanzara le ali
umettate nel rorido lampaneggio
di improvvise compiète giallo cadmio,
pane salato, salso paese zafferano, serpi rifatti
in stato di cadavere, in statu
prisco: e scale di legname tutto a scuro dove sbatti
il menisco se scendi troppo di precisa.
ma o trapassati con veste di gracile sofferenza, lunga storia
di tenebre dentro la quale il nostro episodio si cancella
e alla cieca brandisce, si spuntano le nostre armi:
le bucce dei grilli
i noccioli di ciliegia,
la sansa dei marroni
affumicati, i semi
di girasole e di tomates:
e i trilli strozzati
nella strozza dei passeri
scuotendo le nostre trombe
o trapassati con veste di gracile sofferenza, fuoruscite
dalla crisalide brutta dei secoli celtici o spagnoli
o comunisti, fuori dalla custodia, fuori
a bere i soli balsamici succhi della vita
e della sorte: rispecchiatevi in fronte,
in piazza, alla fonte, sul fondo dei ramaioli,
specchiatevi nello spirito spirituale: lasciate
in tale guisa baluginare nell’opera del verbo
e delle interiezioni e dei vocaboli di scarto,
come in una reale lontananza la cuspide
di iridio dove il fulmine si strema e si confonde:
il verde della vostra mirabile carnagione, la gazosa
spumeggiante sulle lastre, e il rifiorire
concorde dei gelsi, tale è la rinomanza
caduca ma solenne nel grido eccellente delle bestie.
adesso lentamente
è venuto tardi, sì, ma tardi
sì, ma lentamente.


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